Opinión | Bolos
La Plaza
Antes de cualquier reforma, se debe decidir si el espacio todavía es adecuado para las mascletaes

La plaza del Ayuntamiento, en la actualidad. / Claudio Moreno
Aunque desconfíe de los males endémicos, la evidencia sobre la inviabilidad de una reforma que satisfaga a la mayoría en la plaza del Ayuntamiento resulta contundente. A su complejidad geométrica, fruto de un urbanismo poco racional, y al brutalismo de algunos inmuebles que rompen cualquier criterio estético común, se suma la pretensión de convertirla, por una suerte de transitividad simbólica, en el kilómetro cero del reino, cuando ese feudalismo tardío es claramente incompatible con la inteligencia artificial.
Pretender consolidar una intervención definitiva es una temeridad, como bien saben quienes han precedido a la alcaldesa Catalá, ya que parece difícil compatibilizar su condición de catedral mundial de la pirotecnia con la aspiración de ser un referente cívico del siglo XXI. Por ello, sin entrar en debates artísticos, la cuestión previa que ningún edil se atreve a plantear es si todavía conviene que el espacio sea desmontable en función de los petardos o si ha llegado el momento de buscar un emplazamiento alternativo, más adecuado y con mayores garantías de seguridad para las mascletaes.
Sin resolver este punto, cualquier discusión resulta irrelevante y se reduce a maceteros, flores o alineaciones arbóreas. Superado el obstáculo fallero, y en caso de hacerlo con éxito, podrían abordarse los demás asuntos, entre los que destacaría la necesidad, tan básica como habitual, de una ordenación urbanística que evite el batiburrillo cromático y preserve la coherencia visual del entorno, y por extensión de toda Ciutat Vella. A partir de ahí, quedaría asumir que determinadas esquinas requieren una mejora evidente.
Porque las plazas, más allá de su apariencia, adquieren valor por el reconocimiento ciudadano, ya sea histórico o contemporáneo. Para que eso ocurra en la principal del Cap i Casal todavía queda camino por recorrer, ya que sus equivalentes de la Reina o de la Virgen parten con ventaja.
Es conocido el gusto de Catalá por comparar València con Roma. Baste añadir que la ciudad eterna cuenta con espacios urbanos más complejos que el del Ayuntamiento —Navona, Popolo o España— sin que nadie cuestione su belleza ni su importancia. Menos maquillaje y más determinación.
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