Opinión
La dialéctica del presente

Archivo - Una nostálgica del franquismo con una bandera de la dictadura y un rosario espera la llegada del féretro con los restos de Francisco Franco al cementerio de El Pardo-Mingorrubio, donde será inhumado, en El Pardo (Madrid, España), a 24 de octubr / Jesús Hellín - Europa Press - Archivo
En 1944, dos grandes pensadores alemanes de la Escuela de Frankfurt am Mein, exiliados en EE.UU para huir de la persecución del nazismo, MaxHorkheimer y Theodor Adorno, publicaron una edición limitada de un escrito titulado “Fragmentos Filosóficos” que, a la vuelta de ambos a Alemania terminada la II Guerra Mundial se editaría, en 1947, con el nombre de “Dialéctica de la Ilustración”. Volvería a publicarse en 1969 al calor del mayo francés del 68 y fue traducido al inglés en 1972. El texto tuvo gran repercusión en los ambientes filosóficos y de alguna manera contribuyó al surgimiento de la filosofía posmoderna que pretendía acabar con los grandes relatos o metarrelatos sobre la evolución de Occidente, es decir terminar con las interpretaciones del liberalismo, marxismo, fascismo y cristianismo que intentaban abarcar la totalidad de la realidad con sistemas cerrados basados en presupuestos axiomáticos, como el crecimiento del libremercado, la lucha de clases, el hombre nuevo o la providencia divina.
Los autores, judíos excluidos de la Universidad por las teorías racistas del nacionalsocialismo, se preguntaron cómo era posible que parte de la sociedad europea, y en especial la alemana con su amplia tradición filosófica, que había asumido el principio kantiano “Atrévete a conocer” como línea central de la Ilustración, aceptara la teoría del Mein Kampf de Hitler. La tradición, las costumbres, la autoridad debían ser descartadas de las mormas del comportamiento social si no estaban fundamentadas por principios racionales. La propia Revolución Francesa proclamó la igualdad, la libertad y la fraternidad para una nueva época de la humanidad.
La Ilustración explosionó en el siglo XVIII y estableció un nuevo modelo para alcanzar la verdad con el pensamiento científico y acabar con los mitos ancestrales que corrompían la libertad de los seres humanos y los convertían en esclavos de la autoridad dominante. Si la razón ilustrada era el elemento principal para analizar la realidad con la expansión de la ciencia, la ética y la justicia, ¿por qué había derivado en el autoritarismo, el antisemitismo y la exaltación racista? ¿Cómo pudo establecerse una industria del exterminio como la del campo de Auschwitz y otros? La razón abandonó los valores de libertad, justicia o fraternidad proclamados por la Ilustración y se puso al servicio de otros valores dándoles también sustento racional. ¿Acaso si se concede a la raza aria la superioridad sobre las demás no puede deducirse “racionalmente” que aquellos que la denigran deben ser eliminados? Si se considera que los judíos se han apoderado y dominado la economía y la cultura alemana construidas por los verdaderos alemanes ¿no pueden estos defenderse para restablecer el orden natural de las cosas?
La razón no tiene un único camino cuando no se ha llegado a un consenso permanente, asumido mayoritariamente, y cada postura contrapuesta se defiende con argumentos “racionales” aunque no estén contrastados. Es difícil cuestionar el teorema de Pitágoras o la redondez de la Tierra, aunque existen organizaciones que defienden que es plana pero queda como un estereotipo sin consistencia. En cambio, otros temas morales tienen diversas interpretaciones, su veracidad y racionalidad sólo se acepta unánimemente cuando es asumida de manera mayoritaria pero no siempre por todas las culturas. Al final el tiempo acaba, si cabe, imponiendo el consenso. Nadie, por ejemplo, defiende la tortura como procedimiento jurídico aunque en la práctica se utilice. Por eso, en los temas conflictivos, se intenta dominar el relato para conseguir que se implante como verdad una de las tesis, y aun así siempre quedarán restos minoritarios que la cuestionen.
La razón ilustrada se ocupó, como lo habían hecho los antiguos mitos, de dominar la naturaleza a través de la ciencia, para superar el miedo que ésta infundía, pero eso comportaba también controlar la naturaleza humana. El afán de dominio se traduce en la economía capitalista, la cultura de masas y la política, olvidando el primigenio objetivo de los ilustrados de alcanzar la libertad, la verdad y la justicia. Y en ese afán de dominio se llega a la destrucción de aquel que no acepta complaciente una versión. Es lo que ocurre con la Guerra Civil española y el franquismo, donde todavía las narraciones pugnan por imponerse. ¿Qué diría un ilustrado sobre el conflicto de los años 30 en España? Depende a quien se consulte, a Simone Weil o al escritor católico Georges Bernanos, dos intelectuales franceses que analizaron la guerra desde distintos ángulos, destacando la deshumanización de las muertes por los milicianos contra los considerados fascistas (“los nuestros, los militantes anarcosindicalista, han vertido sangre de sobra. Soy moralmente cómplice”) o la dura represión del franquismo en Mallorca. Casi un millón de libros y papers han analizado la guerra y la dictadura y todavía diferentes perspectivas continúan vigentes. Incluso hay quien, para salir del paso, banaliza el tema afirmando que la dictadura de Franco tuvo cosas buenas y malas, como si de una competición deportiva se tratara. La Ilustración sigue pendiente.
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