Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

València

La mochila

Si se diera el caso, no sé si la mochila donde según él guardaba el teléfono aquella tarde será la misma en que meterá, con cuidado y sin arrugas, el jersey amarillo y la ropa que necesite para pasarse una buena temporada a la sombra de sus mentiras y de una crueldad que se sale de lo humano

La mochila de Mazón.

La mochila de Mazón. / L-EMV

El sheriff Will Kane se enfrenta más solo que la una a los forajidos de Hadleyville. Todo el pueblo se esconde en sus casas. Incluso su mujer, Amy, con la que acaba de casarse. La única que lo apoya es Helen, una mujer mestiza que está enamorada del sheriff. Las dudas asaltan al representante de la ley mientras los pistoleros esperan al jefe, recién salido de la cárcel, en la estación de tren. Las horas se hacen eternas mientras suena 'High Noon, la maravillosa canción de Dimitri Tiomkin y Ned Washington en la voz profunda de Tex Ritter. Las armas de Will Kane son sus pistolas y, sobre todo, la conciencia de saber cuál es su sitio en los momentos difíciles no sólo para él mismo sino también para su pueblo. Todo eso pasa en una de las más famosas películas del Oeste de la historia. Y cuando recuerdo a Gary Cooper andando entre el silencio miedoso que se extiende por la sombra de los porches, pienso que las películas y la vida se parecen mucho, incluso creo que muchas veces la vida resulta más increíble que las ficciones.

Hace unos días otro sheriff se enfrentaba a sus enemigos para defender que su sentido del deber era incuestionable. Lo acusaban de mentir no una sino en incontables ocasiones, de escurrir el bulto en vez de dar la cara frente a la adversidad, de disfrutar a lo macho (como dicen muchas canciones de José Alfredo Jiménez) de una comida en que igual se mezclaban la ronda romántica y la anulación de los sentidos que suele acompañar determinados encuentros. En esta ocasión el encuentro se celebraba a la sombra, no de los porches en que retumbaban los pasos lentos de Will Kane en Hadleyville, sino de un restaurante con las luces de la seducción imagino -si no es mucho imaginar- que bien dispuestas para satisfacción y deleite de los comensales. Pero lo difícil para el sheriff era explicar con claridad y sin excusas de ninguna clase por qué se quedó tranquilamente disfrutando de esa comida mientras mucha gente de su pueblo desaparecía entre las aguas. Seguro que Will Kane se hubiera dejado de romanticismos y hasta se habría lanzado a la torrentera para salvar la mayor cantidad de vidas posibles con sus propias manos.

Mazón en el Congreso.

Mazón en el Congreso. / Agencias

Así es que ahí estaba nuestro sheriff, en el estrado del Congreso, escurriendo de nuevo el bulto detrás de sus mentiras. El día 29 de octubre de 2024 estuvo en mil sitios a la vez, en un millón de horas distintas al mismo tiempo, con el teléfono casi siempre apagado porque no estaba el hombre para teléfonos pasados por agua y aún menos por la que provocó las 229 víctimas mortales. Y es que su compromiso no era el de ayudar a su pueblo, sino el de seguir gozando como un cosaco de una fiesta más larga que 'Lo que el viento se llevó'. Una fiesta para la que prescindió de los escoltas porque evidentemente no había dispuesto para ese día algo que no fuera la comida y sus secretas circunstancias. Y seguía mintiendo cuando hablaba de cómo tardó una hora para ir del aparcamiento donde se quedó la compañera del disfrute hasta su despacho del Palau cuando ese trayecto se hace en apenas diez minutos. Y seguía mintiendo cuando se reafirmaba en que estaba enterado de todo lo que ocurría con la dana sin usar prácticamente el teléfono desde las tres hasta las ocho de la tarde de aquel fatídico 29 de octubre.

Y es ahí donde incurre en lo peor, en la antítesis de lo que hizo Will Kane en 'Solo ante el peligro': si conocía las dimensiones del desastre por qué no abandonó la comida, se puso la ropa de faena en vez del jersey amarillo que según él usa habitualmente contra el frío y se fue a toda mecha a dirigir, como tocaba a un presidente de la Generalitat decente y no un maldito cantamañanas, las operaciones de emergencia. Hay que tener cuajo para quedarse tan tranquilo mientras muertos y desaparecidos llenaban ríos y barrancos y pasaban a formar parte de una de las tragedias más terribles que hemos sufrido en nuestra última historia.

La mochila de Mazón.

La mochila de Mazón. / L-EMV

Sí, ahí estaba Carlos Mazón más solo que la una, preguntándose dónde estaban los ciento sesenta palmeros que le aplaudían a rabiar poco antes del funeral de Estado que lo condenó a la vergüenza de por vida. La soledad del sheriff Will Kane después de su victoria sobre los pistoleros es la que ilumina su conciencia, el convencimiento de que estuvo donde tenía que estar cuando lo necesitaban las gentes de su pueblo. La soledad de Mazón es la de quien se fue de parranda mientras las gentes de su pueblo morían arrastradas por la corriente.

Ahora ya no es presidente de nada. Eso sí, se quedará de diputado a secas para mantener el aforamiento y apurar sus últimas posibilidades de escapar de la Justicia. Estoy convencido de que más pronto que tarde esa Justicia, por raro que parezca, lo sentará en el banquillo de los acusados. Y, si se diera el caso, no sé si la mochila donde según él guardaba el teléfono aquella tarde será la misma en que meterá, con cuidado y sin arrugas, el jersey amarillo y la ropa que necesite para pasarse una buena temporada a la sombra de sus mentiras y de una crueldad que se sale de lo humano. De lo que estoy seguro es de que ese día no sonará 'High Noon' a las puertas de esa maldita sombra solitaria. Seguro que en eso no me equivoco. Seguro.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents