Opinión | En el barro
Llorca quiere mandar
En el PP los caminos acaban conduciendo casi siempre a Génova y los gestos del 'president' con la configuración de su Consell van también en la vía de la recomposición de las relaciones con la cúpula nacional

Juan Francisco Pérez Llorca, ayer en el Palau. / Rober Solsona
A Juan Francisco Pérez Llorca no le va el traje de interino. Lo ha ido deslizando desde antes de ser designado candidato a sucesor. Y lo ha dejado claro con su primera decisión como president: la composición de su gobierno. Me refiero a que ha cogido los retales heredados de Mazón y les ha dado una nueva confección de forma que el vestido parezca otro: más recio, de costuras más firmes, aunque con algún remate flojo, como la ausencia de cargos procedentes de los lugares que han sufrido la gran riada, el episodio que, guste más o menos, marca y seguirá marcando la agenda. Merecía algún gesto. Como los que Llorca ha enviado hacia la vida interna del partido y que indican que también está pensando en el futuro, aunque no suene bonito explicitarlo.
Puede que el nuevo president no se haya sentado con Camps, pero incorporar a su equipo más próximo a dos excargos muy cercanos al expresidente (con Henar Molinero existe un vínculo estrecho, más allá de lo profesional, y a Jacobo Navarro algunos lo consideran el ideólogo de la fase final del campsismo) es una invitación a desactivar ese foco de incendio interno. No será hoy, pero es una señal. Como lo es la incorporación de figuras bien consideradas por María José Catalá, la que podría ser la aspirante al cartel autonómico del PP en 2027, al menos la que ha aparecido en todo este proceso de sucesión como la mejor vista por Alberto Núñez Feijóo. Porque en el PP los caminos acaban conduciendo casi siempre a Génova, que es una clave importante también en todo este rompecabezas, porque en Madrid están inquietos con Camps y su protagonismo creciente, y el mimo a Catalá está ya dicho. Los gestos, por tanto, van también en la vía de la recomposición de las relaciones de Llorca con la cúpula del PP.
Mompó pasado de repartirse el futuro con Llorca hace un mes en un salón de Benidorm a ver cómo sus intereses quedan relegados
El eslabón débil en todo este movimiento es el presidente provincial de Valencia, Vicent Mompó, que ha pasado de repartirse el futuro con Llorca hace un mes en un salón de Benidorm a ver cómo sus intereses quedan relegados en esta partida: al menos en el primer nivel de la estructura del Consell. Es la prueba de que es el elemento más frágil en un partido de filosofía vertical y en el que exhibir aspiraciones pronto se suele pagar.
En el capítulo de mensajes, Pérez Llorca también envía alguno a los amigos de Vox al llevarse la política lingüística al territorio de Presidencia: una manera de poner un escudo sobre el valenciano. Tengo dudas de si será suficientemente fuerte.

Pérez Llorca, rodeado de periodistas ayer. / Rober Solsona
Por lo demás, el sucesor de Mazón levanta dos grandes poderes a su alrededor. Por un lado, entrega a Susana Camarero la manija de la política más acuciante, al darle vivienda, empleo y juventud. Es un regalo importante para una consellera a la que saca de la trinchera, algo que ella quería y que no creo que satisfaga plenamente a las víctimas de la dana, pero también es un mensaje hacia ellas. El regalo no deja de incluir su dosis de veneno, porque son materias que requieren de más de una administración y donde es complicado que la calle vea resultados. La responsabilidad ya saben de quién será.
Al tiempo, Llorca fortalece la maquinaria de la fontanería del Palau con una conselleria propia y rango de vicepresidencia. Reproduce los papeles que tuvo hace una década José Císcar, uno de sus mentores políticos.
El equipo es parecido, pero la voluntad de ejercer de líder (sin medias tintas, con sello personal y sin perder la mirada al futuro) empieza a quedar clara. Voluntad de mandar.
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