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Opinión

València

Los achaques de la abuela

Imagen de archivo de la Constitución de 1978.

Imagen de archivo de la Constitución de 1978.

Achaques los tenemos todos, pero cada generación los encara a su manera. La de los jóvenes suele darles muy poca importancia sabiendo, como saben, que tienen fuerzas y energía de sobras para superarlos. La de los adultos solo se preocupa por los dolores que parecen anunciar una enfermedad grave, los otros se despachan con cremas y pastillas autorrecetadas. Finalmente, la de los abuelos se pasa el día quejándose de sus muchos achaques, aunque saben que en realidad no tienen arreglo y que lo mejor es tomarse el ocaso de la vida con resignación. Tópicos, me dirán. Claro, solo que los tópicos suelen responder a un fondo cultural específico de cada grupo humano. Nuestra cultura occidental se sustenta en las fuentes de la tradición greco-latina a la que pertenece muy señaladamente el tratado “De senectute” (Sobre la vejez) escrito por Cicerón, que ya era sesentón, el año 44 antes de nuestra era. A este texto admirable pertenece la siguiente cita: “Tiene la vejez, especialmente la gratificada con honores, una autoridad tan grande que vale más ella que todos los placeres de la juventud. Pero en todo mi discurso recordad que yo alabo la vejez que se eleva sobre los fundamentos de la juventud; de donde se sigue lo que yo en otro tiempo he dicho con el mayor asentimieto de todos, que miserable es la vejez que se ha de defender por el discurso; ni las canas ni las arrugas pueden de repente ganar la autoridad, sino que la vida anterior llevada honestamente recoge el fruto final de la autoridad”.

¡Si Cicerón levantara la cabeza! Acabamos de conmemorar el día que se aprobó la Constitución de 1978, y tras la generación de sus padres, convertidos en abuelos, ya se cuentan otras dos. Como viene ocurriendo en los últimos años, ha sido una celebración rutinaria, en la que sus amigos, que un día lograron reunir a cientos de miles de personas en las calles de las principales ciudades de España para protestar por el intento de golpe de estado de Tejero, ahora disimulan y miran para otro lado, mientras que sus enemigos se crecen ufanamente creyendo que el texto constitucional está a punto de expirar. Achaques no le faltan: la España de las autonomías, que dicho texto inauguraba, hace agua por varios sitios; la justicia social es cada vez menos justa en un país donde la gente joven tiene que vivir a salto de mata; la igualdad entre los sexos es cada vez más folklórica que real. Pero, así y todo, conviene recordar que dicha Constitución reemplazó a los Principios Fundamentales del Movimiento, un texto fascista en el que parecen inspirarse los programas electorales de varias formaciones políticas del momento presente. El otro día leía unas declaraciones de Miquel Roca, uno de los padres de la Constitución vigente, quien, ante la posible convocatoria de elecciones generales, afirmaba que “no basta el “con quién” gobernar ni el “qué” hacer, sino que además es necesario el “cómo” hacerlo”. Y continuaba postulando la necesidad de encontrar “un clima de entendimiento, la búsqueda permanente a favor de la convivencia”. Ya, ya, ya sé que esto lo dicen todos los nietos de la abuela constitucional, pero me temo que lo dicen con la boca pequeña y que lo único que les importa es ganar al precio que sea. En este escenario de canallas aún destaca más la figura de Roca Junyent, el impulsor de la famosa operación reformista (1986), con la que se pretendía proyectar desde Cataluña un partido europeísta y de centro capaz de afrontar las contradicciones de las que está hecho el estado español. Como es sabido fue un fracaso y, parte de los males presentes, son la consecuencia del mismo.

Ninguna constitución es eterna, pero algunas, como la de los EE. UU., llevan tres siglos, mal que le pese a Donald Trump. Es evidente que la española de 1978 necesita una reforma. Pero los achaques de la abuela y su evidente caducidad no significan que las pretensiones de sus hijos y de sus nietos contribuyan a lograr una versión mejorada. El constitucionalismo es una cultura como cualquier otra y la calidad democrática de la vida pública empeora en España por momentos. La catástrofe del III Reich se saldó en Alemania con un renacer ideológico llamado “patriotismo constitucional” (Verfassungspatriotismus), ideado en 1947 por Dolf Sternberger y difundido desde 1980 por Jürgen Habermas. Se trata de que los valores patrióticos no se cimenten en argumentos étnicos o lingüísticos, sino en ideas convivenciales que favorecen la adhesión a principios democráticos. Algo de esto nos está haciendo mucha falta por estos pagos. Por desgracia, lo único que abunda son energúmenos de uno y otro signo que solo tienen en común su afán por rebañar el presupuesto en beneficio propio, según pone de manifiesto la corrupción en la que se hunden casi todos los partidos. Para eso, más vale apuntalar a la abuela mientras sus hijos y sus nietos no recuperen el sentido común.

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