Opinión
¡Cojonudo!
Las palabras pierden sentido con el paso del tiempo. O lo cambian

Mazón y Pérez Llorca en las Corts Valencianes / Levante-EMV
Las palabras pierden sentido con el paso del tiempo. O lo cambian. Una misma palabra, según quien la use, puede significar lo mismo o en algunas ocasiones todo lo contrario. Siempre me ha resultado difícil colocar en el sitio más exacto la palabra perdón. Sirve para un roto y un descosido. Cuando éramos críos y mandaba ese canalla que tanto gusta a las juventudes de derechas, el perdón nos lo concedía el cura en el confesionario y consistía en tirarte un rato arrodillado simplemente porque, aunque no lo explicitaras en el momento de la confesión, el acto impuro que habías cometido era haber imaginado a Rita Hayworth quitándose el guante en una película calificada como “gravemente peligrosa” por la jerarquía eclesiástica. O a Sarita Montiel cuando Alfredo Mayo le toca una teta en El último cuplé.
Ahora todo dios exige al otro que pida perdón, como si eso, pedir perdón, fuera sencillamente susurrar por lo bajini: «me arrepiento padre de haber tenido pensamientos impuros…». Desde los primeros duelos de la maldita dana supimos que Mazón no iba a pedir perdón ni nada que se le pareciera. No iba a pedir nada. Con haberle dicho a su colega, cómplice y jefe de gabinete, José Manuel Cuenca, que le dijera a Salomé Pradas que nadie molestara al jefe de la banda ya tenía suficiente. La verdad es que la palabra perdón, así a secas, me gusta poco. Me gusta de verdad cuando, como en este caso, la sentamos delante de la justicia. Por eso lo que digo es que Mazón, pida o no perdón a las familias de las víctimas, se siente de una puñetera vez en el banquillo de los acusados por haber dejado morir a 230 personas sin mover un dedo, como no fuera para manejar el cuchillo, el tenedor o vete a saber qué en el reservado del Ventorro. Lo he dicho desde el primer minuto de la barrancada: que sea conducido delante de la justicia, que pague su irresponsabilidad en ese día aciago para tanta gente, que se chupe la cárcel o lo que haga falta para se tome en serio lo que para él fue una diversión de campeonato: esa comida que, no sé si bajo la gula o los pensamientos impuros, lo mantuvo en una insultante clandestinidad casi cinco horas del martes 29 de octubre del año pasado. Se desgañitan Núñez Feijóo y su acorazada Brunete gritando que Pedro Sánchez acabará en la cárcel. Seguramente quien tiene todos los cupones para ese sorteo es Mazón. Tiempo al tiempo.
Ahora, con el permiso de Vox, tenemos nuevo presidente de la Generalitat y se llama Juan Francisco Pérez Llorca. Era su segundo en el partido. Lo primero que hizo fue decir que iba a gobernar de manera distinta, que hablaría con las familias de las víctimas de la dana y que les pediría perdón. Parece que el perdón es como el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura en el Quijote, o como el ungüento Cañizares, que hacía lo mismo cuando el tiempo infame de los pensamientos impuros. Pero a la vez que el heredero pronunciaba la palabra perdón, le subía el sueldo a Mazón por no hacer nada cuando la dana y por seguir sin hacer nada en su puesto de diputado en el Parlamento valenciano. ¡Qué cosas más raras se pueden hacer con la palabra perdón, ¿no?!
Lo que tiene que hacer el nuevo mandatario es no marear las palabras y poner la directa en la gestión de la tragedia. O sea: su tan cacareada reconstrucción ha de empezar por sacar a Mazón de su asiento de diputado, expulsarlo del partido y dejarlo cómo y donde tuvo que estar desde el primer momento: sin la coraza del aforamiento y ante la jueza de Catarroja, Nuria Ruiz Tobarra. Si no lo hace, que deje poner cara de angelito de Machín mientras sigue gobernando como lo hizo su infumable predecesor y protegiendo vergonzosamente sus desmanes. Escuchar o leer los mensajes cruzados entre Salomé Pradas y José Manuel Cuenca provocan una rabia y un dolor insoportables. No se puede imaginar, en mente humana, tanta crueldad en tiempo tan escaso como el que duraron esos mensajes de wasap. Cuando por la mañana, por boca de su consellera, ya sabe Mazón que la cosa pinta de las peores maneras posibles, sólo se le ocurre una palabra de respuesta: «¡Cojonudo!». De dónde habrá salido ese personaje, de qué cuento de terror habitado por lo monstruoso, qué esperan Pérez Llorca y su partido para ponerlo de patitas en el juzgado de Catarroja.
No lo harán. Al revés: lo seguirán protegiendo. Ya lo ha dicho el nuevo presidente. Esperan que el tiempo cure las heridas, como han hecho siempre porque saben que el cansancio también forma parte de la realidad en los tiempos difíciles. Confío en que no será así y que más pronto que tarde Mazón pagará por su comportamiento el día terrible de la riada. Mira que decir inflando pecho «¡Cojonudo!» mientras la gente se ahogaba en el barrizal de la dana… ¿Se puede ser más miserable? Y sin embargo ahí está, tan pancho. Sentado en la bancada de las Corts y a vivir del cuento, más o menos como ha hecho toda su vida. Eso sí, con un piso enorme en Alicante, coche, chófer y dos asesores por obra y gracia del estatuto de expresidentes. Y con un plus en el sueldo de diputado que debería avergonzar a quienes se lo han adjudicado en un gesto infumable de burla y de cinismo. Empezando por su sucesor y nuevo presidente de la Generalitat: ¿eh, Pérez Llorca? ¿Cojonudo, no? Ya te vale…
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