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Opinión

València

Adiós racista, hola Mestalla

El fútbol necesita ruido, bronca, exageración, ese punto de mala leche que forma parte del ADN de Mestalla. Lo que sobra es el odio. Y el viernes quedó demostrado con una claridad casi científica: eliminas la toxicidad y reaparece la espontaneidad sana del sector 5 de toda la vida

Hugo Duro celebra el gol del Valencia en el derbi de Mestalla.

Hugo Duro celebra el gol del Valencia en el derbi de Mestalla. / Francisco Calabuig / Francisco Calabuig

Ahí estaba. Silenciosa, bien plantada, perfectamente inocente. Sensual, incluso.

Ahí estaba una simple bolsa blanca ocupando el asiento del racista del sector 5. Sin insultos, sin salpicar odio, sin convertir cada jugada en una cruzada contra los negros. Sí, una bolsa con bocadillos: educada, discreta, que, qué cosas, armonizaba perfectamente con ese cuadrante de Mestalla. Qué absurdo parece, ¿eh? Admirar a una bolsa de plástico.

Volver a sentarse en la fila 12 del sector 5 produjo una sensación extraña. Algo entre vértigo, calma y un agradecimiento íntimo. Era la primera vez que el sector 5 respiraba sin aquella presencia que lo había condicionado todo durante años. Y apenas empezó el partido, un vecino me tocó el hombro y, en voz bajita, me dijo:

Gracias. Hoy, por fin, vamos a estar tranquilos.

Ese “gracias” abrió mi derbi. Ese ‘gracias’ me reconfortó conmigo mismo, después de días de debates internos que solo dirigen a una salida: A extirpar la miseria que representa una persona esparciendo su mierda sin compasión contra los negros, árabes, sudamericanos y los gitanos. Una pobredumbre humana que pedía a gritos no convivir, porque ensucia el aire y lo pudre todo.

Ambiente sano

La diferencia fue inmediata. Efectivamente, solo hizo falta extraer el elemento nocivo, la contaminación del sector, para que esa grada --nuestra y no suya--, recuperara su ambiente natural, espontáneo: esa mezcla perfecta de ironía, protesta, emoción y nervio que convierte un partido en algo vivo. Desde el ‘fill de pute’ al ‘àrbrit, ves-ten a fer la mà’. Volvió a sonar el murmullo. Volvió el enfado sano, los comentarios irónicos, los bufidos, las peinetas, los gritos al palco, toda esa sabiduría popular de la grada… lo de siempre, sin el estribillo de música de fondo.

Lo que no volvió fueron los gritos racistas. Ni un ‘negro de patera’ ni ‘un mata a ese negro hijo de puta’, ni un mínimo gesto de racismo por parte de su cómplice mayor, cara tapada por la vergüenza. No se trata de desinfectar el estadio ni exigir que el público se comporte como un coro de monjitas. El fútbol necesita ruido, bronca, exageración, ese punto de mala leche que forma parte del ADN de Mestalla. Lo que sobra es el odio. Y el viernes quedó demostrado con una claridad casi científica: eliminas la toxicidad y reaparece la espontaneidad sana del Mestalla de toda la vida.

Al final del partido, otras personas se acercaron, despacio, casi con timidez, a agradecer el gesto (la denuncia y la expulsión). No por heroísmos ni historias grandilocuentes, sino por algo tan básico como haber recuperado la posibilidad de ver un partido de fútbol en paz. Que un sector entero pueda volver a disfrutar de algo tan elemental no debería ser noticia, pero lo es. Ahí está la enseñanza: que los pequeños pasos cambian cosas grandes. Que un estadio puede expulsar al odio si se une. Que todos los clubes debería tomar nota. Que estos gestos, humildes como parecen, deberían marcar el camino.

El viernes, en el sector 5, volvió la normalidad. Volvió la espontaneidad. Volvió el respeto y volvió Mestalla.

Menos odio y más fútbol.

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