Opinión
Swipe al pasado: memoria rápida y olvido profundo

El poeta Miguel Hernández / Europa Press
A escasos días de conmemorarse el quincuagésimo aniversario de la muerte del dictador y del inicio del proyecto democrático, en una región cuyo nombre no hace falta evocar, se produjo un episodio revelador: una vecina, con desconcertante naturalidad, equiparaba la presentación de un libro de apología franquista con la de una antología dedicada al poeta alicantino Miguel Hernández, sosteniendo que la memoria podía ejercerse con igual legitimidad en ambos sentidos.En esta escena casi costumbrista se revelaba, como un espejo incómodo, la deriva de una sensibilidad pública que confunde pluralidad con relativismo. Un gesto que muchos despacharían como inofensivo exhibía, en realidad, una fisura más profunda en nuestra vida colectiva: la domesticación paulatina de discursos que durante décadas permanecieron relegados al subsuelo moral de nuestra historia
No se trata de una contienda ideológica entre extremos simétricos, pues no existe simetría posible entre un régimen cimentado sobre la negación sistemática de derechos y la creación literaria de un poeta ejecutado precisamente por reivindicarlos. Colocar ambas realidades en un mismo plano no constituye un acto de tolerancia democrática: es, más bien, una sofisticada forma de desmemoria, una suspensión del juicio revestida de neutralidad que esquiva, una vez más, la incomodidad de nuestra propia responsabilidad cívica. La esencia de todo esto no consiste en evocar una y otra vez la figura del dictador para evadir la mirada hacia el futuro, como algunos objetan. Radica, en realidad, en comprender cómo, en este escenario contemporáneo, ciertos discursos encuentran un terreno fértil en su equidistancia: se alimentan de la confusión deliberada, del lenguaje despojado de contexto y de la fatiga de quienes terminan aceptando como paradigma aquello que excede los límites de lo democrático. Ahora bien, la democracia, bien lo sabemos, no debería ser un juego de espejos, pues esta no consiste en igualar reflejos, sino en discernir entre lo que honra la libertad y lo que la amenaza. Sus pilares no son mercancía intercambiable ni objeto de debate público; pertenecen al dominio inalienable de los derechos, y es allí donde toda opinión ha de hallar su frontera legítima.
Ese límite, antaño nítido, se diluye hoy entre generaciones que consumen la Historia en cápsulas: vídeos de treinta segundos en los que un algoritmo decide qué pasado merece ser recordado y cuál se distorsiona. Una audiencia que, sin mala fe, pero con temeraria candidez, exhibe una épica aprendida en TikTok, persuadida de que la estética marcial encarna orden y no la antesala de la renuncia a todo.En ellos se conjugan el vértigo de la incertidumbre y una sensibilidad moldeada por la ilusión de certezas que algunos ofrecen: relatos sencillos para un mundo que se ha vuelto demasiado complejo. Sedisfraza la convicción como un amuleto, ocultando que bajo ese scrolllaten los mismos mecanismos que durante décadas pulverizaron el derecho a la vida. Y muchos, desprovistos de instrumentos críticos, confunden esa narrativa con una alternativa legítima, casi providencial, sin advertir el retroceso que encierra.
La anécdota costumbrista de días anteriores importa, no por su trivialidad, sino por su swipe al pasado. En ella se condensa una pregunta que recorre silenciosa nuestras plazas, nuestras pantallas y nuestras aulas: ¿qué estamos dispuestos a normalizar en nombre de la libertad de opinión? La respuesta, si aspiramos a salvaguardar la esencia de lo democrático, debería brillar con la claridad de los versos del poeta de Orihuela: un recordatorio de que la libertadse defiende, precisamente, preservando su memoria.
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