Opinión
El juego de Vox, o la presión “cholista” con 13 escaños

El Cholo Simeone en una imagen de archivo / EFE
Esconder los términos de un acuerdo es toda una estrategia. Lo interesante es saber quién gana o pretende ganar, que no es lo mismo. Por aquello de las apuestas. En las recientes negociaciones entre Vox y el PPCV, lo más chocante es que desconocemos los términos del acuerdo al que han llegado para que Vox vote la investidura del nuevo presidente de la Generalitat Valenciana. Ni se ha hecho público ni esperemos que se haga; eso han dicho los voxistas. He ahí la incertidumbre.
No fue así en julio de 2023 con el “Acuerdo de la servilleta” y el subsiguiente “Pacto de gobierno de los 50 puntos”; ni mucho menos con el acuerdo suscrito con luz y taquígrafos, por exigencia de Vox, para la aprobación de los Presupuestos de 2025. Ahora no sabemos el precio a pagar por la investidura. Esto huele a que la partida se va a jugar en el día a día por exigencia de Vox, o valga la expresión: “partido a partido” importando el símil del Cholo Simeone cuando afronta su aspiración al liderazgo del Atlético de Madrid en la Liga. Nunca conseguido, por cierto.
En el estadio Metropolitano y en las Cortes Valencianas se libran batallas aparentemente distantes, pero estratégicamente hermanadas. Y es que Diego Simeone, arquitecto del Atlético de Madrid, y Vox, el partido llegado a la política valenciana desde los arrabales madrileños, comparten un manual no escrito sobre cómo maximizar el poder desde una posición de desventaja inicial. Si estudiamos el comportamiento de ambos, llegaremos fácilmente a la conclusión de que han convertido la presión calculada y el pragmatismo extremo en su seña de identidad.
Los de Abascal han irrumpido en la política valenciana como auténticos "parvenus", capitalizando el descontento joven y no tan joven con un estilo provocador que, lejos de enriquecer el debate, lo empobrece hacia extremos insospechados. Y es que Vox se presenta amenazando con socavar el tejido político de la Comunidad Valenciana, desprestigiar su autogobierno, vetando lo que no le viene en gana y fomentando un clima de confrontación en lugar de diálogo. Y la pregunta es, ¿puede interpretarse ese comportamiento con las tácticas “cholistas”?
La evolución táctica de Simeone representa un estudio fascinante de adaptación sin traicionar sus principios básicos. En el juego del Atlético, donde antes se erguía la "muralla" defensiva y el contraataque letal, hoy se despliega un equipo que busca controlar la posesión sin renunciar a su esencia pragmática mediante la presión permanente en el juego. Los números no mienten: de los 413 pases por partido a los 532 en una temporada de diferencia nos hablan de una transformación profunda. Incluso en el Bernabéu, el Atlético demostró su nueva capacidad para disputar el dominio del juego alcanzando un alto porcentaje de posesión del balón que en etapas anteriores hubiera sido impensable. Pero esta evolución es táctica, no filosófica, como admitió el propio Simeone tras superar los tropiezos iniciales.
En el tablero político valenciano, Vox ejecuta una partida que recuerda al mejor Simeone. Con apenas 13 escaños frente a los 40 del PPCV, la formación se ha convertido en el soporte indispensable para la mayoría absoluta que requiere 50 diputados en unas Cortes de 99. Esta posición le permite ejercer una influencia que trasciende con creces su representación numérica. A partir de esa aritmética, su estrategia de presión en el juego se despliega en múltiples frentes. Recordemos que Vox urgió al PPCV a designar un candidato para suceder a Carlos Mazón, entendiendo que la personalización facilitaba los compromisos. Ignacio Garriga, su secretario general, declaró que negociarían "con discreción" y sin guiarse por la "presión mediática", emulando ese hermetismo tan característico de los vestuarios antes de los partidos cruciales. Pero quizás su movimiento más efectivo fue la amenaza creíble: "nunca tememos unas elecciones"; así lo dijeron, situándose como el equipo “cholista” que no le teme a la prórroga.
Por mucho que lo escondan, en la Ciudad son conocidas las condiciones no negociables que actúan como líneas rojas en este pulso: rechazo al Pacto Verde europeo, freno a la inmigración "irregular y masiva", a los traslados de MENAS, a la reducción de la presión fiscal y una educación "en libertad" que incluye políticas lingüísticas que releguen el uso del valenciano y al “secado” de la AVL. Son sus cartas de triunfo en una negociación donde el PPCV necesita sus 13 escaños como un equipo necesita a su goleador estrella, a su “numero 9”.
Este paralelismo estratégico revela una verdad incómoda: tanto en el fútbol como en la política, la eficacia a menudo se impone a la estética. El Atlético del Cholo Simeone ha sido criticado por priorizar el resultado sobre el espectáculo, aunque su evolución ha suavizado estas críticas; Vox, por su parte, se zafa de las críticas por su influencia desproporcionada y abusiva, pues con el 12.6% de los votos condiciona la identidad política y el programa de gobierno del PPCV. La negociación es del todo asimétrica, donde Vox abusa de su capacidad de bloqueo.
La negociación en Valencia demuestra que, en política, como en el fútbol, la estrategia puede compensar la inferioridad numérica. Vox, al igual que el Atlético de la mano de Simeone, ha estudiado a su rival, identificado sus puntos débiles y ejecutado un plan para extraer el máximo rendimiento de su posición. El tiempo dirá si esta táctica de presión, tan efectiva para ganar batallas inmediatas, resulta sostenible en el largo juego de la negociación política. El Atlético sigue intentando el sorpasso al Real en la Liga, la misma aspiración aquí de Vox con el PPCV. No lo consiguió Simeone frente a Zidane y Ancelotti, ni ahora parece que lo consiga frente a Alonso. Aquí, mayo de 2027 no queda tan lejos; no creo que los de Abascal lo consigan, por mucho que se empeñen con sus secretitos. Mientras tanto, el espectáculo continúa, tanto en el césped como en el Hemiciclo.
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