Opinión
La amistad entre políticos

Mazón y Pérez Llorca en las Corts Valencianes / Levante-EMV
Una variada bibliografía intenta descifrar qué se entiende por amistad.
Aristóteles, Cicerón, San Agustín, Montaigne o Derrida son algunos de los autores que han abordado el tema con el intento de desentrañar su significado. Las perspectivas son diversas pero muestran coincidencias en aspectos generales. La amistad se percibe como una necesidad social que ayuda a sobrellevar la vida. Se afirma, incluso, que quien tiene un amigo posee un tesoro, y se le otorga además un valor superior a la relación familiar porque un amigo se elige voluntariamente. No obstante, existen diferentes formas de entablar una amistad en función de las circunstancias vitales. Amistades de infancia, de trabajo, de escuela, de Universidad, de conveniencia o de trayectorias personales concretas. Todas ellas adquieren una historia propia que perdura o termina de acuerdo con las coyunturas que atraviesan sus protagonistas.
Si nos atenemos a una definición general la amistad supone un afecto personal desinteresado y compartido con otra persona, que se fortalece con el trato cotidiano ya que la distancia prolongada atempera el vínculo. Es lo que Gimferrer señala en su “Elogio de la Amistad” (2010) en contraste a la interpretación de Jacques Derrida en su “Política de la amistad” (1998) en la que defiende que la amistad es un camino para el reforzamiento personal, donde está presente el dominio o la sumisión que a menudo terminan en conflicto. Ya Nietzsche pensaba que el mejor amigo es el peor enemigo. La amistad resulta un concepto difícil de encasillar bajo una sola perspectiva, como ocurre también con la fraternidad que suele equipararse con la solidaridad e incluye elementos de una misma sangre, el patriotismo, la familia o la nación.
Trasladándonos al ámbito de la política democrática, sin profundizar en la dialéctica entre amigo/enemigo de Carl Schmitt necesaria en su opinión para la consolidación del Estado,¿es posible una amistad permanente entre miembros de un mismo partido? Seguramente depende de la relación que mantengan los involucrados dentro de la organización ya que en el diseño de la política está determinada la permanencia en el poder durante el máximo tiempo que sea posible. Quienes alcanzan los puestos más altos en la estructura orgánica son conscientes que son sólo unos pocos quienes llegan allí. La pirámide se reduce a medida que se asciende, con la evidencia de la escasez de los puestos de dirección donde se decide la capacidad para ejercer la autoridad en el marco del paradigma político elegido. Y en ese camino es difícil llegar sin contar con respaldos y sobre todo con uno o varios amigos -no muchos- que allanen el camino.
El problema se complica cuando se compite, a pesar de la amistad, por alcanzar la máxima representación en el ámbito que corresponda, donde entran factores como la ambición con mezcla de envidia, la diferente interpretación de los hechos y la comparación sobre la supuesta capacidad de abordarlos. La ambición, por ejemplo, es como una droga que convierte al amigo en un enemigo potencial a pesar de la declaraciones de fidelidad y lealtad al líder del momento. La historia de los partidos políticos en la democracia representativa está llena de amores primigenios y odios finales. No hay más que repasarla para mostrar y comprobar esa dinámica: la relación entre el tándem Felipe González y Alfonso Guerra sirvió para consolidar al PSOE pero acabó en un desencuentro entre ambos sobre cómo dirigir el socialismo español. Ocurrió igual en el PP cuando Aznar se decidió por Rajoy y marginó a Rato y a Mayor Oreja. Y también en UPyD, Ciudadanos o Podemos donde la relación entre Iglesias, Errejón y Monedero pasó de la amistad al enfrentamiento. Situaciones similares se producen en el ámbito autonómico y la CV es un buen ejemplo de esas disputas. El “fuego amigo” no es una excepción sino la regla que anula toda amistad. No se la relación que existía entre Mazón y Pérez Llorca, aunque este lo defendió en Les Corts, pero le ha faltado tiempo para distanciarse de él y tacharlo de no decir la verdad.
Pero esas relaciones se extienden también más allá del espacio político. Los ceses y nombramientos en los Ministerios o Consellerías suelen traducirse en enfrentamientos personales, incluso cuando existía una amistad previa. Podrá argumentarse que ese comportamiento no es patrimonio de la política: en las empresas, en la Universidad o incluso en la presidencia de las comunidades de vecinos, entre otros ejemplos, la competencia está presente como una condición de la naturaleza humana. Pero tal vez lo destacable de la vida política orgánica es que, en general, se empieza con una amistad y se acaba en enemistad. Es frecuente oir cuando se confeccionan las listas electorales afirmaciones tajantes de algunos de los designados: “Es un impresentable”, dícese de aquel que va en una lista y alguien no quiere que vaya.
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