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Opinión

València

El nuevo mapa de la Liga

Arriba están los gigantes históricos, entre los que se ha metido el Villarreal, volando con otra gasolina y jugando en una competición que parece privada; abajo, una clase media cada vez más pobre, más rota, más resignada. Y en tierra de nadie, Valencia, Sevilla y algunos más, que ya no son grandes pero tampoco quieren o pueden asumirlo

Copete y Hugo Duro celebran el gol del empate del Valencia CF ante el Sevilla CF.

Copete y Hugo Duro celebran el gol del empate del Valencia CF ante el Sevilla CF. / Eduardo Ripoll / Eduardo Ripoll

Durante casi toda la vida, un Atlético de Madrid–Valencia como el que viene (sábado, 14 horas) era algo más que un partido. Era un examen y, la mayoría de las veces, un espectáculo de 'poder a poder', que dice el tópico de los cronistas del fútbol regional. Una prueba de nivel real, sin matices. Igual que lo era un Valencia–Sevilla, un duelo que históricamente estaba marcado en el calendario y, una vez jugado, te señalaba dónde estabas. Si estabas para pelear por Europa o si te tocaba apretar los dientes para no descolgarte.

Lo que vimos el domingo, sin embargo, fue otra cosa: Un esperpento.

Y no porque fue un mal partido, que también, sino porque fue el retrato cruel de dos clubes que ya no miran hacia arriba, sino hacia dentro, atrapados en un ciclo de dudas que no tiene fin.

Con esa sensación salimos todos de Mestalla el domingo: con la de que un Valencia–Sevilla se ha convertido hoy en una prueba de supervivencia. Hace tiempo que la Liga perdió sabor, que se descafeinó, que dejó de tener puntos medios. Por eso, también, la visita del sábado al Metropolitano se siente casi como un trámite: un viaje a ninguna parte, porque mientras valencianistas y sevillistas se han quedado descolgados, el Atlético viaja en el vagón del Madrid y del Barça desde hace tiempo.

El 'Puta Sevilla' como síntoma

Ante el Sevilla nos quedó muy claro cómo está cambiando el mapa del fútbol español. El Valencia juega con la dignidad que permite una plantilla hecha a mano, joven, voluntariosa y dirigida por un entrenador que exprime hasta la última gota emocional. Pero no alcanza. No puede alcanzar. Este club lleva años apagando incendios con cubos de agua.

Ramazzani es objeto de falta en una acción del Valencia CF-Sevilla CF.

Ramazzani es objeto de falta en una acción del Valencia CF-Sevilla CF. / Eduardo Ripoll / Eduardo Ripoll

El Sevilla, por su parte, es la sombra envejecida del monstruo competitivo que fue hace unos años en Europa. Vive secuestrado por su propia leyenda. Monchi ya no está. La calidad de la plantilla es mediocre, y la ilusión se fugó hace tiempo por alguna grieta del Sánchez-Pizjuán, donde la gente va al estadio como si fuese de plegaria. Exactamente igual que en Mestalla.

Ese grito acomplejado de 'puta Sevilla, puta Sevilla' que escupieron los chavales el domingo desde la Curva Nord no es más que un grito contra nosotros mismos. Un duelo que antes decidía plazas europeas solo sirve ahora para confirmar decadencias paralelas.

En tierra de nadie

Y luego está el contexto, que escuece más que el propio partido de Mestalla. Mientras Valencia y Sevilla huyen de sus sombras, la Liga se rompe en dos trozos muy definidos:

Arriba, los gigantes históricos, volando con otra gasolina y jugando en una competición que parece privada; abajo, una clase media cada vez más pobre, más rota, más resignada. Y en tierra de nadie, Valencia, Sevilla y algunos más, que ya no son grandes pero tampoco quieren o pueden asumirlo.

La distancia con Madrid, Barça y Atlético no crece, se dispara. Mientros ellos levantan estadios nuevos (sin millonarios préstamos de Godman Sachs de por medio), estructuras fuertes y fichajes de otro nivel, aquí se disparan deudas y se sueltan discursos que intentan tapar la realidad. El problema no es la deuda. Es la cobardía de no afrontarla con la mínima honestidad.

La ventaja emocional del Villarreal

Y después está el Villarreal, el contraste más incómodo para Valencia y Sevilla. El espejo que nadie quiere mirar. Un club con menos historia, menos masa social, menos ruido y un estadio amorfo… que, sin embargo, ha construido justo lo que ellos llevan una década buscando sin encontrar: estabilidad, coherencia y ambición real.

Tiene dinero —más del que debería tener por tamaño—, un proyecto serio y, sobre todo, una ventaja emocional que lo explica todo: cero presión mediática, cero incendios, cero histeria.

Y mientras Valencia y Sevilla respiran desde la agitación, consumiéndose en urgencias que no solucionan casi nada, el Villarreal avanza a paso firme, sin pedir permiso, sin complejos y apuntando hacia cotas que hace años parecían reservadas para los muy grandes. Si escuchas a un aficionado del Valencia CF gritarle a uno del Villarreal "esconde esa bandera, paleto" en Mestalla, ya sabes que solo es envidia.

Quizá lo que más duela es que cueste admitirlo. Quizá lo más duro sea aceptar que un duelo Valencia–Sevilla ya no duele porque ya no queda nada que romper. La herida está hecha.Y el mapa del fútbol español ha cambiado sin que a los aficionados nos pidan permiso.

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