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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

Un Consell recién pintado

Muchos esperan hechos concretos del primer gobierno Pérez Llorca para comprobar si la transformación es real y no solo una capa de barniz reciente

Pérez Llorca anuncia el nombre de los nuevos consellers

Daniel Tortajada

Cuesta decidir si el nuevo Consell de Juan Francisco Pérez Llorca es un relevo auténtico o un retoque cosmético. Más que giro, parece un reset, porque se conserva gran parte del engranaje heredado, con apenas algunas piezas fuera de escena —entre ellas, la exconsellera de Hacienda Ruth Merino— e incorporaciones que buscan marcar tiempos nuevos, como la Conselleria de Presidencia para José Díez y el comisionado específico de la dana para Raúl Mérida. Cambios muy calculados.

Se añaden además movimientos con aroma estratégico. La portavocía recae en Miguel Barrachina, que deberá modular su habitual vehemencia para encajar en el registro de diálogo, acuerdo y estabilidad que ahora se impone. Y se suman perfiles como Elena Albalat y María del Carmen Ortí, que aterrizan en un organigrama donde se espera que impliquen un rumbo distinto.

El president parece empeñado en proyectar la sensación de que algo se ha movido, aunque la maquinaria siga ajustándose con los mismos engranajes. El verdadero examen llegará cuando toque asumir responsabilidades por la errónea y tardía gestión de la dana y colocar a las asociaciones de víctimas en el centro con transparencia. Ahí no bastará con reordenar competencias, será el momento de demostrar si la voluntad de cambio existe más allá del relato.

Es cierto que la continuidad puede interpretarse como garantía en tiempos revueltos, y que un retoque prudente puede sonar a sensatez institucional. Pero también es legítimo exigir algo más que estabilidad: valentía para rectificar, coherencia en la gestión y honestidad para reconocer errores. Quienes esperaban un punto de inflexión merecen hechos, no solo otro reparto de competencias.

Quizá este primer gobierno Pérez Llorca nazca con la intención de ofrecer calma, de contener daños y rebajar tensiones. Pero si realmente quiere pasar pantalla, deberá evidenciar que la transformación no se mide por el número de conselleries ni por los apellidos en la foto, sino por los comportamientos. Porque muchos —y con motivos sólidos— no darán por bueno eso de ‘nuevo Consell’, si al final se parece demasiado al anterior, aunque con una capa de barniz reciente.

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