Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Traspapelado

De qué lado estar

En este mundo enfurecido y habituado al delirio casi se vive más cómodo si te respondes varias veces al día de qué lado estás. El problema es cuando no sabes contestar con demasiada frecuencia

Algunos de los desalojados, en las cercanías del asentamiento de Badalona.

Algunos de los desalojados, en las cercanías del asentamiento de Badalona. / Efe

Debería hablar de libros y exposiciones, pero hay días que el cuerpo no responde.

No me gusta elegir entre la espada o la pared, pero los tiempos son los que son: radicales, en el sentido también de raíz, y poco propicios para vuelos retóricos. Sé que entre el alcalde de Badalona y los extranjeros que salen de un instituto en ruinas arrastrando sus vidas en unos carros y en bolsas del Caprabo, estoy más cerca de los de allá. Seguro que hay algún indeseable en todo ese grupo, algún ladrón de poca monta, pero estoy seguro de que son mayoría los que buscan cada día su vida cómo pueden sin hacer mal a nadie. Estoy más cerca de los desahuciados que de ese señor que dice que su gobierno no les va a dar nada para que sigan molestando a los vecinos. La generalización es la primera norma del racismo supremacista. Ese es el tufo y tengo claro de qué lado estoy. Más en estos tiempos en que tener una vivienda está solo al alcance de pocos.

Entre un presidente mesiánico que insulta a un tipo que acaba de morir y que deja películas geniales, estoy con el difunto. Y más si se llama Rob Reiner. Cómo no ponerse de su lado si fuiste de la corte de enamorados de Sally Albright (Meg Ryan), si te presentó para siempre a Nora Ephron, si aún a veces en alguna conversación dices “Me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir”. Cómo no estar del lado del desgraciado que muere a manos de un hijo desquiciado por alguna adicción o una de esas enfermedades mentales de estos tiempos. Cómo no estar con quien recibe insultos de su presidente incluso al morir, porque era de los que no toleraba mordazas.

El viento que sopla en EE UU congela también este rincón. Entre el mundo donde existen unas comisiones parlamentarias de Políticas de Igualdad, del colectivo Lgtbi, de Derechos Humanos, de Participación Ciudadana o de Asuntos Europeos y otro donde esas realidades dejan de tener nombre, estoy en el primero. Puede que no fueran de gran utilidad. Puede que sean reductos woke. Puede. Pero eran espacios donde los que no suelen tener el mango de la sartén de la política eran protagonistas. El borrado de los nombres es la primera norma para el olvido. Aunque parezca que estamos en otro mundo, no estamos tan lejos de ese que representa un presidente que un día de Reyes soñó con tomar el Capitolio.

En este mundo enfurecido y habituado al delirio casi se vive más cómodo si te respondes varias veces al día de qué lado estás. El problema es cuando no sabes contestar con demasiada frecuencia.

Theodor Kallifatides escribió que la dulzura de la vida le importa poco. “Lo que quiero es dignidad”, clama en Otra vida por vivir. “Sin ella, hasta la miel es amarga”. Sin dignidad, hasta la cultura y el arte se atragantan.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents