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Opinión | Algo personal

València

Amarraditos

No te ha importado que mientras estabas disfrutando a tope, no sé si como en las fiestorras de Calígula, más de doscientas personas se estuvieran ahogando apenas a unos kilómetros del sitio de tu recreo

Mazón y Vilaplana.

Mazón y Vilaplana. / L-EMV

Les importa un pito lo que diga la gente, lo que vaya descubriendo de sus secretitos el periodismo decente, el sufrimiento de las familias con víctimas de la dana. Los dos van a la suya. Cada cual a su manera, andan desde hace más de un año interpretando un vodevil que sólo a ellos dos les hace gracia. Andan incansables convirtiendo la verdad en un chiste malo y ponen cara, los pobrecitos, de no haber roto nunca un plato. Él lo dijo hinchando pecho el otro día: "¿Cuándo he mentido yo?". Dice eso el chico compungido y se queda más ancho que el tupé de Trump cuando se mueve como un sunami sobre su rostro enrojecido y malapata. Pues siempre, chaval, llevas mintiendo desde que Zaplana te regaló su franquicia de por vida. No te ha importado que mientras estabas disfrutando a tope, no sé si como en las fiestorras de Calígula, más de doscientas personas se estuvieran ahogando apenas a unos kilómetros del sitio de tu recreo, un recreo que no era precisamente el que cantaba ese genio a la desesperada que fue Antonio Vega, siempre moviéndose al borde del abismo. Te uniste a la chica para atracar la nobleza de una tierra y su vecindario, pero sin la épica romántica de Bonnie Parker y Clyde Barrow hasta la emboscada que acabó con sus vidas en un descampado de Luisiana.

Lo vuestro no ha tenido, no está teniendo nada de épica romántica. Sólo la burda estrategia de jugar a escondidas para que, tal si fuerais dos inocentes criaturas, no os pillaran papá y mamá jugando a médicos bajo la mesa camilla las tardes sin escuela. Me viene la risa cuando pienso en la ferocidad del amor que nos dejó Vicent Andrés Estellés en sus versos inmortales y os imagino haciendo malabarismos circenses -eso sí que resulta gracioso, de verdad que sí- en un sombrío aparcamiento entre frenazos de coches y faros que iluminan con tibieza los pasillos subterráneos. Digo que os imagino porque yo no estaba allí para convertir esta columna en un relato veraz de lo que hicisteis, no el último verano como en el cine, sino en aquella inolvidable y lejana tarde de octubre. Pero bueno, ya se sabe que la imaginación y la realidad, como nos enseña la gran literatura -no digo que esta columna lo sea- van de la mano la mayoría de las veces.

Desde el primer día no hemos parado de investigar lo sucedido y también, como en un más que utilitario y eficaz procedimiento deductivo, de jugar a las sospechas, de echar mano de los detalles mínimos que ayudaran a construir una historia que fuera lo más aproximada posible a la veracidad y el necesario contexto de los hechos. Pero cada día surgía una novedad en vuestro cuento chino que descalabraba la del día anterior y alumbraba zonas que hasta entonces permanecían a oscuras. Más de un año mareando la perdiz de un encuentro que se convirtió en el perfecto manual de la desfachatez, en el más disparatado código QR del cinismo, en una burla insoportable a quienes se pasaban los días y las noches aprendiendo a convivir con una tristeza infinita y con esa soledad que sentimos cuando desaparecen los sitios donde ayer mismo se levantaban nuestros sueños. Y a vosotros qué. A vosotros sólo os importaba inventar una mentira nueva cada día, una mentira que cubriera la clandestina narrativa de una tarde de fiesta convertida en un acto de humillación a las víctimas mortales de la barrancada y, por descontado, a quienes lo estaban perdiendo todo sin que esa pérdida alterase para nada vuestros planes.

Yo tenía pensado escribir este domingo una historia que no fuera con vosotros. Estoy harto -como tanta otra gente- de que llenéis de barro -eso sí: de un barro distinto al de la dana- la memoria de una tragedia que no vamos a olvidar mientras vivamos. Pero no dais tregua para escribir de otra cosa que no sea de vuestras incontables falsedades, de lo que os estáis inventando cada minuto que pasa para ocultar lo que ya resulta, a estas alturas del relato, absolutamente inocultable. Me resbalan vuestros ridículos intentos de haceros las víctimas, la carita de pena que ponéis cuando acusáis al mundo entero de querer haceros daño, la maldita vocación por el embrollo que os mantiene unidos en una operación de estraperlo moral que os amarrará uno a la otra eternamente y sin remedio de ninguna clase. Amarraditos los dos, claro que sí, pero sin la emoción y la belleza de ese vals peruano que tantos años después nos sigue conmoviendo en la voz -espuma y terciopelo- de María Dolores Pradera.

No sé lo que sobre vosotros descubriremos mañana que hoy no sepamos. Lo que sé es que desde hace un año no habéis parado de convertir el sufrimiento de muchas familias en una cruelísima parodia que sólo a vosotros dos os hace gracia. Sí, hoy no pensaba escribir esta columna sobre vuestra indignidad y una indecencia que a cualquier persona de bien le rompería el corazón en mil pedazos. Pero aquí estoy, como desde el primer día en que convertisteis la dignidad y la decencia en un grumo maloliente de embustes a destajo. Desde hace un año, además, estáis manchando, con una detestable desvergüenza, la política y el periodismo. Dos oficios que se merecen, como muchos otros, todo el respeto del mundo y no un puto cachondeo como el vuestro. Ojalá al final ese cachondeo no os salgo gratis y la Justicia haga lo que tiene que hacer para que así sea. Ojalá que sea así, ¿vale? Ojalá.

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