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Opinión

València

Solo queda la vacuidad

Portada de 'Reconciliación', las memorias de Juan Carlos I.

Portada de 'Reconciliación', las memorias de Juan Carlos I.

En ocasiones, despierto sin remedio en medio la madrugada e intento actualizar digitalmente el periódico antes de que lo hayan renovado. Allí están las noticias de ayer, las que consulté antes de dormir. El pasado, remoto. “Ojear” esos periódicos sin actualizar es como bajar a la calle sin que las carreteras hayan sido puestas. Solo deambulan por allí los recuerdos, deseosos de ser memoria y, quizás, con suerte, alimento de identidad. Pero en ocasiones también camina taciturno, lleno de dudas e inseguridades, lo que en su momento funcionó y hoy es estulticia. Descolocado, sin rumbo, sin amistades más allá de los drogadictos de la posición. Allí, en el periódico de ayer (el que Quique González estuvo a punto de comprar) yacía inmóvil Isabel Preysler. Ella y su mundo, ambos sin actualizar.

La renovación constante y adictiva asesina la distancia en el análisis y elimina los asideros para el mañana. Pero cierto es también que hay personas que representan mundos que no tienen recorrido más allá de la más espasmódica de las actualidades. Son un arreón, un espasmo y nada más. Alejadas del impacto que aturde, solo queda la vacuidad. Ficción para llamar la atención. “Cuando iba a merendar a El Pardo, veíamos el Nodo y la película y tomábamos el té. Su abuelo (Franco) no: tomaba Fanta de naranja”. Para ella, Franco era encantador y no se diferenciaba en nada de los abuelos del resto de familias de sus amigos. El régimen del “adorable” dictador provocó alrededor de medio millón de asesinatos. Ella, la Preysler, no lo pudo ver. El vendaje del privilegio sobre sus ojos no se lo permitía. Y no se lo permite todavía hoy.

El reciente libro del rey emérito o la nadería de Juan del Val son ofensas similares de ricos privilegiados que quieren la atención de una ciudadanía con problemas bastantes más graves que ellos pese a su sempiterno victimismo. Solo espero, para seguir confiando en el mundo, que dicha bobería editorial reciba el ninguneo del pueblo y que las empresas que han apostado por esas estupideces en forma de libros se arruinen. Sólo así se dejarán de promocionar sandeces de ricos alejadas de los problemas reales de la gente normal. Hay una distancia insalvable entre quienes empiezan las jornadas a las cinco de la mañana y quienes, incapaces de observar sus privilegios, quieren enriquecerse vendiendo pasado. Congelar el tiempo, como las caras, es una opción política.

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