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Opinión

València

La tiranía de lo previsible

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / ED

Hace unos días, en una gran superficie madrileña, inundada de luces y villancicos, escuché a una madre decirle a su hijo: «No llores ahora, cariño, que vamos a comprar algo que te haga feliz». El niño, en cambio, seguía llorando, aferrado a su tristeza con una dignidad que parecía casi ancestral. Sentí, con una especie de culpa profesional, que ese gesto resumía mejor que cualquier tratado la transformación contemporánea de las emociones en mercancía de temporada. No es que el capitalismo contemporáneo dependa de los deseos; lo sorprendente es que ahora exige emociones enteras, listas para ser consumidas en un tiempo muy concreto.

Adam Smith, tan citado como poco leído, desconfiaba de las pasiones, porque podían entorpecer la economía, según sostenía. Hoy ocurre lo contrario: sin pasiones, no hay rentabilidad posible. Se ha consolidado así una industria afectiva que va desde el mindfulness hasta el suéter que promete «abrazos suaves». Lo emotivo ya no acompaña al consumo: se ha convertido en el consumo mismo.

Pero quizá lo más inquietante no sea la mercantilización de las emociones, sino la instauración silenciosa de un régimen emocional normativo: un orden que no solo dicta qué debemos sentir, sino también cómo, con quién y en qué tiempos. Un sistema que convierte los afectos en trámites y los vínculos en engranajes de una maquinaria social que exige claridad, eficiencia y previsión. Ya no basta con sentir: hay que gestionar los sentimientos, auditarlos, clasificarlos según su utilidad y determinar los momentos exactos en que pueden experimentarse. En este contexto, la cercanía se administra como si fuese un recurso escaso, y los vínculos se conciben como inversiones cuya rentabilidad emocional debe ser periódicamente evaluada.

En tiempos hipermodernos, programamos la amistad y cronometramos la alegría como si fueran tareas; las cenas con amigas, los cafés, los paseos improvisados, todo se dispone en el calendario digital, convertido en un tablero de widgets y notificaciones que cambian de color. Lo espontáneo se vuelve sospechoso, casi subversivo; un encuentro inesperado o un silencio compartido parecen desviaciones de un guion invisible que regula la circulación emocional. En ese escenario, los cuerpos acaban funcionando como intermediarios disciplinados: cada cena, cada viaje, cada conversación se evalúa según su rendimiento afectivo y su capacidad de cumplir con la expectativa social de felicidad previamente programada.

No se trata de huir de las emociones ni de desconfiar de ellas, sino de reconocer que no todo lo que sentimos puede plegarse al patrón uniforme que nos ofrece Google calendar. Tal vez sea necesario admitir que esta vida cuidadosamente pautada por nuestros Iphones, con sus emociones medidas y sus ritmos cronometrados, no conduce a la plenitud prometida, sino a un malestar sutil y constante. Una infelicidad que no brota del desorden, sino de la sobreabundancia de lo previsto: la imposibilidad de reservar un espacio para esas emociones que desacomodan la narrativa del bienestar que sostenemos. Es en esa tensión, entre lo que se espera de nosotros y lo que efectivamente sentimos, donde se revela la estrechez de un régimen afectivo que convierte la vida en un escenario regulado.

Frente a todo ello, conviene quizá recordar la extraña valentía del niño que lloraba en ese espectáculo navideño de Torrejón. Su negativa a ser feliz en ese mismo momento, y a golpe de tarjeta, tenía algo profundamente literario, como si hubiese leído a Marguerite Yourcenar y comprendiera que la complejidad de sus emociones no se podía reducir a un consuelo inmediato. Quizá ese sea, paradójicamente, el gesto más político posible en una época acelerada que lo mide todo según las coordenadas del orden afectivo: defender el lujo radical de sentir, en cualquier momento, aunque no resulte rentable.

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