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Opinión

València

La València del mundo al revés

El centro de València, con decoración navideña.

El centro de València, con decoración navideña. / ED

Netflix estrena nueva temporada de Stranger Things, una serie a medio camino entre el terror y la ciencia ficción que cuenta lo que ocurre en un pequeño pueblo estadounidense cuando comienzan a suceder fenómenos extraños y se abre un mundo paralelo: el mundo del revés, un lugar plagado de oscuridad, monstruos y maldad. La historia podríamos trasladarla sin dificultad al Cap i casal porque en València también pasan cosas extrañas y también existe un mundo del revés, oscuro y muy próximo.

El mundo “normal” es el de la calle Colón iluminada, el de las luces de Nadal que el Gobierno municipal tuvo tanta prisa en encender hace un año mientras, a escasos kilómetros, los pueblos golpeados por la DANA seguían en ese otro lado, aún entre barro, pérdidas y olvido institucional. Es también el mundo de las cenas del poder, como la que el PP de València organizó hace una semana para agasajar al nuevo presidente de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, un baño de masas para sellar alianzas (de momento) entre brindis, sonrisas y fotos.

Pero hay un mundo del revés. Es el de los prostíbulos, el de los pisos ocultos (recien acaba de clausurarse uno justo al lado del Ayuntamiento) y el de las rotondas, donde las mujeres sobreviven en régimen de esclavitud sexual mientras la ciudad mira hacia otro lado. Es el que recorre Ava, la última novela de Mabel Lozano, quien, de nuevo, da voz a las mujeres explotadas sexualmente, aquellas que el mundo prefiere ignorar. Una historia que, además, discurre al lado mismo de esas luces navideñas, en los alrededores de la estación del Norte, donde no hay guirnaldas ni villancicos sino violencia, amenaza y miedo.

El mundo del revés también duerme en nuestras aceras. A pocos metros de donde se celebraba esa cena oficial y tendrán lugar otras muchas estos días, cerca de donde se inauguran decorados navideños, en pleno centro de València, ha muerto un chico de 21 años, en posición fetal, sin techo y sin nombre, convertido en un cuerpo anónimo que apenas ocupa unos segundos de atención. En esta ciudad que juega a imitar Stranger Things con luces y guiños ochenteros, el monstruo no vive al otro lado de un portal sobrenatural: está aquí, cómodamente instalado en una normalidad con prioridades políticas que dejan mucho que desear y en las que acepta, sin rubor alguno, que algunos cuerpos sean descartables.

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