Opinión | En el barro
Huellas de una comunidad que se descompone
Una línea de puntos une todas las casillas de la actualidad: la sociedad del bienestar que se desintegra. La realidad se transforma en la calle en 'riders' y trabajadores precarios que duermen en habitaciones y pisos compartidos y desplazan sus días en un patinete eléctrico

Rebeca Torró, en su comparecencia ayer para responder por las denuncias de casos de acoso sexual en el PSOE. / Javier Lizon
¿Qué calles nos están quedando? Lo más doloroso de la muerte esta semana de la mujer de Catarroja es que no ha sido una sorpresa para los vecinos. Algunos han contado que el presunto asesino, un maltratador reincidente, la sometía a palizas “día sí, día también”. El mismo día final la vieron pedir auxilio en el balcón. Semanas antes, otros habían visto cómo en plena calle le daba bofetadas y la tiraba al suelo. Pero nadie denunció. Miraron a otro sitio porque a los parias es mejor no mirarlos de cerca: la mala ventura se contagia. ¿Quién no ha topado con escenas de violencia de baja intensidad alguna vez? ¿Quién no ha pensado ojalá desaparezcan esos vecinos de vida golpeada, víctimas seguro de adicciones que se gritan y a veces se zurran? Tampoco el sistema (bonita palabra) controló de cerca a quien tenía antecedentes. Simplemente todos los habían dado de baja de la comunidad, una excrecencia que mejor no observar. Intento no juzgar, solo entender y asumir la parte correspondiente, porque esas escenas y esos tipos están cerca de todos.

Los agentes trasladan al asesino machista tras ser detenido en su casa en Catarroja. / Levante-EMV
Es la misma sociedad que estos días nota los efectos de unos servicios públicos debilitados, sometidos a constante tensión. Los médicos van a la huelga. Justa y comprensible. El argumento es un estatuto propio. El trasfondo son unas mejores condiciones de vida, laboral y extralaboral. “Metges explotats, pacients maltractats”, cuenta una pancarta. Pero la consecuencia del paro la sufre el modelo. Una mujer acude a Urgencias del Hospital Arnau de Vilanova por síntomas de una dolencia digestiva, pasa más de cuatro horas, le realizan las pruebas básicas, pero no llega a ser observada por un especialista digestivo por efectos de la huelga. La llamarán. El sistema cruje.
Es la sociedad de una huelga educativa más, con seguimiento irregular, como casi siempre. Las demandas, las habituales: mejores retribuciones, más plantilla, aulas en mejor estado y menos pobladas.
Es la sociedad que ve cómo el discurso feminista de los socialistas se desmorona entre denuncias de acoso de los machos alfa poderosos. La sociedad que contempla una corrupción política que, a pesar de las experiencias, se extiende a derecha e izquierda. En la tierra quemada quedan las alimañas.
Es la calle estos días. En la alta política, la gran potencia del siglo XX amenaza el estilo de vida europeo. El último evangelio de Donald Trump avisa al viejo continente de una “aniquilación civilizacional”. Demasiados impuestos, manga ancha con la inmigración, fanatismo climático y censura (de las barbaridades terraplanistas), entre otras taras. Es la biblia ultra en versión power-point.
Una línea de puntos une todas estas casillas de la actualidad: resulta un siglo XX que se desintegra. La sociedad del bienestar empezó a joderse en el último cuarto del siglo pasado, cuando el capitalismo ultraliberal se hizo fuerte sin contrapesos y no quedó rincón de actividad humana que no sea nicho de negocio.
La evolución de la universidad en España es paradigmática. En los años 50 y 60 seguía siendo un espacio público mayoritariamente para hijos de clases altas y media-altas. La gran transformación se da en los años 70, 80 y 90, cuando se convierte no solo en el famoso ascensor social de alumnos de procedencia humilde, sino en un espacio de convivencia entre clases, porque el modelo universitario privado es aún minoritario. En el siglo XXI va imponiéndose, sin embargo, el régimen privado, al que acuden clases medias cada vez en mayor proporción, mientras la universidad pública languidece mal financiada (Madrid es la prueba más clara) y amenazada por una estructura que obliga en los tramos finales a másteres caros y excluyentes.
Los datos son evidentes. Entre 2015 y 2025, los matriculados en grados en universidades públicas han bajado, mientras se han duplicado en las privadas (de 178.000 a 351.000).
Todo ese fenómeno educativo y social sucede mientras la desigualdad crece. Uno de cada cinco valencianos subsiste bajo el umbral de la pobreza, con un crecimiento respecto al año anterior. El dato se transforma en la calle en la nueva realidad de riders y trabajadores precarios que duermen en habitaciones y pisos compartidos (o con los padres) y desplazan sus días en un patinete eléctrico entre el trabajo, la cama y los amigos.
Todas estas casillas unidas muestran los atributos de una sociedad más injusta, menos equilibrada, más erizada.
¿Tiene que ver ese paisaje con el auge de autoritarismos y con el desencanto? Si la educación y la sanidad públicas se tambalean. Si la ciencia se cuestiona. Si no hay más vellocino de oro que el negocio y la satisfacción personal, tenemos un cuerpo social que se consume entre luces de Navidad. El clavo ardiendo al que agarrarse es el de nuevos mesías todopoderosos. El diagnóstico está bastante constatado. La cuestión pendiente es si existe reversión posible. Si quedan ganas y fuerza. Ustedes dirán.
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