Opinión
Las rutas cambian, las razones permanecen

Refugiados y migrantes esperan en la frontera entre Grecia y Turquía / Dimitris Tosidis / EFE
Cada año, el 18 de diciembre, celebramos el Día Internacional del Migrante, una fecha proclamada por la ONU para recordarnos que detrás de las estadísticas hay personas con historias, vínculos afectivos y planes de vida. La movilidad humana siempre ha acompañado a la humanidad, pero sigue estando marcada por profundas desigualdades y discursos que deshumanizan a quienes cruzan las fronteras.
Según estimaciones de la ONU, en 2024 había aproximadamente 304 millones de migrantes internacionales, lo que representa el 3,7 % de la población mundial. Se trata de personas que se desplazan por diversos motivos: trabajo, estudios, amor, huir de conflictos, desastres ambientales o simplemente buscar dignidad. La migración no es una excepción, es parte estructural de las sociedades globalizadas, aunque a menudo se la considere una amenaza.
En la historia de América Latina, la migración europea entre aproximadamente 1850 y 1930 constituye un ejemplo contundente. En pleno auge de la Revolución Industrial, el empobrecimiento de amplios segmentos de la población llevó a muchos europeos a buscar nuevos horizontes. Simultáneamente, la región latinoamericana expandía sus exportaciones agrícolas y ganaderas y necesitaba mano de obra. Los gobiernos fomentaron la llegada de europeos, considerados "avanzados" o un instrumento para "blanquear" a la población, lo que reveló el racismo y el elitismo presentes en estos proyectos nacionales. Muchos de estos migrantes fueron recibidos con contradicciones: a veces celebrados como portadores de progreso, a veces temidos como una amenaza, al igual que ocurre con otros migrantes hoy en día, lo que muestra cómo ciertos miedos y estereotipos se repiten con diferentes rostros.
En la propia familia de quien escribe estas líneas, esta historia no es abstracta. Fue en aquel gran flujo migratorio cuando mis bisabuelos europeos cruzaron el Atlántico rumbo a Brasil, en busca de trabajo y de una vida menos precaria. Su decisión de partir para siempre marcó el rumbo de nuestra familia. Más de un siglo después, en 2009, fui yo quien atravesó el océano en sentido contrario, de Brasil a Europa, llegando a España en busca de nuevos horizontes educativos y de oportunidades profesionales. Soy al mismo tiempo descendiente de aquella migración europea hacia América Latina y protagonista de un regreso que muestra cómo las rutas se invierten, pero las razones profundas, la búsqueda de dignidad, seguridad y futuro, cambian muy poco.
Por ello no puedo estar de acuerdo con recientes discursos políticos que reducen a las personas migrantes a mano de obra barata y desechable. Cuando se afirma que los migrantes podrán limpiar las casas, cosechar los campos y construir las viviendas, se está defendiendo una migración supuestamente ordenada que solo sirve para el trabajo, no para la participación en igualdad. Este tipo de mensaje es clasista y deshumanizante: transforma a las personas en funciones, borra sus cualificaciones, sus identidades y sus derechos y refuerza la idea de que hay vidas destinadas a mandar y vidas destinadas a servir. En otras palabras, se acepta el trabajo de la persona migrante, pero se le niega su derecho a pertenecer.
El Día Internacional del Migrante nos llama precisamente a ir en la dirección opuesta. Los migrantes contribuyen al desarrollo económico, la innovación y la riqueza cultural de las sociedades de acogida, a la vez que apoyan a las familias y comunidades en sus lugares de origen. Sin embargo, siguen enfrentándose a fronteras cada vez más militarizadas, muertes en rutas peligrosas, xenofobia y discriminación en el mercado laboral, la vivienda y los servicios públicos.
Esta fecha nos recuerda que ninguna persona es ilegal y que las políticas migratorias deben construirse sobre los pilares de los derechos humanos, la justicia social y la responsabilidad compartida. Como parte de la sociedad civil, Fundación por la Justicia subraya que la movilidad humana es una expresión ancestral de la humanidad y que cada proyecto migratorio encierra valentía, resiliencia y creatividad. Tenerlo presente en este día también implica recordar que ayer muchos europeos fueron migrantes en América Latina y que mañana cualquiera de nosotros podría verse obligado a partir. En definitiva, migrar es ejercer el derecho a buscar un lugar donde sea posible vivir con dignidad, pertenecer y contribuir.
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