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Opinión

València

La pedagogía que incomoda: aprender a vivir sin violencia

Manifestación en València por el 25N

Manifestación en València por el 25N

Pensar la educación como herramienta para prevenir la violencia hacia las mujeres exige detenernos y mirarnos de frente, del mismo modo en que Audre Lorde, Marcela Lagarde, Mary Wollstonecraft y bell hooks nos enseñaron a hacerlo. Cada una, desde su tiempo y su experiencia, nos recuerdan que la transformación real no nace solo en las calles, sino también en esos espacios íntimos y cotidianos donde aprendemos a (re)conocernos y a imaginar futuros distintos. Wollstonecraft ya advertía que sin una educación justa no puede existir una sociedad verdaderamente libre, y hooks insistía en que la pedagogía es siempre un acto político y, sobre todo, un acto de amor, un lugar de sanación. Volver al aula, por tanto, no es un gesto técnico, sino político, porque allí se entrelazan desigualdades, afectos y aprendizajes que modelan nuestra forma de entender el amor, el poder y la libertad.

Asumir esta tarea implica reconocer algo incómodo: el feminismo, cuando se vive con honestidad, incomoda y a veces duele. Duele porque obliga a abrir heridas que nunca cerraron y a observar de frente experiencias que durante años se normalizaron o se silenciaron. Y duele también dentro del propio activismo, donde persisten dinámicas que reproducen aquello que decimos combatir. Nombrarlo es difícil, pero imprescindible. Una educación feminista no solo amplía el horizonte de lo posible; también nos confronta con nuestras sombras y nos exige revisar las estructuras que llevamos dentro, es realizar un ejercicio consciente, donde verse, escucharse, callarse y deconstruirse se convierte en un ejercicio inexorable.

Desde esta mirada, la educación se convierte en un espacio necesario para la reflexión crítica. No se trata de repetir discursos, sino de construir lugares donde podamos revisar nuestras heridas colectivas y preguntarnos qué seguimos sosteniendo sin darnos cuenta. Esta tarea exige ternura radical, como diría Lorde, pero también valentía radical, como subraya hooks, porque implica hacernos preguntas que incomodan y que, precisamente por eso, abren camino:

¿De qué maneras he aprendido a aceptar como naturales desigualdades que son producto de estructuras históricas? ¿Qué partes de mí siguen resistiéndose a ver la profundidad de la violencia patriarcal que me atraviesa y atraviesa a otras? ¿Qué privilegios o silencios se han convertido en parte de mi normalidad sin que yo lo advirtiera? ¿En qué gestos cotidianos colaboro, aunque sea de forma mínima o involuntaria, con lógicas que limitan la vida de las mujeres? ¿Qué tendría que desmontar dentro de mí para que otras vidas puedan habitar el mundo con mayor libertad?

Reconocer estas preguntas es ya un gesto de resistencia.

También es importante visibilizar las experiencias que encarnan esta transformación. La labor de Fundación por la Justicia, y en particular la Escoleta Matinal de Nazaret, representa un ejemplo vivo. Allí, día tras día, se practica una coeducación que cuestiona los relatos hegemónicos que atraviesan la vida social. En ese espacio, la igualdad no se declama: se practica y se construye colectivamente con la infancia, que aún no ha sido del todo moldeada por las desigualdades.

Los mitos del amor romántico siguen siendo uno de los núcleos más persistentes de esta revisión. Nos enseñaron a confundir control con cuidado y sacrificio con compromiso. Desmontarlos es un acto de resistencia que coloca la vida por encima de la dependencia y que cuestiona violencias donde suelen disfrazarse de afecto.

Educar las emociones, la autonomía y los límites es un gesto profundamente político. Implica enseñar a nombrar el malestar, a decir no, a escuchar el propio deseo sin culpa. Y exige que quienes acompañan esos procesos cuenten con herramientas reales para detectar violencias cada vez más sutiles, especialmente en un entorno digital que amplifica discursos dañinos.

Educar para prevenir la violencia es, finalmente, un acto de justicia y de memoria. Es sostener la vida incluso cuando incomoda. Es aceptar que la transformación comienza en lo cotidiano, en aquello que nos atrevemos a mirar y a nombrar. Y así, del mismo modo en que iniciamos este recorrido, volvemos al aula como territorio de oportunidad, de disputa y de esperanza. Porque es allí, como ya intuía Wollstonecraft y como bell hooks reclamaba, donde puede comenzar la posibilidad real de que la vida de las mujeres se sostenga y se defienda.

Pensar la educación como herramienta para prevenir la violencia hacia las mujeres exige detener(nos) y mirar(nos) y este 25 de noviembre debe ser un día para poder hacerlo.

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