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Opinión

València

Chile

Ahora regresan esos tiempos, los de la bestia crecida como crece el fascismo en todas partes

José Antonio Kast, elegido como nuevo presidente de Chile

José Antonio Kast, elegido como nuevo presidente de Chile / EFE/Juan Ignacio Roncoroni

Recuerdo la portada de la revista Triunfo. Toda de negro. Y en el centro, cinco letras enormes: CHILE. El 11 de septiembre de 1973 un golpe de Estado acabó con el socialismo de la Unidad Popular que había ganado las elecciones tres años antes. El presidente Salvador Allende se suicidó antes de ver cómo la indignidad del golpista Augusto Pinochet convertía su país en un inmenso charco de sangre. Recuerdo aquellos días. El mundo había mirado la tierra chilena con alegría otro mes de septiembre, más atrás en el calendario: el mes de septiembre de 1970. Los «patrones de la miseria», como los llamaba Víctor Jara en Vientos del pueblo, tendrían que esperar otra oportunidad para seguir con sus privilegios.

Aquí la dictadura franquista seguía viva, dispuesta a seguir en su innoble y persistente condición de matarife sin entrañas. Por eso volvíamos la mirada hacia lo lejos, hacia más allá de no sé cuántos océanos, mares o yo qué sé la dimensión que muchas veces asume la esperanza. Escuchábamos las canciones de Inti-Illimani y Quilapayún, de Víctor Jara y Violeta Parra, y no sabíamos que la bestia crecía poco a poco en el mismo corazón de la naciente patria chilena. Tres años difíciles para esa patria. La bestia no estaba sola. Crecía como crece siempre desde que los EEUU están convencidos de que son los amos del mundo. Y ahí estaban, siempre al acecho de las nuevas libertades, de las calles abiertas al grito revolucionario, a las vidas que no querían saber nada de la indignidad que busca certificar la muerte con las bombas. Fue Henry Kissinger el artista de esa indignidad. Y por eso le dieron el Nobel de la Paz. Tantos años después se ha repetido la misma operación con nombre distinto pero lo mismo de pendenciero: esa María Corina Machado pidiendo a Donald Trump que organice la guerra contra Venezuela. Y en eso está el charlatán de ultraderecha.

Las mismas canciones seguían acompañando aquí los gritos de una Transición descontenta. La mirada puesta en el Chile de la memoria machacada. Las películas de Patricio Guzmán, de Miguel Littin, las que tiempo después nos llegarían de Carmen Castillo con sus más que imprescindibles La Flaca Alejandra y Calle Santa Fe. Conozco a Carmen desde hace muchos años, nos queremos muchísimo, de vez en cuando nos escribimos en el largo camino que va de París -donde ella vive- a Gestalgar, mi pequeño pueblo de la Serranía. La balacera fascista que acabó en 1974 con la vida de su compañero, Miguel Enríquez, líder del MIR, que también vio cómo desaparecía en esas mismas fechas otro de sus militantes: Antoni Llidó. Pienso en Pepa, su hermana, y en Ferrán, que ya no está, y en tanta gente chilena que nunca olvida desde el exilio los tiempos felices y tampoco los tiempos del horror. Pienso en Missing, la hermosa película de Costa-Gavras con un Jack Lemmon que no se creía la pesadilla en que se convierte la búsqueda de un hijo asesinado por la dictadura pinochetista.

Ahora regresan esos tiempos, los de la bestia crecida como crece el fascismo en todas partes. El miedo, la inseguridad, la amenaza de la población migrante que es carne de cañón mires donde mires. La bestia se alimenta de ese miedo, lo saca como cuando Allende quería cambiar su país para que los perdedores de siempre salieran ganando algo con un socialismo tranquilo. Ni eso le consintieron. Ahora vuelve la bestia y ese regreso apenas ha sido noticia en ningún sitio. Se ha normalizado la oscuridad. Como aquí, sin ir más lejos. Hace ya mucho tiempo que vemos cómo el huevo de la serpiente se abre entre nosotros cada vez con menos excusas, como si esa misma serpiente no hubiera anidado en el mismo huevo que alumbró en los años veinte del pasado siglo los fascismos. Son otros tiempos, dicen quienes entienden de los sucesivos lenguajes de la historia. Pero cada vez se parecen más los tiempos de antes y los de ahora. El que será nuevo presidente de Chile, José Antonio Kast es un admirador de Pinochet, su hermano fue ministro con el dictador, su padre nazi huyó de Alemania cuando perdió la guerra. ¡Menudas joyas!

Las palabras que mienten antes incluso de ser nombradas. Mucha de la gente que ha votado en Chile el regreso de la dictadura -como aquí votará en las próximas elecciones, ojalá que no mayoritariamente- sabrá de esas mentiras muy pronto. Sabrá que el fascismo sólo gobierna para los suyos. No ha necesitado Kast bombardear la Moneda, como hizo su querido maestro sobre las alamedas en libertad de Santiago de Chile. Los golpes de Estado son ahora más sutiles. No necesitan tanques ni aviones. Tienen el dinero, la justicia, el aparataje mediático, el miedo al otro que han sembrado para que quienes no están con ellos sean el enemigo a batir sin contemplaciones de ninguna clase. La democracia les sirve para acabar con ella desde dentro. En Chile sigue vivo Pinochet, aquí el nombre de Franco resuena cada vez con más fuerza a pesar de los cincuenta años que han pasado desde su muerte.

Recuerdo aquella portada en negro de la revista Triunfo. La derrota de la libertad chilena bajo las bombas. Las canciones que nos acompañaron antes, durante y después de la esperanza. Las palabras de Salvador Allende en las ondas agrietadas de Radio Magallanes. Me acuerdo también -y la escucho ahora- de Miren cómo sonríen, la memorable canción de Violeta Parra: «Miren cómo redoblan los juramentos. / Pero después del voto, doble tormento». El huevo de la serpiente acaba de abrirse en Chile. Ojo al parche aquí, ¿vale? Ojo al parche.

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