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Opinión

València

Cuando el cielo no era el que soñábamos

Sagunt grita contra la violencia machista el 25N

Sagunt grita contra la violencia machista el 25N / Daniel Tortajada

Como si se tratara de un maleficio que los años hubieran ocultado.

Como si despertáramos de una pesadilla de repente y, al abrir los ojos, descubriéramos que el cielo no era el que soñábamos.

Así nos sentimos muchas mujeres estos días. Pensábamos que habíamos avanzado más. Que determinados consensos éticos estaban ya asumidos. Que había conductas desterradas no solo por la ley, sino por la conciencia colectiva. Y, sin embargo, la realidad se impone con crudeza: hay compañeros que siguen considerando el cuerpo de una mujer como un objeto disponible previo pago; y hay también quienes banalizan el acoso, quienes confunden cercanía con invasión, poder con impunidad, y silencio con consentimiento.

No es una cuestión privada. No lo ha sido nunca. Ni la prostitución ni el acoso sexual pertenecen al ámbito de lo íntimo cuando se producen en contextos de desigualdad. Ambos forman parte de una misma cultura: la que normaliza la falta de respeto hacia las mujeres, la que trivializa los límites, la que convierte el cuerpo femenino en territorio opinable, tocable o comprable según la ocasión.

Lo verdaderamente doloroso no es solo constatar que estas prácticas persisten, sino descubrir que conviven con nosotras en los mismos espacios. Que quienes se presentan como compañeros, colegas o representantes públicos con nuestras mismas ideas son capaces de sostener discursos de igualdad mientras toleran —o ejercen— comportamientos que humillan, cosifican o intimidan.

El acoso sexual rara vez se manifiesta de forma espectacular. Suele adoptar la forma de comentarios incómodos, miradas insistentes, mensajes fuera de lugar, insinuaciones que se camuflan de broma o de confianza malentendida. Gestos que, uno a uno, parecen menores, pero que juntos construyen un clima de desigualdad y miedo. Y que, demasiadas veces, se sostienen en la certeza de que la mujer dudará, callará o será cuestionada si decide señalarlo.

La decepción no es ingenua, es política. Porque la igualdad no se defiende solo en los discursos ni se acredita con consignas aprendidas. Se demuestra en el respeto cotidiano, en el reconocimiento de los límites, en la renuncia a los privilegios que durante siglos se han ejercido sobre el cuerpo y la voz de las mujeres.

Para muchas de nosotras, este momento supone un golpe a la confianza. La constatación amarga de que el machismo no siempre se presenta con formas burdas, sino también oculto detrás de rostros amables y cargos respetables. Que puede convivir con responsabilidades públicas y discursos progresistas sin que a algunos les tiemble la coherencia.

No pedimos perfección. Pedimos decencia. No pedimos gestos grandilocuentes. Pedimos hombres que entiendan que no hay igualdad posible mientras se tolere el acoso silenciado o la falta de respeto normalizada. Que comprendan que mirar hacia otro lado no es neutralidad, es complicidad.

Quizá este despertar sea necesario. Quizá sirva para recordar que los derechos de las mujeres no se consolidan para siempre, que cada avance exige vigilancia, valentía y una incomodidad que no todas las conciencias están dispuestas a asumir.

El cielo no era el que soñábamos. Pero sigue siendo nuestra responsabilidad nombrar lo que vemos, señalar lo que duele y no permitir que la decepción nos venza.

Necesitamos a los hombres que siempre lucharon sinceramente y con convicción junto a nosotras, en el partido en el que milito, los necesitamos activos y activistas en pro de la dignidad de las mujeres. Porque son la mayoría y yo confío en ellos.

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