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Opinión | La plaza y el palacio

Profesor de Derecho Constitucional de la UA

Los famosos 50 años

Instantánea de Francisco Franco acompañado por su esposa, Carmen Polo de Franco y la princesa de España doña Sofía, en un momento de la XIII Demostración Sindical celebrada en el Estadio Santiago Bernabéu con motivo de la festividad de San José Obrero.

Instantánea de Francisco Franco acompañado por su esposa, Carmen Polo de Franco y la princesa de España doña Sofía, en un momento de la XIII Demostración Sindical celebrada en el Estadio Santiago Bernabéu con motivo de la festividad de San José Obrero. / / EPC

Tuve un primo, inteligente y simpático, jerarca del Frente de Juventudes, la rama juvenil de Falange. Nunca supe si lo fue por convicción u oportunismo; seguramente por una mezcla de ambas. Organizaba campamentos y actos de masas; luego tomó tierra en despachos de delegaciones provinciales. Me contó que hizo la inmensa cola de despedida de Franco y que, ante él, pensó: “Mi general, hasta aquí hemos llegado, le he sido fiel. Mañana habrá que dedicarse a otras cosas”. Al poco tiempo fue expulsado por un Gobernador Civil, pese a su cargo oficial, por haber acogido un acto de Tamames, por entonces líder comunista. No sé muy bien dónde aterrizó, pero supongo que en UCD. Que yo sepa no tuvo aspiraciones políticas en democracia, se conformó con cierto olvido y un reasentamiento cómodo. ¿Cuántos hubo así? Muchos. ¿Traidores, cínicos? Sin duda. ¿Denigra eso la Transición? Creo que no. Salvo para los que añoran una Transición pura, virginal. Lo que no era posible.

En las primeras encuestas creíbles, al principio de la Transición, la sociedad española, en un tanto por cien elevado, pedía “justicia”, lo que podemos asociar a más igualdad y compasión. Pero también, con el mismo énfasis, pedía tranquilidad, paz, orden. No era incompatible y encajaba en discursos tardofranquistas y neocristianos. Mis padres, “aquella noche” y durante muchas noches, lo que tenían era miedo, miedo a los recuerdos, miedo al hambre. Entre los que brindaron con cava y los que limpiaron sus pistolas hubo una inmensa masa de ciudadanos –aún súbditos- que decidieron administrar con prudencia la nueva etapa. Eso cambió en poco tiempo, ahora lo sabemos. Ellos no lo sabían. Sí sabían los asesinatos de ETA, la crueldad policial persistente, la cara desencajada y paranoica de Arias Navarro, la cara limpia de Suárez, , la cara pétrea y nerviosa de Fraga, o la cara de Borbón del Rey de los mil chistes, las incógnitas de Carrillo o González. Luego la vivencia dependía de experiencias familiares, del sitio donde se habitaba, del trabajo que se desempeñaba, del nivel de vida y de educación –exiguo en la época-. Nada era en blanco y negro. Y pese a todo, la sociedad fue reaccionando, apropiándose de los espacios públicos, transformando en política la demanda laboral o estudiantil o feminista. La Transición fueron muchas transiciones, pasos sutiles que a veces llenaban de rabia e impaciencia a los más coherentes. Pero lo prudente, pronto, fue la democracia. La prudencia y el heroísmo colectivo no siempre tienen feliz matrimonio: hubo que buscar oportunidades. Como ha dicho Nicolás Sartorius: Franco murió en la cama pero la dictadura murió en la calle.

Ahora, 50 años después, hay cierto empeño en desautorizar aquella época, demasiada melancolía esparcida, la suficiente para agostar el campo del futuro. Porque cuando interpretamos aquello, lo que hacemos es imaginar lo que está por venir. Hace tiempo advertí que en los libros sobre la Transición en general, la portada suelen ser fotografías de buenas gentes reunidas –pactando- o de símbolos como los leones del Congreso; las historias de la Transición en un pueblo o una Comunidad Autónoma suelen ser fotos de conflictos, manifestaciones, cargas policiales. Las dos maneras de representar la Transición son verdaderas: fueron las dos las que establecieron la relación de fuerzas que permitió la democracia. Como en todas partes. En todas partes hay fuerzas en disputa cuando hay que salir de una dictadura. Conocer eso es lo que deberíamos hacer y no pintar de alegría cada día de entonces, ni pintarlo de negro traicionero –salvo para las togas judiciales, que va de suyo que nada puede alterar su negra prepotencia-. Pero en este ahora retorcido también tenemos que volver a aprender a gestionar conflictos y a practicar consensos.

Porque este aniversario, al menos, tiene una virtud: dejaremos, por fin, de referirnos absurdamente a “la joven” democracia española. No es joven. Es una democracia consolidada que está atravesando por problemas de credibilidad por muchas y complicadas razones. Como Alemania, Portugal, Francia, EE.UU., Argentina, Chile, Italia, Polonia, Hungría…. ¿sigo? Y mire usted: en algunos de esos países sus dictadores no murieron en la cama: en algunos fueron bombardeados hasta el suicidio o colgados boca abajo en una plaza. En muchos han tenido décadas de educación democrática., aunque no estaría de más que en España se llegara alguna vez a la lección de la Guerra Civil, la dictadura y la Transición y que en las aulas se explicara la Constitución. Pero España no es diferente -¡ojalá lo fuéramos!-. Lo que debería obligarnos a entender que las causas de algunos vaivenes no podemos reducirlas a un par de factores. Y debería obligarnos a quitarnos de encima este muermo de lamentaciones, este cómodo pesimismo.

El mundo en el que avanza la ultraderecha, el que piensa que en una dictadura hay cosas que van mejor, es un mundo fragmentado, sin referencias ideológicas y simbólicas claras; un mundo en el que esa segmentación se alienta desde infames redes insociales; un mundo lleno de incertidumbres y pletórico de rabia por la desigualdad que, además, se muestra a través de una opulencia consumista llena de demandas y expectativas que no pueden cumplirse. Esas carencias se llenan, entre otras cosas, con nostalgia. Nostalgia, casi siempre, por un pasado que no existió. No existió el franquismo con el que algunos jóvenes parecen identificarse; no existió según los discursos atroces de los que prefieren la crueldad a la compasión. Es curioso como hay bastantes que disculpan, comprenden o añoran aquello… ¡porque defendía mejor los Derechos! No nos enfademos por su estupidez: la cuestión es cómo convencerles.

Pero hay otros nostálgicos: los del antifranquismo, sin preocuparse por los contextos. Son los nostálgicos que fragmentan sus discursos y que se atreven a manifestar que qué bonita era la vida en algunos barrios en la década de los 50 o los 60: todos unidos, todos jodidos pero contentos, analfabetos pero conservando canciones populares. Son los que critican la Transición y la Constitución porque no se atuvieron a un patrón idealizado, a la perfección de sus amores, a la obra total de un poder constituyente incondicionado. Una vez escuché a uno de estos puros quejarse: un viejo militante comunista y sindicalista le dijo: “Es que nos estaban torturando”. Me temo que al respondido le dio lo mismo: así son las cosas cuando tu realidad es ajena a lo real, se sea de derechas o de izquierdas. Hubo grupos de izquierdas que, incapaces de distinguir, tras la crisis de 2008, volcaron parte de su indignación en desautorizar Transición y Constitución –por lo general con una inusitada ignorancia-. Con ello regalaron a la derecha lo mejor del patrimonio de la izquierda: la calle donde se derrotó a la dictadura que es lo que permitió hacer avanzar todo aquello. Ahí sí que hay una razón privativa, española, para entender una cierta recuperación de las pulsiones autoritarias. Muchos jóvenes creen que la Constitución la consiguió la derecha y otros que en lo sustancial no alteró el franquismo. Gracias, camaradas.

Pero han pasado 50 años. Esa convergencia de nostalgias no puede borrar ese hecho. Nunca en la Historia de España se ha tenido tanto y con tanta convivencia. No sé cuanta gente de aquella que fue a despedirse del asesino mayor del siglo pensó lo que primo. Mucha, seguro. Si no, no se explica los sucesivos resultados electorales, pese a todo. ¡Qué gozada pensar en la carcunda que esperó año tras año que resucitara! Miremos a ver si haciendo política conseguimos que la cosa dure. Recordemos que en la sala donde expusieron los despojos del criminal fue la misma en que se firmó la adhesión de España a la UE. Rasgarnos las vestiduras, adorar a próceres y lamentar los lamentos está más o menos bien, según. Pero la política es lo que nos salvará. No sólo la hemorragia de memes y el espolvoreo de adhesiones a buenas causas. La política de verdad: la que procure cambios y estabilice la cohesión social. Eso tan complejo que se llama democracia.

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