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Opinión

València

Los buenos socialistas

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la sesión de control al Gobierno, este miércoles en el Congreso.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la sesión de control al Gobierno, este miércoles en el Congreso. / Eduardo Parra / Europa Press

En la novela Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, Santiago Nasar, su protagonista, no sabe reconocer los presagios que auguran que aquel mismo día va a morir. Y como ya sabemos que la realidad se nutre y supera a la ficción, apenas hace un año tampoco supo reconocer los signos de su desdicha el expresidente de la Generalitat Valenciana, el defenestrado Carlos Mazón. No quiso verlo, se hizo el tuerto o le interesó la huida hacia adelante, pero el caso es que Mazón ya se parece a aquel Jesús capturado la noche del Jueves Santo, con cientos de Pedros negándolo no tres, sino mil veces. Camino hacia el mismo destino va nuestro actual presidente de gobierno, quien no sé yo bien si no reconoce los augurios, juega con los tiempos o espera que se le aparezca una Virgen en la que no cree, pero su tiempo se ha terminado y, como acuñó Jorge Valdano en sus reflexiones futbolísticas, nos encontramos en los minutos de la basura de nuestra legislatura.

Algunos podrán afirmar que serán minutos muy largos, y yo no lo dudo, solo sé que Pedro Sánchez cada día se parece más al protagonista de la novela de García Márquez. Los casos de corrupción ligados a sus secretarios generales, los escándalos por acoso sexual a diferentes miembros relevantes de su partido y el encarcelamiento de la fontanera Leire Díez por tráfico de influencias, fraude, falsedad documental, malversación y prevaricación, sitúan al gobierno en una situación extremadamente delicada, sobre todo porque su llegada al poder venía a subsanar los excesos y la corrupción del pasado gobierno del Partido Popular. Además, el ruido mediático que generan las polémicas sobre el comportamiento ético de su hermano, de su esposa y o del ex Fiscal General del Estado, más allá de que para unos sea algo justo o injusto, no ayudan a apaciguar la sensación de Camarote de los hermanos Marx, donde no parece caber ya nada más. Sin embargo, semana tras semana van goteando más problemas, como si este gobierno hubiese asumido su destino de agonía lenta.

Los buenos socialistas, los que se enorgullecen de un estilo de gobierno solidario, de progreso y de consenso social observan desanimados el derrumbe. Aquellos que no son fanáticos reconocen la decepción que les produce el presidente, bien por la responsabilidad política que tiene al respecto, bien porque se intuye a un líder incapaz de no haber reconocido el tipo de calaña que iba colocando a dedo. Es difícil creer que un político tan carismático como Pedro Sánchez ignorase el tipo de amistades con quien fue tan dadivoso. Los buenos socialistas no van a votar a la derecha, ni siquiera van a crucificar a su líder, el que los ilusionó y les ofreció el sueño de la regeneración. Sin embargo, sí pueden preparar un futuro que no tenga que ver con lo que la derecha ha denominado el Sanchismo. Los votantes socialistas fieles a sus siglas encumbrarán a un nuevo líder con la misma fidelidad con la que bendijeron a Pedro Sánchez. Sin embargo, para eso hay que rebelarse. Rebelarse desde dentro y abandonar el sinsentido de una fe ciega en un presidente que acumula un rosario de dudas y denuncias que van más allá de la saña que le tiene la oposición. Sin presupuestos ni los apoyos de un Junts que solo le ha traído problemas, la ingobernabilidad no es una opción, sino una realidad. Es por ello que las elecciones son tambores que cada vez suenan más alto y el empeño de atrincherarse en la Moncloa sin permitir la posibilidad de preparar unas primarias solo es cuestión de ego y de cierre de filas. El Titanic se hundirá con Pedro Sánchez al frente y negando que una brecha de agua los envía a pique.

Solo un ridículo CIS lo respalda ahora mismo y, mientras su guardia pretoriana impone el relato, el PSOE achica aguas con muy pocas voces críticas que asuman la crónica de una debacle anunciada. Entonces ya todo será demasiado tarde, y Sánchez ya se habrá convertido en un Mazón. Hasta sus íntimos renegarán de haberlo conocido y su reelección habrá dejado hecho trizas a un partido de muchos hooligans, sí, pero también de esos históricos socialistas de toda la vida que comienzan a comprender que ya no hay por dónde cogerlo.

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