Opinión | Entre bambalinas
Y siempre, el aficionado el último
El juez de Competición se vuelve a burlar del aficionado y no confirma la suspensión hasta las 12.40 horas

José Manuel López
La Liga va por libre. Lo demuestra día a día. Los aficionados le dan absolutamente igual, son el último eslabón de la cadena. Solo piensa en el negocio. Con todas las actividades suspendidas por la alerta roja, los hinchas del Levante UD y Villarreal se pasaron la mañana pendiente del móvil para saber si el partido previsto para las 18.30 en el Ciutat de Valencia se jugaba o no, cuando la decisión quieran decirlo o no, ya estaba tomada el sábado poco antes las 21 horas. Hasta las 12:40 horas, y con el Villarreal ya de regreso a Villa-real tras pasar la noche en València, no llegó la confirmación. El juez de competición, el que tenía la última palabra, dictó sentencia. De chiste. Como siempre, los contratos, el calendarios y los derechos televisivos por encima de la seguridad, el sentido común y el respeto a quienes sostienen el fútbol desde la grada.
Dede el sábado por la tarde, la situación era clara: alerta roja activada, riesgo evidente para la movilidad y la seguridad ciudadana, y una carta formal de la alcaldesa dirigida a Javier Tebas solicitando la suspensión del partido. No se trataba de una suposición ni de una reacción exagerada, sino de una advertencia institucional basada en datos y responsabilidad pública. Aun así, LaLiga decidió mirar hacia otro lado.
¿Por qué no se suspendió el partido con más antelación? La respuesta es tan incómoda como evidente: porque suspender con tiempo afecta al negocio. A los horarios televisivos, a los patrocinadores, a la logística ya vendida. Y cuando toca elegir entre proteger al aficionado o proteger la cuenta de resultados, LaLiga ya ha dejado clara su preferencia.
Lo más grave es que no es la primera vez que ocurre. El 29 de septiembre, con el Valencia–Oviedo, ya se pagó esta misma política de improvisación y desprecio al seguidor. Entonces tampoco se actuó con previsión, obligando a miles de personas a no saber qué hacer y 'jugar' con la incertidumbre como única respuesta oficial. Lejos de aprender de aquel error, se ha repetido el mismo patrón.
El aficionado es quien compra entradas, quien se desplaza, quien organiza su tiempo y asume gastos. Pero también es quien menos cuenta cuando las decisiones se toman desde un despacho lejano a la realidad de la calle. Suspender un partido a última hora —o no suspenderlo pese a todas las alertas— no es solo una mala gestión: es una falta de respeto.
El fútbol no puede seguir escudándose en que “no hay margen” cuando sí lo hay para blindar intereses económicos. Si LaLiga quiere presumir de ser la mejor competición del mundo, debería empezar por comportarse como tal, poniendo la seguridad y el bienestar del aficionado por delante del negocio.
Porque sin aficionados, el fútbol no es industria. Es solo un espectáculo vacío.
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