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Opinión

Ya no se dimite como antes

Mazón presentando su dimisión.

Mazón presentando su dimisión. / Francisco Calabuig

Recuerdo o creo recordar que mi abuela estaba en la cocina preparando la cena. Que mi abuelo estaba sentado en su silla, en la mesa del pequeño salón, pendiente de la televisión y fumando otro Ducados. Recuerdo o creo recordar que yo tenía nueve años recién cumplidos, que era invierno, que llevaba puesto ya el pijama, que jugaba con un Geyperman junto a Pepica, la hermana de mi abuela, sentados ambos en el sofá granate que quedaba próximo a la galería. Recuerdo o creo recordar que se interrumpió la programación para emitir un discurso televisado de Adolfo Suárez, el entonces presidente del Gobierno.

En cuanto salió la triste imagen de aquel señor de rostro afilado, peinado como los galanes de cine de barrio y voz de campeón de dominó en los bares castellanos, mi abuelo llamó a mi abuela:

—¡Mercedes, corre, ven!

— ¿Qué pasa? —preguntó mi abuela al tiempo que se asomaba apresurada al salón, quedando en el umbral de la cocina para no desatender el fuego.

El aceite seguía friendo las patatas mientras ella se secaba las manos en el delantal y miraba circunspecta a la Telefunken y a mi abuelo. Ambos guardaban un silencio que pesaba. Uno de esos que cualquier niño comprende como grave. Dejé el Geyperman apoyado junto al cojín del sofá pegado a mi tía abuela y me senté en otra de las sillas junto a mi abuelo. Él me sonrió como hacen los mayores cuando cualquier niño quiere integrarse en asuntos de adultos como uno más. Regresó su mirada condescendiente a la televisión. Seguidamente a mi abuela. Continuaron escuchando aquel discurso de despedida. Yo miraba a cada uno de ellos. A mis abuelos. A mi tía abuela. Y al señor de la tele que vestía de forma elegante y casi de luto.

Aquel hombre que había conseguido los pactos de la Moncloa que posibilitarían la nueva Constitución, que había cumplido la misión de conseguir que nuestro país pasara de forma pacífica de la Dictadura a una nueva democracia —tarea nada fácil en aquellos años que le tocaron—, aquel hombre de mandíbula férrea y afilada y sonrisa seductora de playboy de Ávila estaba a punto de llorar, recuerdo o creo recordar: “No es una decisión fácil. Pero hay encrucijadas tanto en nuestra propia vida personal como en la historia de los pueblos en las que uno debe preguntarse, serena y objetivamente, si presta un mejor servicio a la colectividad permaneciendo en su puesto o renunciando a él”.

— Pobrecico —dijo mi abuela.

La hermana de mi abuela permanecía en silencio, ajena a cosas que no llegaba a entender del todo. Miraba con sus ojos inocentes y claros a su hermana, mi abuela. Permanecía impertérrita, sentada en su misma esquina del sofá, la que daba a la galería, con sus manos reposando juntas sobre su vientre cubierto por una manta de lana. “Me voy —continuaba diciendo el señor moreno y bien peinado— porque las palabras ya no parecen ser suficientes, y es preciso demostrar con hechos lo que somos y lo que queremos”. Eso mismo dijo, recuerdo o creo recordar, al tiempo que el humo del cigarrillo de mi abuelo nublaba la imagen de aquel hombre recogido en la Telefunken.

Cuando concluyó su discurso de despedida mirándonos a todos los españoles con aquella mirada líquida y sentida, mi abuela regreso a controlar las patatas en la sartén y yo a seguir jugando con mi Geyperman de fuerzas especiales junto a Pepica. Desde el sofá contemplé a mi abuelo. Había quedado pensativo, concluyendo su cigarrillo, perdiendo la mirada en las figuras ascendentes del humo y en forma de espiral, que se disipaban como el mandato de Suárez y su propio tiempo transitorio. Ese que sigue oliéndome hoy a tortilla de patatas de mi abuela, a la colonia familiar de Pepica y a tabaco negro de mi abuelo.

Han pasado muchos tiempos después. Los tiempos de Felipe González, los de José María Aznar, los de Zapatero y Rajoy. Y en los tiempos de Pedro Sánchez que vivimos, un presidente de la Comunidad Valenciana ha dicho que no aguantaba más. Que se apartaba de su cargo. Ha dimitido sin pronunciar esa palabra. Ha dicho que se iba sin irse del todo. Me ha dado que pensar esta forma de dimitir de estos tiempos. He recordado o creído recordar que hubo un tiempo en el que dimitían presidentes luchando por no derramar lágrimas, con la dignidad, hidalguía y nobleza de los caballeros. Mientras hoy dimiten los presidentes con la mirada vacía y el tono de voz displicente, torpe y mediocre de los cobardes que reparten culpas sin admitir la suya propia: “Nadie puede pensar que la gestión de una emergencia dirigida por mandos operativos con treinta años de experiencia puede depender de si yo realizaba llamadas desde un restaurante, el Palau o la India”. Eso ha dicho, o mejor leído.

Tomemos buena nota de esta nueva dimisión o esperpento que nos ha tocado vivir a los valencianos. Una dimisión que no huele a tortilla de patas ni a tabaco negro ni a colonia familiar, sino a algo podrido. Y como diría Jean Paul Sartre, no perdamos nuestro tiempo; quizá los hubo más bellos, pero este es el nuestro. Un tiempo en el que, definitivamente, ya no se dimite como antes, cuando la dignidad no consistía en tener honores, sino en merecerlos.

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