Opinión
Las leyes de lo tardío

Imagen de archivo. / ED
Jacob Taubes, el intelectual judío, en el libro dedicado a San Pablo, dice esto: “Quien ha pasado debidamente por Walter Benjamin sabe que lo tardío tiene sus propias leyes”. Quien era descendiente de varias generaciones de rabinos de Viena, hasta la llegada de Hitler al poder, y quien reconstruyó las relaciones entre Alemania y el mundo judío, quien confesó -literalmente hablando- al moribundo Carl Schmitt, podía permitirse hablar así. Nosotros, que no tenemos esa noble filiación, nos sentimos poco consolados con esa expresión. A nosotros nos gustaría conocer esas leyes. Para orientarnos en nuestro sufrimiento.
De forma provisional, echaremos mano de otro intelectual judío, seguidor de Freud y converso al catolicismo, Aurel Kolnai, quien escribió algunas cosas que María Zambrano leyó con atención. El artículo interesante aquí es del año 1929 y se titula “El Asco”. Me he acordado de él al intentar pensar esas leyes propias de lo tardío. ¿Y si efectivamente lo tardío estuviera regido por la ley básica del asco? ¿No explicaría este hecho tanto la impresión que tenemos de llegar a un final como el dolor insoportable que nos invade al contemplarlo?
El asco, decía Aurel Kolnai -quien influyó sobre Salvador Dalí con este artículo- no es sino la manifestación de un exceso proveniente de una vitalidad exacerbada, desordenada, caótica, que anuncia y se mueve hacia la muerte, la prepara, la anticipa. Kolnai lo entiende como la presencia de una corrupción acelerada y expansiva que permite ver la vida en el momento activo de la descomposición. Experiencia inmediata que nos dota de un exceso de evidencia sobre nuestra propia muerte, genera esa repulsión que nos torna incapaces de mantener la mirada en su objeto. ¿Podría ser esa la lógica que rige lo tardío?
Si no lo es, nos sirve para mediar la experiencia que nos produce nuestro presente. Si nuestro mundo institucional nos produce esta oscura sensación, entonces ¿cómo no querer huir de él, apartar la mirada, entregarlo a su propio destino de descomposición? Máriam Martínez Bascuñán ha escrito un libro poderoso y valiente sobre El final del mundo común y la posverdad. Pero me pregunto si el asco, que exige una concentración suprema de energía para canalizar la propia repulsión, no es el primer paso para desvincularnos del mundo común. Es una sensación tan radical e invasiva, que nos deja solos. Si el objeto del asco sigue ahí, impertérrito en su capacidad de exhibirse, produce otra cosa cercana: odio.
La ley de lo tardío es que no hay mundo común. Pero aquí conviene pensar qué fue antes. Pues quizá lo primero sea que los portadores del mundo común producen asco -ya desde demasiado tiempo- y, como siguen ahí, sin sentir nuestra queja, acaban produciendo odio. Podríamos definir la posverdad como el gobierno de los dominados por esos dos sentimientos que, según Kolnai, prestan sus alas para la huida del mundo. Laura K. Field ha titulado el libro decisivo sobre MAGA así: “Furious Minds”. Por supuesto, nada hay más fácil de manipular que una mente furiosa. Basta con que alguien diga: ¡allí, allí, la puerta está allí!, para que una estampida humana se dirija hacia ella, aunque el precipicio abra sus fauces.
Aldama, Ábalos, Cerdán, Koldo, Salazar, Izquierdo, Leire Díaz, Vicente Fernández, José Tomé, Gómez Amador, Díaz Ayuso, MAR, el ministro Montero, Cospedal, Doadrio, Peinado, Marchena y sus colegas, incluso Iglesias, que discute con Vito Quiles si es de izquierdas ir a un restaurante caro o entrar en la zona VIP del aeropuerto de México, creen que no dan asco. Pero la exhibición de su activismo, su dinamismo, su exposición permanente, su pertenencia a ministerios, empresas, partidos, tribunales, diputaciones, universidades, medios de comunicación, rompe el mundo común. En el hueco de esa fractura se instala la posverdad. Si el mundo común tuviera algo más que esa positividad de lo que está en curso de degradación y de muerte, ese olor putrefacto que rige la ley de lo tardío, la posverdad tendría menos oportunidades de imponerse.
Aquí, como siempre, lo que puede sustituir al mundo común que se corrompe desde dentro sólo puede ser producido por la técnica. Esa construcción no puede encaminarse sino a satisfacer las aspiraciones de dominio de sus dueños. Esa construcción tecnificada de un mundo común en el que habitan los dominados por el asco y el odio es la producción masiva de posverdad, la producción de una nueva verdad psicótica colectiva.
Esta es la consecuencia lógica de aquellos pensadores llamados de izquierda que -cuando eran ellos los dueños de la técnica- dijeron que todo era ideología y aparatos ideológicos. Alguien debió pensar que, si esto es así, por qué no imponer la nuestra, supremacista, nativista, regida por la ley del más fuerte, quizá una de las leyes de los tiempos tardíos. Si el ser humano es una tabula rasa, por qué no inscribir en ella la furia, el odio, la soberbia, la saña y la rabia como elementos centrales de la existencia. Sobre todo, cómo no hacerlo si los representantes del interés común dan asco y con su continua desvergüenza exhibicionista producen odio.
Esa construcción técnica solo tiene un objetivo: destruir todo lo que los desaprensivos, cínicos e irresponsables hombres públicos no han logrado destruir todavía de las instituciones más sabias que ha forjado la humanidad. Destruir sobre todo el apoyo popular con el que hacerlas funcionar, llevarlas a ese punto en el que la regeneración ya sea irreversible. Forjar eso que el documento de estrategia Trump llama “patriotas”, los que abrirán de par en par las puertas de Europa a los intereses americanos.
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