Opinión
Partisanía democrática

El diputado José Luis Ábalos durante una sesión plenaria extraordinaria, en el Congreso de los Diputados. / Eduardo Parra
Ando por Trento, donde se ha reunido la Sociedad Italiana de Filosofía Política para debatir sobre la declinación de la democracia. No había estado antes en esta mítica ciudad, a pesar de haber escrito de forma abundante sobre el decisivo Concilio. Los amigos italianos organizados por Michele Nicoletti, que presidió en su día el Consejo Europeo, me han concedido el honor de abrir su congreso anual y así he podido exponer los peligros que en mi opinión el nuevo orden mundial trae para la democracia social y política, inseparables para nosotros.
Dichas aquí, en Trento, donde la vida parece detenida y estable, dotada de todas las dulzuras propias de la vida urbana, que no sin razón Aristóteles elevó a condición de la vida buena, mis prognosis parecerán exageradas. Resto de una larga época, la cultura europea de la ciudad se impone como el hogar del civismo, la paz y el cuidado igualitario. Parece mentira que esta realidad pueda ser desmantelada por decisiones tomadas en Mar-a-Lago, Moscú o Pekín. Pero la capacidad de arrastrar al caos de estos grandes poderes es superior a la capacidad de resistencia de este mundo idílico.
Esta escala urbana es la propia del ser humano que hemos conocido hasta ahora como deseable. Pero la acumulación de capital necesita otra escala y ante todo necesita acumular gentes. Las consecuencias se ven por todos sitios. Primera la pérdida de atención. Luego la desconsideración. Después el desprecio. Finalmente la instrumentalización, con todas las actitudes que preparan la explotación masiva. La ciudad que acumula más gentes es también la que acumula más capital y más desprecio y más explotación.
Pongamos que hablo de Madrid. Suponíamos lo que se mueve por debajo de esos flujos intensos de personas y capitales, pero ahora lo hemos escuchado en una grabación al directivo del hospital concertado de Torrejón, que muestra de modo imponente la miseria moral que sostiene un proceso de acumulación de capital en el negocio sanitario. Se trata sencillamente de calcular con la salud de la ciudadanía, su vida y su muerte. Lo vimos antes con los cribados de cáncer de mama en Andalucía.
Pero más importante todavía es que la raíz del beneficio consiste en engañar, mediante el procedimiento de aumentar artificialmente las listas de espera, a la propia comunidad de Madrid y así reclamar mayores recursos públicos, mientras el hospital se ahorra dinero reutilizando instrumental de uso único, lo que también puede poner en peligro la salud de la gente. Si la medicina implica un cuidado expreso de la vida, su corrupción demuestra un desprecio completo por lo humano. Estos tipos, en Madrid o en Andalucía, deben ser separados por completo de todo contacto con la población, pues su carácter moral está pervertido hasta la médula.
Tenemos demasiadas muestras de como estos individuos, tan pronto se instalan en un puesto directivo o de poder, abandonan todo sentido de ciudadanía para elevarse a una posición que solo tiene en cuenta la obtención de alguna ventaja arrancada al uso del cargo. Da lo mismo que sea de Índole libidinal, como el tal Paco Salazar, o de índole económica, o de todas las cosas a la vez, como Ábalos y Koldo. El caso es morder cualquier trozo de carne que se ponga a tiro. Debería ser un motivo serio de reflexión la atención a la índole moral pública de las personas elegidas en el reclutamiento político.
Pero lo más grave no es que esa gente dirigente se sumerja en un mundo paralelo que rompe amarras con el respeto y la atención a sus conciudadanos. Lo peor es que la ciudadanía ha roto su régimen de atención, denunciando con furia solo las faltas y manchas de uno de los partidos rivales. Este corrupción de la democracia es fatídica, porque traslada a la ciudadanía ese espíritu corporativo y partisano de defensa cerrada que las formaciones políticas dedican a los miembros del propio partido. Eso no podemos permitirlo.
Los partidos deben sentir un régimen de atención riguroso e imparcial, tan despiadado como merezca su incapacidad de atender exigencias colectivas. Ni un desprecio más. Lo que ha pasado con la dana debemos ampliarlo con el mismo espíritu. No podemos consentir que Alegría cene o coma con Salazar, como no podemos consentir que Rovira, el consejero de Educación, sea promovido a dirigir los intereses de cinco millones de personas tras afirmar que no le importa el medio millón de escolares a su cargo. Ese tipo de gestos deben llevar a la dimisión, por muy utópico que eso parezca en un país que ha apoyado corporativamente a un irresponsable y mentiroso compulsivo como Mazón.
No sabemos la forma en que se desarrollará la democracia política y social que disfrutamos. Pero sabemos que si no ponemos estas bases, la forma partisana de hacer política nos arrastrará a sitios que desconocemos y que no podemos asegurar que sean aquellos a los que queremos ir. Pues sea cual sea el camino que tome la democracia -y este fue el sentido de la discusión en Trento- no será bueno si no se basa en la formación de una ciudadanía fuerte, vinculada a un sentido colectivo de buen uso de recursos públicos, instalada en aquella mentalidad rigurosa que no se deja dominar por un espíritu partisano cegador, que no confunde jamás los ideales con la realidad demasiado mundana del partido. Eso es lo que necesitamos. Y los partidos deben interiorizar la idea de que deben ayudar a formarla.
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