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Opinión | En el barro

València

Lo que sé de Ábalos

José Luis Ábalos, en una imagen de archivo en su escaño en el Congreso de los Diputados.

José Luis Ábalos, en una imagen de archivo en su escaño en el Congreso de los Diputados. / Ricardo Rubio - Europa Press

En estas noches no es necesario abrir los ojos para saber que estás en València. En estas noches el mar recuerda a la ciudad quién manda aquí, la humedad se te clava en los poros de la piel y parece que caminas al lado de las olas aunque estás a algunos kilómetros, por las calles de siempre cuando el trabajo te libera. El indigente que ha encontrado su hogar en un soportal te sonríe con una leve caída de ojos. Al otro lado brilla el árbol de estas fechas y su estrella, más solitaria y frágil, como dudando del destino que ha de señalar. En mi cabeza la banda sonora es Father & Son gracias a uno de esos anuncios que triunfan estos días. A mí la música me traslada a la serie This is us, supongo que porque familia y recuerdos que golpean son inevitables cuando el calendario obliga a observar el paso del tiempo. Si me pongo estupendo, me da por pensar en qué será de la idea de Navidad ahora que lo de tener casa es tan complicado. O quizá el concepto de familia se desmonte del todo y lo más cercano pase a ser el eventual compañero de piso. Quizá todo empieza a ser menos perdurable.

El año acaba con la política rebosante de acoso sexual, que debe ser una manera de exhibir que esta es una sociedad machista, guste o no. Esta ola, que no tiene que ver con la moral, sino con la dignidad, la hemos visto crecer a partir de un nombre: José Luis Ábalos.

No soy el periodista que mejor conoce a Ábalos, pero he tenido un trato frecuente a partir de 2015, antes de que diera el salto a la gloria (que casi siempre viene por Madrid), pero cuando ya era un político veterano curtido en batallas orgánicas en las que pocas veces falló al olfatear dónde estaba el caballo ganador. Un político hasta entonces protagonista de una etapa pobre de oposición en el Ayuntamiento de València y habituado a pequeños (y no tan pequeños) pactos para una existencia más cómoda de él y los suyos, una comunidad fiel acostumbrada a compartir penas y beneficios.

He estado unas cuantas veces por trabajo en su piso donde hacían guardia cámaras hasta hace poco y no encontré nunca ostentación, aunque sí un tipo preocupado por el dinero, algo quizá normal tras tres divorcios y sus cargas familiares. En la última visita hablaba con normalidad del entresuelo que había comprado para almacén y esa vivienda es sospechosa ahora de haber sido pagada en parte con una mordida. En aquella visita ya andaba por ahí, en un trasfondo silencioso pero visible, el ser grandullón que le ha acompañado en su viaje a los infiernos.

Estos días parece cobrar sentido aquella frase del portavoz municipal socialista en 2013: “En el PSPV hay compañeros que se van de putas”

El personaje hoy desnudado por los comentarios sobre prostitutas con el asesor (“la Carlota se enrolla que te cagas”) y sus tejemanejes para comprar sexo no era un desconocido para los que han estado cerca de él. Estos días parece cobrar sentido aquella frase del portavoz municipal socialista en 2013 que causó estrépito y de la que entonces tuvo que disculparse: “En el PSPV hay compañeros que se van de putas”. Y alguno lo siguió haciendo, se podría decir doce años después, mientras el partido aprobaba resoluciones para abolir la prostitución.

El personaje que hoy es un gran desconocido en lo personal para Pedro Sánchez (pese a las crónicas sobre las campañas juntos en el Peugeot, cuando pernoctaba en su casa) estuvo a punto de ser el hombre fuerte del socialismo valenciano. O más fuerte de lo que fue. Le faltaron 1.890 papeletas en 2017 para derrocar al presidente de la Generalitat (Ximo Puig) de la secretaría general del PSPV con un cartel que lideró un casi desconocido alcalde de Burjassot. Es un interesante ejercicio de política ficción preguntarse dónde estaría hoy el socialismo valenciano, con todo lo que ha venido, si el vuelco se hubiera consumado.

Si logró ser diputado en 2023 es porque él lo pidió y Puig transigió, Cerdán lo bendijo y Sánchez miró a otro lado

El político hoy encarcelado es diputado porque el invierno anterior a las elecciones de 2023, cuando llevaba años destronado pero no había estallado el escándalo con nombre de Koldo, acudió al Palau para una cita con Puig. Lo que sé es que si logró ser diputado, la primera razón es porque lo pidió él mismo, apelando a su pasado en el partido y a sus necesidades económicas, y Puig transigió. La segunda (y principal) es porque cuando la propuesta se trasladó a Ferraz, tuvo la bendición de Santos Cerdán, entonces secretario de Organización tras heredar el cargo de Ábalos, del que había sido colaborador. El mismo jerifalte que modificó otras listas defendió al exministro y, según la investigación judicial, compañero de corruptelas. La tercera es porque cuando el asunto llegó el despacho de Sánchez este consintió también. Sin efusión, con una leve elevación de cejas y un comentario algo así como: “Ha sido secretario de Organización”.

Lo que sé es que ese político al que tantos le bailaban la fiesta hace años, al que otros muchos temían y que hoy descubre la soledad de la celda, hubiera tenido un sillón en el Parlamento Europeo si la tormenta Koldo se hubiera desatado solo unas semanas más tarde.

Lo que sé de Ábalos es que es ya un símbolo de una política que, como el humo de los pitillos de la Transición, el frío húmedo de este siglo XXI se llevó.

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