Opinión | Tres en línea
Cortar por lo sano

Toma de posesión del nuevo Consell de Pérez Llorca. / Fernando Bustamente
La candidata del PP a renovar la Alcaldía de València en las elecciones municipales de 2027 será María José Catalá. Y el candidato a presidir la Generalitat en las autonómicas, de no mediar accidente, será Juan Francisco Pérez Llorca. Porque la política es un juego que se rige por patrones lógicos, aunque a veces sean endemoniados o estén ocultos tras el ruido de los intereses cruzados de unos clanes contra otros. Por eso Catalá y Pérez Llorca han declarado desde el primer momento un alto el fuego con aspiraciones de tratado de paz. Ninguno se fía del otro, pero a ambos les conviene, porque una derrota en cualquiera de los dos sitios haría casi imposible una victoria en el otro. Y por eso también Pérez Llorca ha formado un Consell con un ojo puesto en Madrid (aunque tanto depende él de Feijóo como a Feijóo le interesa que la apuesta salga bien) y otro en Valencia, pero con clara voluntad de llegar hasta el final y con mensajes muy evidentes sobre lo que quiere y lo que no quiere que sea su corto mandato.
El mejor tratado de política no lo escribió hace 500 años Maquiavelo. Es una compilación de textos que tiene más de dos milenios y que llamamos la Biblia. Ahí está todo: pasiones, crímenes, venganzas, piedras sobre las que levantar un imperio y altas torres que se desploman en un instante, muertos que resucitan y vivos condenados al castigo eterno, lealtades, traiciones, delaciones y hasta el populacho prefiriendo al ladrón antes que al que prometía sanarles. Dice la Biblia que no conviene uncir en la misma yunta al buey y al caballo, porque la fortaleza parsimoniosa del uno entrará en permanente disputa con el nervio y la falta de freno del otro, haciendo imposible preparar el surco para sembrar.
Con el paso de los siglos, en castellano se asentó un dicho muy explícito: “Con estos bueyes tendrás que arar”. Eso es lo que ha hecho Llorca: liquidar a algunos, incorporar a otros, mover a varios y poner lo poco sólido que tenía a tirar del carro, dentro de lo que había para elegir. Pensar que iba a hacer una revolución era querer equivocarse a conciencia para luego utilizar el propio error como reproche. Pero insistir en el continuismo de este gobierno respecto del anterior es no querer ver que la medida de la política que desarrolle, en una estructura piramidal como la que cualquier gobierno impone, la dará, para bien o para mal, el nuevo president. ¿Les parece poco cambio que ni Mazón ni su todopoderoso equipo habiten ya el Palau? Pues eso lo ha conseguido la movilización ciudadana. No le quiten mérito.
Llorca no ha hecho un gobierno a su medida, sencillamente porque eso era imposible. Pero ha hecho un gobierno para lo que cree que necesita en una situación de grave deterioro de la vida política y social y de clara fractura interna en el PP. Un gobierno en el que ha marcado unos ejes de actuación muy claros. Vivienda. Todo lo relacionado con la precariedad y el empleo. Y recuperación tras la DANA, en el sentido más amplio del término: económica, social, pero sobre todo anímica y moral, que seguirá siendo lo más difícil porque ha habido 230 muertos y miles de personas que vieron de la noche a la mañana arrasadas sus vidas y que desgraciadamente siguen siendo ofendidas con cada nueva revelación, más de un año después de la tragedia.
Pero que todo eso fructifique en algo tangible es difícil, porque la legislatura está perdida. Hemos dilapidado dos años y medio, primero por la entrada como elefante en cacharrería de Mazón y su equipo tras su victoria en las elecciones de 2023, luego por la catastrófica gestión de la Gran Riada y después por el largo año de parálisis, mentiras y descrédito. Ahora sólo queda, de tiempo real de juego, doce meses a lo sumo, porque lo demás será campaña electoral si es que las autonómicas se acaban celebrando el mismo día que las municipales.
Llorca, pues, es un presidente bombero, cuya mayor ocupación va a ser restablecer la normalidad y apagar incendios. Marcará una línea propia, distinta a la de Mazón. De hecho, ya ha empezado.
Primero: dejándole las áreas políticas a la persona con mayor experiencia con la que contaba, Susana Camarero, que además de ser confirmada como vicepresidenta primera acumula todas las propuestas de futuro: Vivienda, Empleo, Juventud e Igualdad, ojo a esto último. Todo relacionado con lo mismo: afrontar el mayor problema que enfrenta nuestra sociedad y revertir, en la medida de lo posible, el éxodo de los jóvenes a propuestas populistas como las de Vox, que es a la vez aliado y principal enemigo. Con un programa basado en la vivienda y la precariedad orientado a los jóvenes ha sido como en los Países Bajos los liberales acaban de conseguir, precisamente en las elecciones celebradas el pasado 29O, no sólo frenar a la ultraderecha, sino echarla del Gobierno que ya ocupaba.
Segundo: con el nombramiento de un técnico cualificado al frente de la vicepresidencia segunda, que ejercerá también de conseller de Presidencia. Si tienen en cuenta que ese papel con Mazón lo desempeñaba en la práctica su jefe de gabinete, José Manuel Cuenca, apreciarán mejor el cambio que significa para un Consell que falló de forma estrepitosa el día que los ciudadanos lo necesitaron, entre otras cosas por falta de organización.
Tercero: nombrando un comisionado especial para la DANA, que se encargue de mantener una doble vía de contacto, con la Administración central, con la que reconstruir puentes es indispensable, y con la local, que es la que tiene que salvar el día a día con una capacidad de gestión, por falta de recursos, muy limitada.
Cuarto: intentando sacar de la batalla política diaria la Educación, cambiando al polémico Rovira por una profesional reconocida en su sector. Con Rovira, Llorca ha hecho lo que cuentan que hacía Franco cuando Carrero le pedía autorización para echar a algún ministro del Opus que estaba crecidito. “¿Cómo echarlo? No, Carrero, no. Vaya lío. Póngalo usted de ministro de Agricultura, que total eso no tiene arreglo”. Como la financiación y el presupuesto, mismamente. Por eso Rovira va a Hacienda.
Y quinto: asumiendo en primera persona la defensa del valenciano. La maniobra tampoco es menor: en primer lugar porque es una de las armas preferidas de Vox para complicarle la vida al PP al mismo tiempo que mantiene movilizada a la izquierda; en segundo, porque hasta aquí los presidentes solían quedarse para sí áreas “vistosas”: Turismo, por ejemplo. De feria en feria. Pero nunca materias en las que la controversia estuviera garantizada.
¿Es un gobierno gris? Sí. Pero mejor ordenado. Porque en el escaso margen que le queda, Llorca se lo juega todo en dos verbos, gestionar y desinflamar, y una misión por encima de todas: recuperar la dignidad perdida por la institución y el crédito que ha vuelto a arruinar de la Comunitat. Que no va a ser nada fácil porque los valencianos volvemos a ser tóxicos para el resto de España, porque las víctimas siguen con su dolor en carne viva, porque la instrucción judicial va a continuar dando cornadas al PP durante mucho tiempo y porque Mazón, si no supo entrar, menos aún está sabiendo irse, sin que su partido, ni en Madrid ni aquí, sea capaz de comprender que mientras él esté de cuerpo presente la losa será imposible de levantar.
La semana ha sido pródiga en ejemplos. Primero, el sobresueldo que ha conseguido que le regalaran, al que es incomprensible que a estas horas aún no haya renunciado ni nadie le haya hecho renunciar; luego, el pisito en la Explanada con vistas al mar que le han puesto en Alicante, y que encima ahora habrá que reformar a cargo también del contribuyente. Y, por último, los whatsapp cruzados la jornada aciaga de la Gran Riada entre el entonces president, su edecan y la consellera al frente de las emergencias, que demuestran, no sólo las muchas falsedades que han estado contando, sino la criminal frivolidad con la que actuaron.
En los últimos años, los periodistas los primeros, hemos ido interiorizando actuaciones cometidas por todos los partidos políticos sin excepción que atentan contra la esencia del servicio público y las hemos “normalizado”. Así que hemos aceptado, por ejemplo, que un político como Mazón se quede con un escaño para tratar de eludir a la Justicia. Como si no fuera una estafa. El editorial de este periódico ya advirtió el viernes que hay que poner fin a esta situación. La gravedad de la actuación de Mazón el 29O que hemos ido conociendo hacen ineludible que el PP le exija su escaño y lo saque de sus filas. Si no frenan la gangrena cortando por lo sano, el PP seguirá siendo en la Comunitat Valenciana un partido envenenado. No tienen tiempo que perder.
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