Opinión
Un día negro

Black Friday en València el año pasado. / Germán Caballero
“Ayer fue un día negro: me torcí el tobillo y perdí el tren”. Esto suena en inglés (IA mediante) más o menos así: “Yesterday was a black day, I sprained my ankle and missed the train”. Pero si se propusieran traducir “ayer fue un viernes negro”, lo más probable es que les saliese “yesterday was black Friday”, porque “a black Friday”, que también existe en inglés, es mucho menos frecuente que el giro anterior. Otro día hablaremos de las insuficiencias de la IA, que no se basa en la inteligencia, sino en el número de ocurrencias atesoradas en su gigantesca memoria. Para lo que ahora nos interesa, nuestro robot ha tenido una ocurrencia feliz, pues, aunque desconozca este sentido de ”ocurrencia” asociado a “tener”, es un cachondo, acaba de hacer un chiste, ya que el “black Friday” es cualquier cosa menos “black”. Como saben, el celebérrimo “black Friday” surge en Filadelfia, en los años cincuenta, el día siguiente de Thanksgiving, para designar una situación de tráfico caótica, que la policía no lograba enderezar. En los ochenta cambió la connotación porque a los comerciantes se les ocurrió que la mejor manera de celebrar la acción de gracias sería que el Señor favoreciese las ventas que iban a conseguir saldando los restos de género, que dormían en sus almacenes, con una drástica campaña de rebajas que cambiaría sus números rojos (“pérdidas”) en números negros (“ganancias”) en un santiamén.
Los lectores se preguntarán qué tiene que ver todo esto con la cultura. Pues miren, por lo pronto la celebración de Thanksgiving más antigua que se registra en EE. UU. fue la del 8 de septiembre de 1865 en St. Augustine, Florida, solo que se llamaba “Acción de gracias” y consistió en que curas con sotana y caballeros de uniforme celebraron una misa católica y luego compartieron su cena con los indios timucuanos. Así no se escribe la historia oficial, que sitúa el acontecimiento cincuenta y seis años más tarde en Pymouth, pero las cosas son como son y no como el discurso dominante quisiera que fuesen. No sabemos qué hizo toda esta gente al día siguiente, pero lo que es seguro es que no se fueron de compras. Y, sin embargo, los descendientes de estos hispanos de Florida han (hemos) enloquecido y llevamos varios días refocilándonos en espera del momento sagrado, ya saben, el viernes 28 de noviembre, en el que se abrirán las puertas del arcano de la felicidad, sito en la calle Colón y en sus aledaños, aunque también en muchos otros lugares. Siempre me ha parecido una paradoja que en Valencia la vesania comercial se ubique precisamente en Colón, la calle que honra al navegante que, cerca de Cuba y de la República Dominicana y, por lo mismo, de Florida, asistió a los primeros encuentros de los europeos con los indígenas americanos sentando las bases de la modernidad.
Entre los propósitos que impulsaban a los conquistadores hubo de todo, buenos y malos, pero seguro que entre ellos no se contaba el de caer en las redes de un comecocos comercial como el black Friday. Hay quien sostiene que se trata de una pulsión consumista que lleva a los compradores (y especialmente a las compradoras) a asaltar los grandes almacenes en época de rebajas. No estoy de acuerdo: las carreras histéricas y las riñas entre clientes, que tiran de la misma prenda mientras se lanzan insultos, pertenecen a otra época, a cuando las rebajas tenían lugar a partir del 7 de enero. Lo del black Friday es otra cosa, funciona sobre todo en Internet, dura un par de semanas y sucede antes de las Navidades. En realidad es una adicción psicológica grave, aunque los alucinógenos no sean psicotrópicos, sino imágenes excitantes suministradas por la red. Basta ver la cara de una persona adicta abismada en su tableta o en su móvil durante este periodo para comprender que nos enfrentamos a un escenario de salud pública. Desgraciadamente, nadie hará nada hasta que las clínicas mentales no comiencen a ingresar pacientes con el síndrome de black Friday. Se oponen a ello demasiados intereses creados. La única solución es que la crisis financiera de 2008 rebrote con mayor virulencia que entonces y las tarjetas de crédito de los consumidores alienados ya no les sirvan porque su crédito se habrá agotado. Solo se me ocurre que aprendan a jugar al Palé, también llamado Monopoly: es un juego de mesa consistente en hacer pelotazos urbanísticos con dinero de juguete, que resulta de lo más entretenido y, sobre todo, inofensivo. O no: a lo mejor el consumismo desenfrenado se incubó allí.
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