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Opinión

València

Molesta el camino

Acto en el cementerio de Mingorrubio, donde se encuentran los restos de Francisco Franco, en recuerdo del 50 aniversario de la muerte del dictador.

Acto en el cementerio de Mingorrubio, donde se encuentran los restos de Francisco Franco, en recuerdo del 50 aniversario de la muerte del dictador. / José Luis Roca

Tanta mentira circula, que me apetece empezar con una verdad: No soy ningún analista político, ni tengo estudios de ciencias políticas, ni milito en ningún partido político y para que la sinceridad sea completa, ni tan siquiera voto. Pero la muerte del dictador Franco llegó con mis 18 años, estando en primer curso en la Universidad, por lo que la edad, el lugar y el momento, constituyen un punto de arranque lo suficientemente atractivo e interesante para reflexionar cómo hemos llegado hasta hoy partiendo de la defunción del sátrapa.

Recuerdo perfectamente el debate que hubo en la Transición.

Por un lado, quienes querían pactarlo todo, conscientes que las fuerzas vivas del franquismo estaban intactas. Ejército, cúpula eclesiástica, policía y guardia civil, a los que, visto el panorama actual, habría que haber añadido el poder judicial. No tuvieron en cuenta que a la dictadura ya se le escapaba de las manos el control social y político, y además, necesitaba con urgencia un sistema homologable en Europa para abrir la economía.

Por otro lado estaban los que querían una ruptura definitiva con la dictadura, conscientes de la dificultad que entrañaba pasar de un régimen criminal y corrupto, a una democracia que pudiera denominarse como tal. El objetivo era desmantelarla, derogar sus leyes, depurar cargos y elegir unas cortes constituyentes donde no tuviera presencia nadie que hubiera colaborado con la dictadura. Ejemplos de ruptura no faltaban, como fue el caso de Portugal con su Revolución de los Claveles (1974).

Con el paso del tiempo, se van cargando de razón los rupturistas, puesto que hoy vemos que no se ha conseguido hacer evolucionar a muchos de quienes torturaban en comisarías, espiaban a civiles, repartían garrotazos, encarcelaban sindicalistas, reivindicaban la calle como suya, asesinaban a tiros o lanzaban a personas por las ventanas o huecos de la escalera, y junto a una nula enseñanza de ese periodo histórico, se explican situaciones como una memoria democrática renqueante, fundaciones que exaltan la dictadura, leyes mordaza vigentes, y un fascismo envalentonado y tomando de nuevo las calles.

Claro que los pactistas jugaban con ventaja, puesto que a varias generaciones, entre la que me incluyo, nos habían moldeado con aquella asignatura obligatoria de rimbombante nombre “Formación del Espíritu Nacional”, cuya materia era impartida, bien por el cura, que también daba religión obligatoria, o bien por miembros del partido único, La Falange.

Otra ventaja para quienes pensaban en conservar las estructuras fascistas, fue que la oposición civil fue mínima. Sólo el PCE (que también acabó pactando), algunos pequeños grupos más a la izquierda (Organización Revolucionaria de los Trabajadores, Liga Comunista Revolucionaria, PCE m-l, FRAP), un poco los anarquistas y las Comisiones Obreras recién creadas.

Con las maniobras y/o amenazas de EE.UU., con el despiadado Henry Kissinger, y de Alemania con el todopoderoso canciller Willy Brand (1969 – 1974), se pactó la llamada Transición, a la que se sumó un exhausto PCE y un irrelevante PSOE, cuya mayor aportación, hasta ese momento, había sido conspirar con unos cuantos andaluces comiendo tortillas entre olivares.

Quizás no hubo alternativa en esos primeros años sin el dictador, pero el gran error histórico, a mi entender, fue dejar pasar los años olvidándose totalmente de los planteamientos rupturistas. Y la perversión aumenta por el hecho que con mayorías absolutas a partir de 1982, el PSOE, quizás temeroso por la intentona de Tejero en 1981, en vez de encaminar todos sus esfuerzos a limpiar las instituciones de elementos y símbolos facciosos, se dedicó a una salvaje reconversión industrial y a precarizar el empleo, desviando las energías de sindicatos y trabajadores (hubo cuatro huelgas generales), en vez de dirigirlas a conseguir una democracia robusta. Entendidos dicen que la reconversión industrial era necesaria. No lo sé. También hubo entendidos que advirtieron la necesidad de ruptura política, y nadie les hizo caso.

Al ejército se le calmó con la entrada en la OTAN. A la policía se le cambió el uniforme de gris a marrón (los maderos). Los torturadores siguieron cobrando y luciendo sus medallas.

¿Y a los jueces? Nada. Después de 50 años, los altos cargos de la carrera judicial siguen saliendo del entorno de las mismas familias. Se abrieron las universidades al pueblo porque se atisbaba el desarrollismo. Se abrió hasta el ejército, pues accedieron personas que no habían conocido la dictadura. Pero el poder judicial sigue intacto e impenetrable desde el siglo XIX. Y de ahí, condenas al juez Garzón (declarada arbitraria por la ONU), desconocer quién es “M.Rajoy” o la reciente al Fiscal General.

La conclusión es obvia: Sigue habiendo élites y poderes en el Estado (en todos los Estados) a quienes poco les importan el pueblo y el bien común, y en consecuencia, no les agrada que se hable de regular el mercado, de impedir abusos económicos, de sanidad y educación públicas, de legislar las relaciones laborales, de vivienda asequible, de pensiones dignas, de igualdad de sexos, de violencia de género, de cambio climático.

En definitiva, aunque es obvio que las democracias formales capitalistas no caminan hacia la libertad, igualdad y fraternidad, en el sentido profundo de estas palabras, a esos poderes, a esas élites, les molesta ese camino porque no coincide con sus vetustos principios y atenta contra sus desmedidos privilegios.

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