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Opinión

València

Yo afán no tengo

Foto anónima.

Foto anónima. / ED

Camilo Cifuentes no tiene rostro. No conocido. No le mueve, por tanto, el reconocimiento, la adulación superflua, el protagonismo. Lo cede en sus videos a los trabajadores ambulantes de Bogotá, a los que trata con dulzura y a los que compra todo su género, multiplicando por mucho su precio. Cifuentes es para el pequeño comercio colombiano lo que Banksy para el arte mundial: Acción sin retorno, solidaridad sin recompensa social. O no en forma de reconocimiento público, sí privado, de sus beneficiados directos.

No es baladí el hecho de que no aparezcan, que mantengan su anonimato a pesar de estar inmersos en la sociedad de la ostentación, del parecer antes que ser, de la ficción para cumplir profecías. Ellos, Camilo y Banksy, se esconden y actúan, nutriendo sus acciones de valor porque no pretenden otra cosa que el bien ajeno.

El colombiano me tiene absorbido con sus videos, que consumo como quien busca un asidero, un lugar donde guarecerse de la lluvia, un escondite para huir del ruido. Lloro a menudo, conmovido por las historias de dolor y sufrimiento y también por la repentina felicidad, por la esperanza, por la creencia de que, en este mundo de avaricia, siguen existiendo dioses.

Relata el exfutbolista Alex Song: “Estaba jugando con Messi en Barcelona y una noche me atreví a hablarle sobre el hambre en mi pueblo. Sólo una semana después, su manager me llamó y me pidió un mapa detallado de la zona. Tres meses después se construyó un centro para alimentar a 500 niños al día. Lo más impactante fue su donación de un millón de euros al programa de alimentación escolar y su única petición fue: No mencionen mi nombre”. Ayudar, sin más. Sin vanidad.

Nos comportamos diferentes cuando somos observados. Nos mostramos como creemos que nos quieren los otros y añadimos la necesidad de supervivencia social, con todos los vicios que eso conlleva. Por eso son tan sinceras las acciones anónimas. No hay riesgo de jactancia y vanagloria.

Una mujer de la tercera edad se levanta a las dos de la mañana a preparar arepas para venderlas en su “puestico”. Ese día coincide con un santo, quien demuestra que es posible tumbar un poco el sistema de explotación. Ya lo van conociendo, no por su rostro, sino por sus acciones: “¿Usted es Camilo Cifuentes? ¿Le puedo dar un abrazo?”. “Yo afán no tengo”. Sin prisa, regala su tiempo. Una fuente de inspiración.

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