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Opinión

Las risas y el perdón

Tribunal Supremo de Madrid

Tribunal Supremo de Madrid / EFE

Si un observador imparcial llevara un dietario razonable en estos tiempos, capaz de registrar con solvencia los elementos realmente significativos, lejos del “totum revolutum” de la inteligencia artificial, alguien capaz de registrar lo importante, esta semana podría llenar un volumen. Su título sería algo así como “Camino de la destrucción suicida”. Desde luego comenzaría preguntando a los defensores de la normalidad histórica de España, si de verdad siguen creyendo en ella. Para convencerlo, el diarista exigiría el nombre de otro país democrático europeo que haya tenido la amarga experiencia de que todos, absolutamente todos los gobiernos desde 1982 a esta parte, hayan acabado sitiados por la corrupción. Y eso por no hablar de sus reyes, desde 1800, mejorando el presente.

Encontrar un caso similar nos llevaría a muy lejanas tierras, incluso puede que a alguna cercana galaxia. Así que la primera entrada del dietario de esta semana diría: “Eterno retorno”. Con seguridad causaría admiración a este discreto diarista comprobar que el partido que más casos de corrupción ha acumulado en la breve historia de nuestra democracia -no hablamos de otros tiempos-, actúa con la desvergüenza de creerse limpio de culpa. Luego, recapacitando, le llamaría la atención que, en los debates parlamentarios, el único tema sea precisamente la corrupción mutua, olvidando los terribles problemas que todo ciudadano que no sea un descerebrado huele como un profundo abismo ante sus narices.

El diarista seguro que tendría la tentación de preguntarse: con este desprestigio de los partidos políticos, fomentado por su propia imprudencia, ¿no comprenden que le sirven en bandeja la primacía a los enemigos de la sociedad democrática? ¿O es que en realidad no les importa? ¿O es que también lo son ellos? ¿En qué se han convertido los grandes partidos políticos para albergar este tipo de gente? ¿Hemos de vivir siempre así? Sin embargo, la misión del dietario no es preguntar, sino registrar hechos curiosos. Uno que no habrá escapado al diarista es el siguiente:

“Hoy se ha sabido que un miembro del Tribunal Supremo que días atrás juzgó al fiscal general del Estado, es codirector de la tesis del abogado de la acusación del caso, el letrado Gabriel Rodríguez-Ramos y que el tribunal aceptó la causa penal contra el fiscal general justo el día de la lectura de esa tesis. El tema de la investigación fue “Identidad fundamental de la actuación empresarial punible”. Anoto que de este amplio estudio de 600 páginas no se concluyera la identidad de la actuación empresarial punible de su defendido, Gómez Amador, sino justo la actuación punible del fiscal general que dio a conocer su actuación punible”. Como es de suponer que el diarista sea un hombre versado, añadiría en nota: “Nunca dejará de sorprenderme la productividad científica de las comidas de tesis doctorales”.

Sin embargo, repasando este dietario imaginario, me he detenido en una entrada que tiene un título lacónico: “Las risas”. El pasaje dice así: “El Colegio de Abogados de Madrid, acusación particular del fiscal general, ha invitado a tres jueces del caso para que impartan una conferencia pagada antes de cerrarlo y de que se haya publicado la sentencia. Al final de su exposición ante los colegiados reunidos -con noble afán de saber - el presidente del tribunal ha comentado en tono jocoso que no puede extender más la charla -no consta que por eso se le haya disminuido la paga-, que tiene que concluir ya, porque “tengo que poner la sentencia al fiscal general”. Es digno de reseñar que los asistentes han respondido a esta ocurrencia, fruto del agudo sentido del humor del presidente, con una risa unánime y notoria”.

El comentario del presidente revela que pone él la sentencia, lo que solo puede significar que se ha rechazado la ponencia, que pedía la absolución. Así se comunica de facto la condena de alguien que se supone que ha revelado un secreto a voces, pero el presidente revela a voces el secreto y las deliberaciones del tribunal antes de publicar la sentencia y antes de escribirla. Nuestro diarista ha concluido con esta frase. “Siento que esta chanza, y las risas de estos abogados, se ríen de todos los españoles de buena fe que creen en la imparcialidad de sus instituciones. Estos tipos se sienten más señores de la ley que defensores de la misma, cuando sin pudor ni decoro actúan así. El país está roto”.

Pero como el diarista siente apego a estas tierras valencianas, las de aquel capellán, Melcior Miralles, que llevó un preciso “dietari” en tiempos de Alfonso el Magnánimo, también ha registrado alguna entrada relativa a la cosas de aquí. Y pasando las hojas leo esta: “El hombre que ha protegido a Mazón durante un año, que lo ha defendido y arropado con arrojo, el hombre que ha sido cómplice de su desvergüenza, ha mirado al tendido con desfachatez y arrogancia de torero para pedir perdón a las representantes de las víctimas. Alguien que sabe leer los labios ha escuchado de ellas un “¿Ahora?” cargado de dolor, que ha resonado como un clamor en todas las Corts. ¿Pero les importa algo nuestro desprecio? Quien no tiene vergüenza, resbala sobre la opinión de la ciudadanía. ¿Qué tipo de persona hay que ser para vivir así? ¿Qué forma de entender el poder es la de esta gente? ¿A quién se parece? Entonces se alza una voz diciendo que todo esto se hace no a cualquier precio, sino al precio de “nuestro querido reino de Valencia”.

La última línea del dietario, un tanto alterada, se limita a decir: “Baixa, Jaume, i porta-te'ls a galeres”.

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