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Opinión

Miguel Sánchez

Presidente de la Asociación de Vecinos de La Roqueta

Cortinas nuevas para una ciudad que no puede respirar

Mientras se invierten 2,5 millones de euros en el asfalto de Colón, los barrios de València sufren la falta de soluciones reales para la contaminación y la movilidad, sin que se aborde la reducción del tráfico

Así será la nueva calle Colón de València.

Así será la nueva calle Colón de València. / LEV-EMV

Dicen que en los hospitales modernos ya no huele a hospital. Huele a lavanda, a cítrico suave, a marketing sanitario. Todo muy limpio, todo muy calmante. Aunque el paciente se esté ahogando. València, últimamente, empieza a oler a eso: a ambientador urbano.

La última fragancia la ha presentado María José Catalá en forma de asfaltado fonoabsorbente en la calle Colón. Un perfume técnico para una ciudad con los pulmones atascados de tráfico. Y encima nos pregunta, con una ironía un poco de opereta: “¿No les alegra que reduzcamos ruido y CO2?”. Pues depende. Como alegrarse, me alegraría más no necesitar morfina.

Porque este es el truco viejo de la política de escaparate: confundir el síntoma con la enfermedad a la que ella misma nos ha empujado en los últimos dos años. La enfermedad se llama modelo de movilidad enfermo. Y el tratamiento que nos proponen es cambiar las cortinas y rociar la habitación con ambientador de “transición ecológica”.

Que el asfalto reduzca algo el ruido está bien. Que reduzca algo de CO2, discutible. Pero pretender vender eso como una mejora urbana es como intentar curar una neumonía con un humidificador de diseño. Muy bonito. Muy Instagram. Muy inútil cuando falla el pulmón.

La ciudad no se asfixia por el color del pavimento. Se asfixia porque circulan demasiados coches. Punto. La calle Colón no necesita granito premium. Necesita que pasen menos coches por encima. Lo demás es cosmética. Urbanismo de TikTok: mucho filtro, poco cambio real.

Y aquí es donde entramos en el terreno de la mediocridad. Esa palabra que incomoda tanto porque es exacta. La mediocridad no es un insulto: es un diagnóstico. Se puede gobernar desde la excelencia, desde la innovación… o desde la mediocridad. Lo que no se puede hacer es gobernar desde la mediocridad y venderlo como épica.

Se nos promete que València será “la segunda ciudad del Estado” con actuaciones como esta. Segunda… ¿En qué exactamente? ¿En cambiar baldosas sin tocar el modelo? ¿En gastar millones para que todo siga igual? ¿En llamar “ganar espacio al peatón” a mover motos de sitio?

Mientras tanto, el tráfico en la ciudad no disminuye. Aumenta. El ruido no desaparece. Se reparte. Las emisiones no se atacan. Se maquillan. Se embellece el escaparate central mientras la trastienda sigue hecha un cristo.

Y lo más obsceno del asunto es la desigualdad territorial del perfume. Porque Colón tendrá cortinas nuevas. Vale. Pero hay barrios enteros donde no hay ni cortinas, ni ventanas, ni aire. Donde no hay árboles, ni sombra, ni renaturalización, ni asfalto fonoabsorbente, ni nada de nada. Barrios como La Roqueta donde el “hospital urbano” acumula radiografías para aburrir y la doctora sigue mirando para otro lado.

En La Roqueta no hay asfalto fonoabsorbente. No hay renaturalización. No hay un plan claro de mejora. No hay ese “salto de escala” del que tanto se habla en los renders. Hay, simplemente, vecinos y vecinas que conviven a diario con un modelo que nadie parece dispuesto a cambiar.

Y no será por falta de informes, ni de estudios, ni de advertencias. Los datos están ahí, alineados como historias clínicas ignoradas. Lo que falta no es información. Es voluntad política de meterse en el quirófano y dejar de jugar a la decoración.

Porque reducir CO2 no es una cuestión de pavimentos, como si todo el problema fuese solo ese gas. Del NO2 mejor ni hablar, las partículas finas ni se nombran. Esto no va de materiales: va de valentía. Valiente es quitar carriles. Valiente es limitar tráfico. Valiente es decirle a la ciudad que no todo puede girar en torno al coche.

Lo otro, el granito, el asfalto técnico, las papeleras nuevas, es, simple y llanamente, urbanismo de PowerPoint.

Lo más inquietante no es que el proyecto de Colón sea mediocre. Lo inquietante es que nos lo presenten como si fuera una obra maestra por sólo 2.5 millones de euros. Como si el problema fuera de sensibilidad estética y no de colapso funcional. Como si no estuviéramos hablando de pulmones, sino de cortinas.

Y luego está el gesto final: la ironía. Esa manera de preguntar “¿no les alegra?” mientras el paciente sigue tosiendo. Esa risa fina desde el despacho, mientras en muchos barrios la gente ya ni pide cirugía: pide, al menos, que alguien entre en la habitación.

Porque cuando el poder empieza a reírse de quienes señalan que la ciudad no respira bien, no estamos ante un problema de asfalto. Estamos ante un problema de desprecio.

Y eso, ni siquiera con ambientador de lujo se tapa.

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