Opinión
Pérez Llórca y el fin de la paciencia valenciana

Pérez Llorca, en las Corts, para registrar su candidatura como 'president' / Miguel Angel Montesinos
Hay momentos en los que el tiempo político se quiebra. De pronto, todo lo que parecía estable se acelera, y el compás que marcaba las horas deja de servir. El País Valencià vive ahora uno de esos momentos. Vivimos suspendidos entre el tiempo que creíamos tener y el que, en realidad, se nos escapa. Entre la calma fingida y entre la urgencia real. Habitan en nosotros, como escribe Xan López en El fin de la paciencia, dos temporalidades incompatibles. Y quizá no haya lenguaje más útil para pensar el presente valenciano.
Durante más de un año, buena parte de la acción política y social valenciana ha orbitado en torno a un gesto repetido: el de señalar una negligencia, el de nombrar una responsabilidad, el de marcar un horizonte moral. Ojalá las circunstancias no hubieran obligado a ello, pero fue necesario. Sin la constancia de quienes insistieron en no aceptar el relato del infortunio meteorológico, ni la dimisión de Mazón ni la crisis del gobierno valenciano habrían sido posibles. Pero los acontecimientos que abrieron una grieta también puede volverse un límite.
La dimisión del President funcionó durante meses como hipótesis reguladora para la oposición valenciana. Sin embargo, sin la habilidad necesaria, este evento puede tener el extraño efecto de desarticular el tiempo de la política valenciana. No porque abra automáticamente uno nuevo, sino porque nos obliga a hacernos cargo de un vacío para el que no hemos preparado del todo la respuesta.
Existe una tentación persistente en la izquierda valenciana de confundir el colapso del adversario con la construcción propia. Como si la erosión del gobierno fuese una etapa natural hacia la victoria, o como si las movilizaciones bastaran para estructurar un proyecto mayoritario. Las movilizaciones, incluso las más inspiradoras, han sido siempre condiciones previas: han abierto el terreno de lo posible, pero no lo han ordenado. Es aquí donde la política reclama de nuevo lo que nunca dejó de exigir: organización, estrategia, e imaginación.
Parece que en esto último estamos particularmente desentrenados. Hemos vivido demasiado tiempo en un presente estático, confiando en que los hechos -los cambios de versión constantes, la gestión errática, el menosprecio a las víctimas o la arrogancia del PP- acabarían dictando una conclusión evidente. Pero los hechos nunca hablan en voz propia. El sentido de esos hechos, su significación, es precisamente lo que está en disputa.
El diputado Mazón seguirá en su escaño y el goteo de informaciones sobre su ágape íntimo el 29 de octubre continuará ocupando espacio público durante un tiempo. Sin embargo, el escenario político empieza ya a desplazarse hacia otra figura: la de Pérez Llorca, un President que busca abrir un ciclo distinto. Su discurso de investidura apunta en esa dirección, con un gesto dirigido a las víctimas y la voluntad explícita de activar nuevos marcos narrativo. Algo que obliga a la oposición a, sin pasar página, construir nuevas coordenadas desde las que articular el conflicto político.
El nuevo episodio de la política valenciana exige a las izquierdas recomponer una alianza social que vaya más allá de las fidelidades históricas, fortalecer una estructura capaz de sostener un conflicto político prolongado, dibujar una alternativa programática sólida, escoger sin complejos perfiles que puedan gobernar y abandonar, aunque sea demasiado pronto, la retórica postraumática.
Y todo esto sin garantía alguna de éxito. Quizá el mayor desafío de este momento sea abandonar la comodidad de pensar en “lo que vendrá” y asumir, de una vez, lo que ya está aquí. Juan Francisco Pérez Llórca: lo que hemos recibido no es una oportunidad, sino un ultimátum. Si la izquierda no es capaz de traducir este interregno en un horizonte compartido, si renuncia a disputar el sentido del presente, si elige la espera frente a la acción, entonces el juicio será durísimo. Y probablemente, también inapelable. Este es, al fin y al cabo, el fin de la paciencia valenciana.
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