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Opinión | El día del señor

València

Diques y presas

Las presas alteran el curso de los ríos

Las presas alteran el curso de los ríos / Eadic

El otro día escuchaba yo a un señor que, por su estilo inflexible, inelástico, no será jamás el capitán Trueno, pero si es posible que sea pechugón, pecho palomo, Goliat u otras variantes de la constitución. La física, que la otra Constitución no es muy de su agrado y pronto se medirá en hectáreas de autocomplacencia.

En cuanto el señor don Santiago detectó que el día de Reyes, también llamado Epifanía del Señor, era junto a Papa Noel, el tercero de la triada de los regalitos, se puso a pedir cosas como una criatura. Y un alud de hormigón cristalizó en las fantasías del caballero, que ya está reclamando para los suyos diques y presas –no sé si ambas cosas son la misma–y entonces vinieron a mi mente otras historias, más antiguas.

Me contaba un amigo ingeniero industrial que Francisco Franco, sí Él, en fecha remota se propuso hacer realidad la presa –también llamada dique– en lugar como el puerto de Contreras: una elección propia de la cabezonería de quien ya era conocido por el sobrenombre de Paquito Rana que asistió, imaginamos que perplejo, a la infiltración del agua retenida de modo que el embalse jamás tuvo, ni tiene, más del 20 % de reserva –el agua atraviesa los estratos más porosos de la zona, se hunde y desaparece.

El rey moro Baltasar ya nos ha dicho que los diques y presas, las autovías y las ZAL, los muelles y demás son –mariquita el que desale– cosas de las obras públicas a realizar, obras que traerán gran alegría sin necesidad de ser todos ingenieros de Puertos y Caminos y de modo parecido a como tenemos un filólogo por metro cuadrado.

Nuestra derecha, pero no solo ella, experimenta un estremecimiento de gozo cada vez que comprueba que los embalses de agua fueron antes embalses de hormigón y no contenta con los trasvases –el otro día anunció uno del Misuri al Volga, o al revés, no me acuerdo.

La política suele tener hambre de inauguración y su poder tiene un contrapeso en forma de dolina –un agujero negro en el trazado del AVE– como las dos dolinas que se tragó el pobre Álvarez Cascos y su tren, el colmo de moderno.

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