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Opinión | Ágora

La enfermedad del eco

La enfermedad del eco

La enfermedad del eco / L-EMV

El término ‘ecopatía’ puede parecer un neologismo acuñado para estigmatizar a delincuentes medioambientales, o para lo contrario, para denigrar al medio ambientalismo convertido en obsesión. Sin embargo, en entornos ecologistas suele significar lo contrario: la capacidad de empatizar con entornos naturales y sentirse vinculado con la suerte de individuos, especies y ecosistemas.

En el léxico psiquiátrico se trata del término –prácticamente sinónimo de ecopraxia– que designa un reflejo asociado a algunos trastornos obsesivos compulsivos consistente en una imitación involuntaria. Al parecer, puede darse en enfermos en estado catatónico que reproducen involuntariamente los gestos, posturas, movimientos y expresiones de un interlocutor.

En la mitología griega Eco era una ninfa cuya bella voz le fue arrebatada y se le impuso el castigo de repetir la última palabra que escuchara sin poder decir nada más. Eco se enamoró de Narciso que la rechazó desdeñosamente, incapaz de dejar de amarse a sí mismo. Y como en Narciso todo era autorreferencial, cuando éste decía yo, y en el fondo lo decía siempre al respecto de cualquier cosa, Eco respondía lo mismo creyendo fugazmente que hablaba por sí misma cuando solo hablaba por voz ajena.

Pues bien, podemos imaginar un sentido sociopolítico del término ecopatía o enfermedad del eco para designar la reiteración masiva de eslóganes y argumentarios que llevan a cabo cargos públicos y políticos. Enfermedad de la que por desgracia no se salvan periodistas y «analistas» afines, y, lo que es más descorazonador, ciudadanos corrientes. Al repetir sin pudor los argumentarios, todos ellos creen hablar por sí mismos y en defensa de sus propios intereses o querencias, cuando en realidad solo repiten lo que dice el líder persiguiendo su pasión egocéntrica.

Entre la ecopatía de los seguidores y el narcisismo del líder hay una mutua relación de causa y efecto: a fuerza de que los seguidores repitan su voz, el líder se vuelve narcisista, si es que no lo era; y si ya lo era, entonces no quedará satisfecho hasta que su voz sea la única que todos los demás repiten ya sea en el gobierno, en el partido o en los medios afines. Fue Pericles el que dijo que una ciudad que sea de uno solo no es una ciudad, y otro tanto podría decirse de un partido. Sin embargo, a diferencia de los déspotas de tiempos de Pericles, los liderazgos contemporáneos requieren producir el efecto espejo en sus seguidores convertidos en eco mediante los medios de comunicación y la redes.

Como todo narcisista, esta clase de hiperlíderes no puede sobrevivir sin tensionar los desencuentros entre partidarios y opositores, pues de ese encono surge no solo el reconocimiento colectivo en su figura sino, sobre todo, la impresión de que es insustituible. Esos liderazgos únicos de multitudes de repetidores de proclamas y la demonización de los no adeptos, son claves para la aparición de discursos sectarios y autorreferenciales capaces de negar lo evidente y discutirlo por elemental que sea. Cuanto más abominable sea el enemigo y más prietas estén las filas propias, más incuestionable se hace el líder y más rocosas las posiciones. Todo ello con la inevitable consecuencia del colapso de la discusión pública y el deterioro de la convivencia.

Es sabido, además, que los centros de poder han compuesto en torno a sus líderes nutridas factorías de asesores que generan masivamente ocurrencias para disputar diariamente la posición en la opinión pública. De ahí surgen los estribillos que los políticos reiteran sin fin ni recato durante cada jornada. Se trata de un ruido mediático que compone un eco compulsivo y colectivo que se extiende hasta extinguirse sin sobrevivir apenas una jornada. Pero lo esclarecedor del asunto es que el líder mismo solo habla como el eco: repitiendo una voz de factoría que no es suya y que en realidad no es de nadie en sentido propio.

Así que no hay una primera voz ni nada parecido a un decir original o intensamente personal. Todo lo contrario. La continua actualización de resultados demoscópicos y el zumbido constante de las colmenas de asesores convierten al político en una figura vacía habitada por sus solas ambiciones. Ambiciones que, no obstante, se expresan mediante los intereses de aquellos de cuyos apoyos depende su propia posición: Narciso seduciendo a Eco para que su voz sea la única.

Así pues, tanto el líder narcisista como los seguidores ecópatas son copias idénticas de un original que nunca existió, o, más exactamente, son copias unos de otros. Así es como Frederick Jameson definió el simulacro: la copia que se engendra a sí misma. Y esa parece ser la naturaleza de la política en nuestras sociedades, un simulacro de la representación y el debate público protagonizado por líderes y partidos que se simultanean haciéndose el eco unos a otros porque ambos persiguen narcisismos ególatras. Todo ello contra el adversario convertido en enemigo inadmisible, claro.

Esa mecánica social entre narcisismos y ecopatías compone lo que Guy Debord llamó un espectáculo, es decir, el movimiento autónomo de lo no vivo. Esa es la impresión que producen las diarias cataratas de declaraciones de los políticos todas ellas prefabricadas y debidamente asesoradas para resultar insípidas, elusivas o lacerantes para los adversarios. Semejante despersonalización de la política que se intuye en la estandarización de sus protagonistas, no solo produce desafección y tedio, sino que compone un espectáculo deprimente de enconos y crispaciones deliberadas.

Alguno de los síntomas más graves de la ecopatía son la renuencia a admitir ningún mérito ajeno, así como la incapacidad para sentir compasión o deberes de solidaridad con víctimas de posiciones ideológicas distintas a las propias. De ahí que, por ejemplo, los conflictos internacionales se conviertan en escenarios lúdico competitivos entre posiciones rivales para escenificar la propia superioridad moral según las víctimas lo sean a manos de un bando u otro. Pero tal vez el más corrosivo de todos los efectos de este narcisismo ecopático sea la depreciación de la verdad y la impunidad del mentiroso. Mientras que la verdad es la misma se diga muchas o pocas veces, la mentira en cambio tiene como razón de ser que se la repita y necesita del eco para sobrevivir y tener éxito.

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