Opinión | Bombeja Agustinet!
69 puntos en juego

Los futbolistas del Levante UD celebran un gol en Orriols. / EDUARDO RIPOLL
Cada partido somos 20.000 o más en Orriols. Y eso que no hemos ganado en casa desde el 1 de junio. Aquel día celebramos el ascenso con victoria ante el Eibar 1-0. 20.000 y seis meses sin un triunfo. Miro a mi alrededor en la grada, y pregunto a los camaradas con quienes me siento desde los 80 de dónde han salido las hordas de niños y jóvenes que nos rodean. Cantan orgullosos el himno. Lloran con las derrotas y gritan cada gol. Son un futuro que no podíamos ni soñar, el gran tesoro que debemos proteger, pero la sostenibilidad del club pasa por la permanencia, por volver a ganar, por recuperar la ilusión y la fe.
Mi pase de la 85-86 es el número 41 (“Señoras, jubilados y cadetes”). Imaginen cuántos íbamos a Orriols a ver a Martínez Puig, Óscar, Nando, Latorre, Pablo o López Ufarte. Aquel curso fue catastrófico: cuatro entrenadores a la calle, mitad de tabla y descenso a Tercera por reestructuración de la Segunda B. El curso anterior habíamos celebrado el 75 aniversario en Segunda B con otra triste mitad de tabla, pero al menos no descendimos. Imaginen cuántos éramos en aquellas gradas de cemento frío y sucio. Unos días 1.000, otros 3.000, los peores 500. Fue el infierno del que escapamos con el cambio de siglo. Algo que jamás debemos perder de vista.
Más allá del vodevil perpetrado tras la destitución de Calero, hay que conjurarse para ganar al Villarreal. Con quien sea en el banco. Con quien sea en el césped. Pero para ello todos debemos cambiar la actitud.
No puede ser que el árbitro perdone la segunda amarilla a Torró en el 48’ o que nos birle un penalti de libro, aunque sea en el 92’, y nadie haga ni amago de reclamar. Esta actitud solo se explica desde el pasotismo que provoca la desmotivación. Es un cáncer que puede hundir a un buen equipo, algo que sucede hace tiempo y debe cambiar ya.
Se puede comprender la terrible dinámica y la fragilidad emocional que nos ha instalado en el pesimismo y, casi, en la depresión. También pasa en la grada. Pero hay un escudo que defender con saña. Nada justifica no hacerlo. Hay que morir en el campo. La motivación, a menudo, marca la diferencia en los detalles que separan la victoria de la derrota. Intensidad, inteligencia, talento y picardía. 110%. Hay que hacerlo por los 20.000 que llenan el campo como nunca, por los niños y los jóvenes, por el futuro. Llevamos quince partidos. Quedan 23 por disputarse, 69 puntos. Quien quiera tirar la toalla, en la grada o en el césped, que pida marcharse en el mercado de invierno.
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