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Opinión

València

La tecnología nos ha robado el alma

La IA generativa es de las tecnologías más disruptivas en los últimos años.

La IA generativa es de las tecnologías más disruptivas en los últimos años. / INFORMACIÓN

En su novela Diana o la cazadora solitaria (1994), el escritor mexicano Carlos Fuentes explicaba la incomodidad que le provocaba comunicarse con alguien por teléfono. Sentía una forma de angustia e impaciencia por no ver a su interlocutor, no poder percibir su rostro, la expresión de su mirada, el entorno que le rodea. Esa voz vacía le hacía dudar de la veracidad de las palabras, le invadía la sospecha de que la tecnología conduce al engaño y la manipulación. “la mentira es el precio del progreso. Mientras más adelantan los progresos tecnológicos más compensamos nuestro retraso moral e imaginativo con el arma disponible: la mentira.” Tres décadas más tarde sabemos que la tecnología es el principal instrumento del engaño y la falsificación.

En tres décadas, el efecto perturbador de la tecnología y su coste en términos humanos es infinito. Nadamos en el desasosiego ante la infinita capacidad de manipulación. El poder de las máquinas facilita la vida, pero también desborda nuestra capacidad de dominar sus efectos perniciosos.

Es justo valorar hasta qué punto la tecnología contribuye a nuestro bienestar material, facilita la vida diaria, abre las puertas al mundo, al conocimiento y la gestión de los recursos y facilita nuestro conocimiento de la realidad. Gracias a ella puede mejorar la salud y la vida humana y el bienestar pueden prolongarse.

Sin embargo, todo ello está teniendo un coste muy elevado. Hemos comprado un boleto hacia la ignorancia y hacia la ruina moral. Que sean las máquinas las que piensan, las que crean, las que hablan. La tecnología -o mejor, quienes manejan y se lucran con la tecnología- se ha apoderado de nuestras emociones, reemplazan y confunden la libertad y nos alejan del disfrute de lo pequeño, de los detalles. Se borran los límites entre la realidad y la fantasía, se manipula el deseo y se borran los límites entre lo humano y la ficción; entre la verdad y la mentira. Un camino certero hacia la frustración y la angustia.

Mientras Carlos Fuentes describía el malestar que le provocaban el teléfono, su viejo amigo Luis Buñuel habitaba con vocación ascética una austera vivienda en la Colonia del Valle en Ciudad de México. Un lugar sin lujos ni apenas mobiliario, sin más pinturas en las paredes que un viejo retrato de juventud hecho al cineasta por Salvador Dalí en tiempos juveniles de amistad y surrealismo antes de su ruptura tras la guerra de España.

Al final de su vida, Jean Claude Carrière, amigo y colaborador de Buñuel lo describía como un eremita risueño y por momentos melancólico. El gran Buñuel creía que solo una rigurosa moralidad personal (la dignidad de tener principios) es capaz de gobernar una vida y pensaba, ya a principios de los años 1980, que el hombre y el humanismo estaban siendo arrasados. El nuevo apocalipsis, contaba Buñuel, como el antiguo galopa a caballo de cuatro jinetes: la superpoblación, el principal que enarbola la bandera negra; la ciencia, la tecnología y la información. Todos los demás males que nos afligen son meras consecuencias.

Solo y viejo al final de su vida el gran Buñuel solo era capaz de imaginar la catástrofe. Y es que la tecnología nos ha robado el alma.

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