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Opinión | TRES EN LÍNEA

València

Por sus hechos los conoceréis

Juanfran Pérez Llorca.

Juanfran Pérez Llorca.

El momento más delicado que se vivió en las Corts el jueves durante la investidura del que será octavo president de la Generalitat (noveno si contamos a Albiñana, al que le reconocieron tal condición los tribunales aunque no fue elegido por sufragio universal), no se produjo en el hemiciclo, sino en los pasillos y fuera de la vista de todos. Juan Francisco Pérez Llorca y Rosa Álvarez, la presidenta de la principal asociación de víctimas de la DANA, se encontraron frente a frente y a solas ambos, por casualidad, en uno de los recesos. Fue Pérez Llorca el que se acercó a ella y simplemente le dijo: “Tendremos que hablar”, tratando de que su tono no pudiera resultar ofensivo para la persona que tenía delante. Rosa, hasta donde este periodista sabe, no le contestó. No le abrió ninguna puerta. Pero tampoco le hizo ningún desplante. No hubo nada más que eso. Pero teniendo en cuenta la situación por la que los familiares de quienes murieron el 29O han tenido que pasar este año, teniendo en cuenta que la propia Rosa perdió a su padre en esa tragedia que siempre quedará para la historia como la de las muertes evitables por la irresponsable y negligente gestión que ese día y los anteriores hizo la Generalitat, nada es mucho.

El periodista que firma este artículo siguió la sesión sentado, también por casualidad, muy cerca de las representantes de las víctimas que accedieron al hemiciclo, todas ellas vestidas con la camiseta negra que en letras blancas denuncia que lo que pasó con sus seres queridos no fue un accidente, sino un asesinato. Y tengo que decir que me impresionó su entereza y su actitud, la dignidad que transmitían. Podían haber reventado la sesión gritando su dolor, ¿quién iba a callarlas? Pero no lo hicieron. Cuando Pérez Llorca se volvió hacia ellas (al principio no las encontraba, nadie le avisó de dónde habían sido acomodadas) y les pidió perdón, por primera vez sin ambages de ninguna clase, se limitaron a sostenerle la mirada y cabecear; asintieron vivamente en algunas de las partes de las intervenciones de los síndicos del PSPV y Compromís, Jose Muñoz y Joan Baldoví; y sólo mostraron un rotundo malestar, aunque como digo manteniendo un inmerecido respeto por la Cámara y sus oradores, cuando intervino el portavoz de Vox, José María Llanos, cuyo presidente nacional, Santiago Abascal, ni se ha acercado a la zona cero, ni acudió al funeral de Estado, ni ha mostrado la más mínima compasión a lo largo de estos más de doce meses con los damnificados.

La presencia de las víctimas, la ausencia de Mazón y el perdón por dos veces repetido del candidato a la investidura fueron las notas destacadas de una sesión absolutamente previsible y que, sin embargo, deja muchas señales sobre lo que puede ser el futuro. Previsible porque el nuevo president lo es. No esperen sorpresas en su discurso, aunque como ya advertí y tanto Muñoz como Baldoví pudieron comprobar, tampoco se lo coman de vista porque con la misma parsimonia que desgrana números dispara con bala. Le disparó a Mazón, cuando dijo en su primera intervención, como el que no quiere la cosa, que él era un alcalde y que lo que había aprendido es que un alcalde “no es el que manda, sino el que está”. Le disparó a Muñoz, que se la había dejado botando, cuando le señaló la inconveniencia de atacarle a él por ser “el número dos” precisamente en el momento que a todos nos saltaban las alertas en el móvil avisando de que el “número dos” más famoso de España, José Luis Ábalos, entraba en prisión. Le disparó a Baldoví, cuando le recordó que el primer pacto de la legislatura lo firmó con él, y le animó a seguir por el mismo camino. Y le disparó a José María Llanos, con el que no todo fueron carantoñas aunque tanto propios como extraños prefirieran que fuera así, cuando le recordó que el PP y Vox son partidos distintos que mantienen discrepancias y le cortó las alas en los ataques a la Acadèmia Valenciana de la Llengua recordando que fue una creación del PP contra la que el PP no va a ir. Y remató con otro gesto que remarca diferencias: en su último turno, después de aguantar otra catarata de descalificaciones, apenas consumió tres minutos de los diez que tenía. “He dicho que los ciudadanos no quieren esto y voy a intentar cumplirlo”. Y cerró la sesión sin entrar al trapo, aunque alardeando de un primer logro “histórico” aun antes de haber sido votado: “No sé si se han dado cuenta, pero esta es la primera investidura donde todos los oradores han empleado el valenciano”. Cierto, hasta el portavoz de Vox se dejó llevar por el ambiente y lo utilizó en algún pasaje.

Este país tiene una dificultad añadida sobre otros para frenar el ascenso de la extrema derecha y de los populismos en general. Y es la imposibilidad de que las dos fuerzas que se han quedado como pilares del sistema democrático liberal puedan gobernar en coalición. Esa barrera, que es la verdadera herencia viva del franquismo, la que durante cincuenta años nos ha seguido haciendo hablar, antes en broma y ahora en serio, de rojos y azules, condena a socialdemócratas y liberal-conservadores a aliarse con los extremos o con partidos nacionalistas de larga tradición en su territorio pero con sus intereses también atados, legítimamente, a esos territorios y no al conjunto del país. Los partidos intermedios, incluso UCD, protagonista destacado de la Transición, han tenido vidas efímeras. El resultado es que los bloques se han fosilizado, de tal manera que espanta reunirse con cualquiera, rojo o azul, en Madrid y escuchar que el término “guerra civil” se maneja ya con la misma frivolidad con la que antes se hablaba de la rivalidad entre el Barça y el Madrid.

En política hay una máxima tan sencilla como inexorable: lo que suma, suma. Ningún partido que pueda alcanzar el Gobierno va a renunciar a hacerlo. Así que Feijóo se acuesta con Abascal de la misma manera que Sánchez se metió en la cama con Pablo Iglesias después de afirmar que jamás podría dormir con él. Es lo que hay, y pensar que puede ser distinto es de una inocencia digna de mejor misión. Frente a eso, sólo cabe mantener algunas líneas rojas que ninguno de los grandes esté dispuesto a traspasar. Pero esas líneas rojas ya son casi inexistentes en la política española actual. Y no son los partidos los que vayan a reestablecerlas, así que sólo cabe confiar en la sociedad y sus movilizaciones para obligarles a ello.

El pacto entre el PP y Vox estaba hecho desde antes incluso de que Mazón renunciara a su cargo. Que todos los periódicos mantuvieran la incógnita hasta el último momento no era más que un error de percepción no corregido por comodidad. Tan hecho estaba, que el día anterior a la investidura el candidato no estaba negociando: estaba comprando algunas cosas que le faltaban en El Corte Inglés. Así de segura estaba la cosa. Llorca aprovechó su aparente debilidad tanto como Vox lo puso fácil porque no le interesaban ahora elecciones, sino después. Nada de lo que en su intervención ofreció Llorca a la ultraderecha no había sido cedido ya por Mazón, tanto en el primer pacto de gobierno como en el último de presupuestos. Incluso se pudo permitir el candidato poner algunas condiciones que ahora le abren nuevos caminos a Feijóo si tiene que pactar, como tendrá que hacerlo si los números dan, con Abascal en España para entrar en La Moncloa. No hubo proclamas, como a Mazón le tocó a hacer, sino simple cálculo aritmético. Y hubo temas del argumentario conocido de Vox (el negacionismo sobre la violencia de género, la obsesión LGTBI, el rollo de la cultura woke…), que no entraron en el discurso de Llorca. El profesor Joan Romero tiene el convencimiento de que la Comunitat Valenciana está siendo laboratorio de pruebas de la internacional extremista con vistas al futuro. Siendo así, lo que vimos el jueves en las Corts es la antesala, en fondo y forma, de lo que veremos en Madrid si el PP y Vox suman lo suficiente para formar gobierno en unas próximas elecciones.

Llorca sabe que se juega su futuro y el de su partido en solo año y medio. Y que no tiene demasiado margen para darle la vuelta a una situación tan deteriorada como la que aquí vivimos. Habrá movimientos significativos en el Gobierno que se anuncie esta semana que entra, pero no una revolución sencillamente porque no da tiempo a que nuevos consellers entren y se formen antes de que se lance definitivamente la campaña electoral. Los cambios principales se producirán en el aparato del Palau, la verdadera sala de máquinas del Consell, la que falló el 290 y mucho antes, donde la organización se transformará de arriba abajo y donde del equipo de Mazón sólo una persona, y no de las más destacadas, permanecerá en el puesto. Pero contrariamente a lo que parece (la falsa realidad de las apariencias, que se enseña en Historia), si ha habido un president que ha tenido las manos libres ese es Llorca, porque su debilidad es, si sabe utilizarla, su fortaleza: puede que Vox le haya puesto delante al PP una hipoteca. Pero eso es así desde 2023. La diferencia ahora es que también le ha dado un cheque en blanco. ¿O es que puede provocar la caída de Llorca, haga este lo que haga, en el año y medio que queda? Hay presupuesto aprobado que se puede prorrogar y no hay moción de censura posible. ¿Quién está más atado?

Ese es el análisis que aún no está haciendo la oposición. Que sigue con un “volem votar” que ya no tiene sentido y sólo puede crear frustración entre sus bases y que además, en el caso del PSPV, resulta contradictorio. Y que continúa dirigiendo sus diatribas contra Mazón, cuando quien hay ahora ya es otro, con un estilo de gobernar radicalmente distinto al del que ha sustituido. La única exigencia que tanto el portavoz del PSPV como el de Compromís debían haberle hecho al nuevo president es increíblemente la única que no le hicieron: que se comprometiera a abrir una investigación para determinar con pelos y señales todos los fallos de la Generalitat en la DANA y actuar en consecuencia, caiga quien caiga. Para dar a la sociedad la explicación que su gobierno aún les debe. Si el PSPV y Compromís no reorganizan pronto su discurso, lo del jueves no habrá sido una investidura forzada, sino el comienzo de una nueva campaña en la que la derecha, por sorprendente que parezca, parte otra vez como favorita y la izquierda va camino de otra decepción.

Fe de errores

En el artículo "Por sus hechos los conoceréis", firmado por Juan R. Gil, se señalaba por error que Albiñana adquirió por sentencia judicial la condición de presidente de la Generalitat, cuando a quien reconocieron los tribunales esa dignidad fue a Enrique Monsonís.

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