Opinión
El suelo, nuestra primera defensa frente a las DANAs

Barranc del Tramusser, a su paso por Benifaió, en la Ribera, una de las comarcas afectadas por la dana / L-EMV
Cada otoño, la Comunidad Valenciana, y prácticamente el resto del país, vuelven a mirar al cielo con inquietud. Las DANAs, esas depresiones aisladas en niveles altos que, en cuestión de horas, pueden transformar cauces secos en torrentes devastadores en un territorio cada vez más vulnerable. Sin embargo, aunque la mirada suele dirigirse al cielo, la gran diferencia entre un episodio dañino y una catástrofe, se encuentra bajo nuestros pies: el suelo.
El suelo es nuestro gran aliado, aunque pocas veces lo reconozcamos. Un suelo fértil, bien estructurado y con cobertura vegetal, puede ser nuestra primera línea de defensa frente a riadas e inundaciones. Actúa como una esponja natural que infiltra el agua de lluvia, reduce la velocidad de las escorrentías, recarga los acuíferos y amortigua los impactos de las lluvias torrenciales. En cambio, cuando ese suelo está degradado, compactado o desprovisto de vegetación, se convierte en un pavimento impermeable que acelera las escorrentías y multiplica los efectos destructivos de las precipitaciones. En pocas horas, lo que podría haber sido una bendición para los cultivos y los acuíferos se convierte en una catástrofe para pueblos y ciudades.
Nuestro territorio mediterráneo es, por naturaleza, irregular en sus lluvias. Largos periodos de sequía se alternan con episodios torrenciales. Ese patrón no es una anomalía, es nuestro clima. Por ello, asumir que las DANAs son fenómenos inevitables es el primer paso hacia la adaptación y mitigación de sus impactos. No podemos evitar que llueva torrencialmente. Lo que sí está en nuestras manos es cómo gestionamos el territorio y sus suelos para convivir con nuestra realidad climática.
El mosaico de usos del suelo en el litoral mediterráneo refleja tanto la riqueza como la fragilidad del territorio. Los suelos agrícolas de regadío, intensamente explotados, suelen sufrir compactación y pérdida de materia orgánica. Los de secano, cada vez más abandonados, pierden su cobertura vegetal y quedan expuestos a la erosión. Los suelos forestales, esenciales como barrera natural para frenar la escorrentía, están amenazados por incendios y abandono. Y las áreas urbanas y periurbanas, impermeabilizadas por el hormigón y el asfalto, bloquean la infiltración natural del agua. Cada tipo de uso del suelo y su gestión influye decisivamente en cómo el territorio responde ante una DANA
A todo ello se suma la presión de infraestructuras lineales —carreteras, vías férreas, conducciones— que a menudo interrumpen la conectividad natural del territorio y canalizan el agua de manera artificial, intensificando las inundaciones aguas abajo. La planificación de usos del territorio no puede seguir ignorando esta realidad. Debe hacerse con coherencia climática y territorial, integrando el comportamiento natural del agua y del suelo en todas las decisiones sobre usos del territorio, urbanismo, agricultura, gestión forestal y transporte.
Las DANAs nos recuerdan, año tras año, que el territorio no es un tablero dividido en parcelas estancas. Todo está conectado: lo que ocurre en la ladera de monte afecta al valle, y lo que se hace en la huerta repercute en las ramblas y, finalmente, en el litoral. Sin una gestión integral del territorio, no habrá soluciones preventivas y amortiguadoras frente a las inundaciones.
Tras cada episodio torrencial los ríos, ramblas y barrancos arrastran miles y miles de toneladas de suelo fértil convertido en barro. Ese barro que enturbia los cauces y finalmente tiñe el mar no son un simple sedimento: es la capa superficial del suelo, el resultado de siglos de formación natural. Es suelo fértil convertido en lodos destructores. Su pérdida es irreversible a escala humana. Con cada riada desaparece una parte del territorio más valioso, y con ella, su capacidad para producir alimentos, almacenar carbono y regular el agua. Es una erosión silenciosa que avanza sin titulares, pero con consecuencias profundas al ir debilitando y empobreciendo el potencial biosferico de las zonas aguas arriba.
Frente a este deterioro progresivo, las Soluciones Basadas en la Naturaleza (NBS) ofrecen una vía tan eficaz como sostenible. Mantener la vegetación natural, restaurar bancales y terrazas tradicionales, reducir la compactación del suelo, favorecer la infiltración, apostar por una agricultura sostenible y reforestar con especies adaptadas son medidas que devuelven al suelo su papel como esponja natural.
La conservación y restauración de suelos debe ser entendida como una infraestructura verde esencial, complementaria a las infraestructuras grises de defensa y drenaje. Un suelo sano y cubierto de vegetación puede retener miles de litros de agua por hectárea; un suelo desnudo y degradado los expulsa en cuestión de minutos. De ahí que la inversión en gestión del suelo no deba verse como un gasto ambiental, sino como una medida preventiva de protección civil, agraria y económica.
La ciencia advierte que el cambio climático intensificará los episodios extremos: las DANAs serán más frecuentes y más intensas. Ante ello, la respuesta no puede seguir siendo improvisada o parcial. Es necesaria una planificación del conjunto del territorio —forestal, agrícola, urbano y de infraestructuras— basada en la coherencia climática, la sostenibilidad y la resiliencia. Gestionar bien los suelos no solo reduce el riesgo de inundaciones, también mejora la seguridad alimentaria, la calidad del agua y la estabilidad del paisaje y del territorio.
El Día Mundial del Suelo debería servirnos para mirar hacia la tierra con respeto y responsabilidad. Porque en ese fino manto de suelo fértil se juega buena parte de nuestro futuro. Cada decisión de uso del suelo, cada urbanización, cada campo abandonado, cada tala o reforestación tiene un impacto directo en cómo el territorio responderá cuando vuelva a llover con fuerza —y volverá, inevitablemente—.
Proteger el suelo es proteger la vida. Y hacerlo exige una gestión integral, inteligente y anticipada de todo el territorio, desde las cumbres de montaña hasta la desembocadura de una rambla. Porque solo un territorio coherente con su clima puede ser un territorio seguro.
No podemos evitar que llueva con fuerza, pero sí podemos decidir si esas lluvias serán fuente de vida o causa de destrucción.
El suelo no es un simple soporte para la vida: es vida en sí misma. Cuando lo perdemos, perdemos todo: biodiversidad, cobertura forestal, agricultura productiva, paisaje y regulación del clima y del agua.
José Luis Rubio Delgado es Premio Jaume I de Protección al Medio Ambiente{"anchor-link":true}
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