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Opinión

Presidenta de la Federación de Caza de la Comunitat Valenciana

La lección que deja la sobreabundancia del jabalí

Se elevan a trece los jabalíes infectados por peste porcina africana

Se elevan a trece los jabalíes infectados por peste porcina africana

Hay silencios que el campo no perdona. Silencios que se clavan. Silencios que se acumulan durante años mientras la realidad avanza, avisa y vuelve a avisar sin que nadie quiera escucharla. El territorio siempre habla, siempre. Lo hace en forma de huellas, de cultivos destrozados, de ecosistemas que se rompen, de animales que se multiplican más allá de lo que puede soportar el equilibrio natural. Pero cuando quienes deben atenderlo siguen mirando hacia otro lado, cuando la política ignora esa voz profunda y antigua, el territorio actúa por su cuenta. Y hoy estamos viviendo, sin rodeos, las consecuencias de ese silencio institucional.

La sobreabundancia del jabalí no ha sido una sorpresa para quien conoce el campo. No fue un fenómeno inesperado ni un accidente ecológico. Fue el desenlace de una cadena de decisiones que, con el tiempo, solo podían llevarnos a una situación como la actual. Lo hemos visto los cazadores, pero también los agricultores, los ganaderos, los ayuntamientos y quienes viven cada día la realidad del territorio. Cultivos arrasados, accidentes de tráfico en aumento, daños ambientales y, ahora, la amenaza real de la Peste Porcina Africana, un riesgo que llevamos años advirtiendo y que hoy ya nadie puede negar.

Los datos no permiten discusión. En solo un año, los cazadores hemos abatido casi 10.000 jabalíes más que el anterior: un 16 % de incremento. En quince años, hemos pasado de 15.000 a más de 56.000 ejemplares. No existe otro sector que haya multiplicado por cuatro su eficacia en la gestión de un problema público. Y aun así, todavía hay quien cuestiona nuestra utilidad, nuestro compromiso e incluso nuestra legitimidad.

¿La respuesta a por qué no es suficiente? Es sencilla, aunque no guste escucharla: porque llegamos tarde, porque durante demasiado tiempo no se nos permitió hacer nuestro trabajo con las herramientas adecuadas. Porque se acumuló una lista incomprensible de decisiones que solo podían conducir al escenario que hoy enfrentamos: boicots a batidas que quedaban impunes, prohibición del cebado —una herramienta clave para las esperas—, obligación de pagar por cada jabalí cazado, ausencia total de ayudas para el control de fauna, imposibilidad de entregar la carne a un tercero por falta de un marco legal adecuado y periodos de caza que no respondían a la realidad del campo.

Todo eso ocurrió. Y todo tuvo consecuencias.

Y sin embargo, conviene reconocer un hecho importante: solo en los dos últimos años han empezado a desbloquearse cuestiones que llevaban décadas enquistadas. Por primera vez, las instituciones han comenzado a escuchar lo que el campo llevaba tiempo diciendo. Han llegado sanciones a los boicots, decretos más realistas, ampliación de periodos de ganchos y batidas, autorización para entregar la carne de caza a terceros y, ahora, el anuncio del pago de 40 euros por jabalí cazado y recogido.

No se trata de un premio. No es un incentivo. Es el reconocimiento institucional a un servicio público que los cazadores hemos prestado toda la vida, casi siempre a coste total de nuestros bolsillos.

Porque mientras el problema crecía, mientras el jabalí se expandía y los daños se multiplicaban, otros ámbitos relacionados con la conservación recibían apoyos constantes, subvenciones, proyectos y financiación estable. No se trata de restar valor a ese trabajo, pero sí de preguntarse algo evidente:

¿cómo es posible que quienes actúan sobre el papel reciban ayuda, mientras quienes actúan sobre el terreno reciben obstáculos?

La realidad es dura, pero simple: cuando el territorio habla, hay que escucharlo. Y cuando no se escucha, el territorio se encarga de demostrar por sí mismo lo que algunos no quisieron ver.

En 2023 esa voz ya no cupo en el campo. Ocupó las calles. 50.000 cazadores llenaron Valencia hasta desbordarla, en la mayor manifestación rural de la historia de la Comunitat. No fue un gesto simbólico ni una protesta más. Fue el grito colectivo de un sector cansado de ser despreciado, de ser caricaturizado y de que se tomen decisiones sobre su futuro desde despachos donde nunca se ha pisado un bancal ni se ha visto de cerca lo que supone contener una especie que se expande sin control.

El mundo rural está cansado. Cansado de ser tratado como un decorado bonito para campañas. Cansado de que se impongan discursos desde lejos, sin conocer el campo, sin entenderlo y sin sufrir sus consecuencias.

Y sí, eso también explica la situación del jabalí: años de desprecio, de desconfianza y de marginación hacia quienes sí podían, sí querían y sí estaban haciendo algo.

Hoy, por primera vez en mucho tiempo, vemos una oportunidad real para corregir ese rumbo. No pedimos privilegios. Pedimos ser escuchados. Pedimos que la gestión de fauna se haga con seriedad, con ciencia, con planificación y con respeto. Pedimos que no tengamos que esperar a que un problema sea irreversible para que se reconozca nuestra labor.

Porque una cosa está clara: advertir no basta. Pero actuar a tiempo sí.

Y aunque llegamos tarde, aún estamos a tiempo. Si esta vez caminamos juntos —administraciones, cazadores y sociedad— podremos devolver al territorio el equilibrio que durante años le negamos.

El campo ha hablado. Ahora toca demostrar que esta vez, por fin, sí lo escucharemos.

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