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Opinión | La plaza y el palacio

Profesor de Derecho Constitucional de la UA

Aburrimiento y miedo

Imagen de archivo del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz en el Congreso.

Imagen de archivo del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz en el Congreso. / Javier Lizón / EFE

El fin de semana pasado, Juan Ramón Gil publicó en estas páginas un interesante artículo titulado “Y después de las barricadas, ¿qué?”. Básicamente era una requisitoria contra Pedro Sánchez que trasluce su opinión de que no estaría mal que abandonara sus cargos de Presidente del Gobierno y Secretario General del PSOE. En gran parte de su línea argumental estoy de acuerdo. Pero no en toda. En algunos puntos sustanciales discrepo, no tanto por los comentarios sobre asuntos coyunturales como porque, me parece, hay que introducir su trayectoria en el marco más genérico de lo que es, ya, un largo gobierno. La cosa no tendría mayor importancia pero, creo, la opinión que glosaré coincide con la de muchas personas de izquierda y eso es importante, en cuanto que de las variaciones en esas opiniones dependerá el futuro electoral. Por decirlo de otra manera: muchos están aburridos de esta sucesión de broncas o anuncios, enfadados por una cierta pasividad de Sánchez en las últimas semanas. Y casi lo peor que le puede pasar a alguien en la actual política es que genere aburrimiento. Cierto. Pero ese “casi” es importante. Por partes:

1.- Sánchez encarna a lo más parecido al “Principe” de Maquiavelo. Para algunos esto es un insulto. Para mí un elogio: ha mostrado la mayor versatilidad en los momentos más duros y ante los golpes de la Fortuna ha opuesto virtudes de paciencia, prudencia y audacia que eran justamente las necesarias. Por supuesto que ha cometido errores, pero se nos olvida la pandemia, un volcán, un apagón, incendios, temporales, situaciones bélicas... Sin olvidar su capacidad para ordenar las relaciones con Catalunya. No imagino a otro líder actual en esa tesitura. No lo glorifico más allá de lo necesario. Pero es cierto que algunas de sus circunstancias han hecho posible esa habilidad que el PP no ha mostrado cuando le ha tocado enfrentarse a adversidades importantes. Esto no es circunstancial: la capacidad de reñir con los riesgos se ha convertido en una característica primordial en los nuevos líderes. Ferguson, autor de una historia de los desastres, hace una afirmación que es pavorosa después de Mazón y otros ilustras privatizadores y negacionistas de la desgracia: “A cada administración le llega la catástrofe para la que menos preparada está y que más se merece”. Esperar que esa tensión no pasara factura es ingenuo. No es cuestión de premiarle por su arrojo y habilidad, sino introducir este elemento como esencial en el análisis. Y tanto más cuando en este convulso periodo ha mejorado la economía aunque no haya conseguido corregir algunos relevantes indicadores de desigualdad.

2.- Ha gobernado en un momento en el que el juego sucio de la oposición se ha convertido en estructural. La presión de Vox ha desequilibrado al PP y le ha convertido, más allá de pactos, en un partido con abundantes rasgos de extrema derecha, tanto en sus proyectos y acciones como en su forma de entender la política como una forma de insulto permanente. El PSOE no se ha portado como un angelito pero está muy lejos de las vibrantes proclamas callejeras de líderes del PP que muestran un desprecio genuino, nada táctico, por los débiles, emigrantes, etc. A la vez, buena parte del Poder Judicial, en materias políticas, ha ido más allá de lo tolerable o/y han emitido resoluciones de muy difícil explicación, invadiendo competencias de los otros poderes del Estado. De nuevo, todo ello ha determinado algunos errores del Gobierno, incapaz, a veces, en mantener posiciones dinámicas y flexibles. Y pese a todo ha podido legislar en materias clave que hacen de España un país avanzado en política social.

3.- Sánchez, no obstante, ha cometido un error habitual en la socialdemocracia: más preocupado por obtener éxitos en áreas sociales de compleja gestión y en reforzar una imagen comunitarista del partido no se ha preocupado por lo que genéricamente denominaré el “buen gobierno”. Siempre me ha sorprendido que en la importante y numerosa nómina de reformas no haya habido, prácticamente, liderazgo en materia anticorrupción o transparencia. Me parece, sencillamente, que no estaba en la cultura de Sánchez. Pero tampoco de su partido, incapaz de resistir de vez en cuando al fantasma del clientelismo. Curiosamente, tampoco ha sido exigencia de Sumar –sus distintas expresiones-, que ahora se rasga las vestiduras con algo de hipocresía: eso sirve ahora de poco. Sigue sin verse un programa coherente y vertebrado en estas materias cuyos resultados, es cierto, son a largo plazo. Sánchez llegó a la Secretaría General como llegó: derrotando en unas Primarias a quienes podían ser emblema de inmovilismo. Y las Primarias han sido un desastre en general: un refinado ejercicio de simulacro democrático que, necesariamente, promueve un hiperliderazgo que conduce al autoritarismo. Y que, junto a militantes decentes y esforzados, atrae como un imán a lo más turbio de cada casa. Igual que otros sistemas promueven a lo más gris. Dicho lo cual: esperar que el PP y Vox mejoren las expectativas en buen gobierno sólo puede ser un ejercicio de cinismo.

4.- A menudo Sánchez, y otros líderes, han indicado que el PSOE era el partido que más se parece a la sociedad española, lo que explicaría que, en muchos casos, haya vencido contra todo pronóstico. Gil suscita una cuestión con la que coincido: Sánchez parece dispuesto a sacrificar los resultados en autonómicas y municipales con tal de vencer en las Generales. Creo que ese es su horizonte y seguramente está preocupado por lo que pase en muchos lugares pero no alcanza a imaginar cómo proveer liderazgos oportunos que no se le vuelvan en contra: pura cultura PSOE –no es la primera vez que algunos líderes jugaron a esto-; y ya vemos que los ministros/as-líderes autonómicos más bien son un desastre, incapaces de aventurar programa y aventar ilusiones, mientras el partido va poblándose de mediocres en lugares clave. Pero hay una paradoja: el PSOE sigue siendo quien más se identifica con los españoles/as pero, seguramente, ya no con los valencianos, los extremeños, los madrileños… España es algo más que la suma de sus Comunidades. Algo que no ha analizado ninguna fuerza. La razón es compleja pero, probablemente, se debe a que el sistema autonómico, sistema de éxito, está caducado. Y el gran problema del PSOE, y no digamos del PP, es la incapacidad para reformar la Constitución que, en esto, y en otras cosas, está en el fondo de las dificultades del Ejecutivo para actuar –igual que algunas cuestiones relacionadas con la UE-.

5.- Todo ello vendría a demostrar que aplicar categorías del pasado a la actualidad es poco práctico. Así, nos encontramos con un Gobierno envidia de muchos por su progresismo activo que debe apoyarse y representar a una población real trufada de conservadurismo. La emergencia de casos de machismo son el mejor y triste ejemplo: en ese país con el que se dice coincidir hay mucho machismo, incluso entre los votantes del PSOE y de su militancia –y de los partidos a su izquierda-. Lo que, más allá de otras cuestiones, nos enseña que los programas políticos que afectan a la cultura más enraizada necesitan más tiempo que unas legislaturas, que no basta con discursos. Hay una España secreta machista o xenófoba perfectamente compatible con los relatos bienintencionados que circulan por películas o entrevistas radiofónicas. Por supuesto que leyes y acciones múltiples sirven para combatir estas cuestiones, pero fiarlo casi todo a eso es ponerse una venda delante de los ojos. El victimismo se acaba, los alegatos éticos tienen límites, la moralidad pública abre preguntas cuyos resultados suelen volverse con especial furia contra los que centran su mensaje en estas cuestiones. ¿Tiene Sánchez culpa de esto? Quizá en la medida en que ha alimentado un hiperliderazgo que silencia a los correveidiles del momento. Pero más allá, creo que Sánchez ha obrado de buena fe y que difícilmente se le podría exigir otras cosas. Aunque él también caiga en esa simplificación.

6.- Juan Ramón Gil llega a la conclusión de que Sánchez basa su discurso en el miedo a la ultraderecha pero que es posible que con sus actitudes esté ensanchando el camino al PP condicionado fuertemente por Vox. Es un argumento consistente, pero con el que básicamente discrepo. Y discrepo porque este Gobierno es el que con más fuerza y coherencia está haciendo de tapón del populismo de ultraderecha, sirviendo de ejemplo e ilusión a muchas personas fuera de España. No creo que Sánchez sea culpable de los resultados en Italia, Alemania, Polonia, Hungría, Portugal, Eslovaquia, República Checa, Argentina, Chile, Austria… No: es una ola que no aburre: da miedo. Pero es que el miedo, y su hermana pequeña, la incertidumbre, son tristemente razonables. Dan miedo no porque lo diga Sánchez. Podría pensarse que lo que queda, entonces, es, sencillamente, esperar. Creo que no. Me parece que es posible apurar el tiempo al máximo para conocer experiencias, rearticular relatos, formar nuevos liderazgos o alianzas. Aunque esa ola, con Trump de imperial surfista, avance peligrosamente, hay motivos para observar irregularidades y dudas sistémicas: Italia no se comporta exactamente como se esperaba, el Vaticano puede ser un aliado en materias clave como la inmigración, los avatares de la economía globalizada tienen su propia lógica que aún se está escribiendo, incluso hay síntomas de reacción en EE.UU. No hay razones para ser optimista y no veo al PSOE con ímpetu. Es cierto. Pero cualquier otra alternativa me parece peor. Y sólo Pedro Sánchez, pese a todo, pese a él mismo, se ha ganado mi respeto en el panorama español.

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