Opinión
Anatomía de un perdón

Pérez Llorca, felicitado por Mazón tras ser investido president. / Fernando Bustamante
Existe una singular atracción por la figura del penitente, tan poco habitual en la esfera pública y menos en la política. Estaba a escasos metros de las representantes de las asociaciones de víctimas de la dana, en la tribuna de invitados de las Corts, cuando Juanfran Pérez Llorca alzó la mirada al inicio de su discurso de investidura y les pidió perdón. Ese instante cambió el rumbo de la dignificación de la Generalitat, una institución que en los últimos meses había visto deteriorada su reputación hasta los márgenes de la honorabilidad.
Intuí que aquel gesto alivió parte del desaire al que habían sido sometidas por la administración que, primero, debía proteger a sus seres queridos y, después, consolarlas por la desgracia. Luego llegó el ya conocido discurso del nuevo president, salpicado de cesiones a un relato lleno de trampas para la reconciliación. Sin embargo, la intención exhibida desde la tribuna se confirmó en un inesperado encuentro entre Pérez Llorca y Rosa Álvarez en los pasillos del parlamento, con el compromiso de fijar una cita oficial en el Palau. Algo tan simple como un primer contacto ha tardado más de un año en materializarse y solo ha sido posible tras el relevo al frente del Consell, no sin un desgaste colectivo innecesario.
Pérez Llorca no peca de ingenuo; sabe que aquello de los cien días de gracia es historia. Por tanto, cuanto antes se produzca la reunión reclamada, mejor. Es el primer paso para reconducir por los cauces institucionales unas relaciones que serán complejas, aunque las treguas más sólidas son las que desembocan en acuerdos de paz duraderos.
Aún faltan otras disculpas. La de Salomé Pradas llega con formato de culebrón televisivo, forzada por la instrucción judicial y la salida de Mazón, pero seguramente permitirá aclarar los puntos oscuros que quedan de aquella trágica tarde. Quien sigue sin percibir la magnitud de su embrollo es Maribel Vilaplana. Sabía desde el primer momento que Mazón mentía y calló, además tuvo la desfachatez de victimizarse y contactar con autoridades para, entre llantos, pedir que la sacaran del foco al que ella misma se había expuesto al vulnerar la deontología del oficio que aún presume ejercer.
De Carlos Mazón ya no cabe esperar nada; en el pecado lleva la penitencia.
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