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Opinión

València

Sensibilidad líquida

Un oficial, ante el cuerpo de Aylan Kurdi en una imagen ya icónica de los fenómenos migrantes.

Un oficial, ante el cuerpo de Aylan Kurdi en una imagen ya icónica de los fenómenos migrantes. / Levante-EMV

Apena el mundo cada vez que se asoma a la muerte, al dolor y a la destrucción. La incomprensión de la guerra. Es entonces cuando se abren paso la rabia y la tristeza, pero también la sensibilidad y la compasión. Y la impotencia. Hace unos días intervenía en el Parlamento Europeo un niño ucraniano para dar su testimonio de la tragedia. Se llama Roman y tiene once años. Su rostro ya lo dice todo. Víctima de un ataque ruso contra un hospital el 14 de julio de 2022 en el que una veintena de personas perdieron la vida. Roman sufrió gravísimas quemaduras en el 45 % de su cuerpo y perdió a su madre.

Cuenta que la encontró sepultada entre escombros y solo pudo tocar su cabello para despedirse de ella. A la traductora que le acompañaba se le hizo un nudo en la garganta que le impedía hablar. Mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo de papel pedía disculpas, como si el hecho de no poder llevar a cabo su trabajo en un momento así no fuera lo más humano del mundo.

Viéndolo recordé otra imagen: la foto del pequeño Aylan Kurdi, el niño de tres años muerto en una playa de Turquía hace diez años huyendo con su familia de la guerra en Siria. También murieron el hermano y la madre. Inocentes en busca de refugio. Aquella imagen nos rompió, como rompe la de Roman en el Parlamento Europeo de hace unos días. Pero hay una cuestión a la que no le dejo de dar vueltas: ¿será que quienes tenemos la fortuna de vivir al otro lado del mundo hemos desarrollado una suerte de sensibilidad líquida? Me lo pregunto porque tengo la impresión de que nos conmovemos con la misma rapidez con la que olvidamos aquello que nos ha conmovido. Puede que solo sea un mecanismo de defensa para seguir con nuestras vidas, pero lo hacemos.

Entre una imagen y la otra han pasado diez años. Y eso es mucho en estos tiempos que también son líquidos. La involución avanza a velocidad de vértigo. Qué paradoja cuando el progreso parece que se escriba a la zaga de otro tiempo. De otra conciencia, de otros valores, de la idea de un mundo menos humano. En lo social y en lo político. A veces, haría falta una sensibilidad más rígida frente al abismo de la guerra. El olvido también es un drama.

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