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Opinión

Los traumas de mañana

Fosas comunes de represaliados por el franquismo

Fosas comunes de represaliados por el franquismo / Rafa Arjones

La sucesión de novedades nos avasalla, dejándonos sin herramientas (ni tiempo) para digerir la revolución en la que estamos inmersos. Constatada la herencia del dolor entre diferentes generaciones, desde algunas instituciones, pero sobre todo a través de la sociedad civil organizada, se trabaja para combatir el duelo, para sanar el trauma del pasado. La memoria histórica es uno de los pilares de la democracia, pero sin embargo no se ha evaluado, todavía, la relación de la con la Inteligencia Artificial, es decir, con la que, desgraciadamente, se ha situado como la artífice de la creación del pensamiento en los próximos años.

El ser humano se lanza al consumo de las grandes tecnologías, sin evaluar qué repercusiones tiene para su visión del mundo, una forma elegante cuando se habla de ideología. Las plataformas tecnológicas y la IA tienen también ideología porque reproducen una mirada sesgada (e interesada) del mundo. La ciudadanía debe reflexionar para saber qué ideología y qué visión del mundo está aceptando como norma.

Si algo concentra en la actualidad la hegemonía cultural (bajo la acepción terminológica de Gramsci) es la IA y desde las instituciones democráticas se debe trabajar para que ese conocimiento sea plural, inclusivo y respetuoso con los derechos humanos fundamentales. Sin embargo, la IA responde a procesos tecnológicos creados mayormente por hombres, blancos, heterosexuales y de situación económica acomodada que, por inercia, proyectan un mundo repleto de vicios y clichés morales y socioeconómicos.

La memoria humana es inevitablemente selectiva, pero el trabajo de la memoria democrática va mucho más allá y, gracias a la distancia impuesta para el análisis, permite aportar conocimiento científico basado, por ejemplo, en el respeto innegociable de las víctimas. Hay que trabajar para que la memoria almacenada en la IA y por lo tanto sus aseveraciones estén más en connivencia con la memoria democrática que no con la memoria humana, porque si algo es la primera es la voz de los márgenes, el grito de aquellos y aquellas que quedaron injustamente silenciados. La memoria democrática tiene la obligación de mirar al pasado y curar esas heridas, pero no puede obviar la mirada al futuro y adelantarse a los traumas que vendrán por culpa de esos sesgos discriminatorios. Solo colectivizando ese dolor que incluso no se ha experimentado podremos seguir fortaleciendo la democracia. La actual y la venidera.

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