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Opinión | El día del señor

València

Puñetas y ropones

El fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, durante la primera jornada del juicio al fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, en el Tribunal Supremo

El fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, durante la primera jornada del juicio al fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, en el Tribunal Supremo / Eduardo Parra - Europa Press

La guerra de trincheras que mantenían el Supremo y el Fiscal General del Estado, García Ortiz, no ha podido continuar por desfallecimiento de uno de los contendientes. Como esos altos enredos me son bastante ajenos, decidí que pensara por este caletre, el mío, un amigo: Daniel, abogado en ejercicio.

“Nunca hubieran llegado hasta aquí –sostiene Daniel con su habitual moderación y una nota de fatalismo–, de no haber tenido la firme resolución de acabar con él”. Y añade: “Como hicieron con Garzón”. No sé si las cosas vienen así o llegan de otro modo, pero la separación de poderes es un invento magnífico. Lo malo empieza cuando es el propio juzgador el que prueba su medicina habitual porque entonces descubre lo que es el ejercicio del poder. Cuando se tiene.

No me gusta jugar con tremendismos sin tener los datos y los del Supremo nos los han ofrecido a paladas: ¿queda algún español que no se haya dedicado, en juicios espectaculares, a presumir de tener un cuñado que se lo sabe todo. Nada que ver con la justicia británica donde ni la policía –ni mucho menos los jueces– conoce poco y airea menos comentarios sobre un determinado proceso legal.

Luego está el tema del entorno del escaldado fiscal. ¿Entorno? ¿Malas compañías quizás? Más tarde se refieren al “alcance” de la ley: ¿Hasta Santiago de Compostela o pasado Chinchón?

Como he dicho o insinuado no hurgo en papel viejo ni me gusta el guerracivilismo en pequeño formato, que si borraron las llamadas del móvil, espero que fuera por una buena causa y no por politiquería. Un supuesto enunciado: el Fiscal General como posible culpable de que Maripili esté tan rica, el borrado de las confesiones, es todo un género.

Y hablando de géneros, hace años, cuando lo de la OTAN estuve mascando razones tratando de aclarar si, a la postre, sería perjudicial para todos desafiar al imperio. Tenía a mi izquierda un alto mando militar que me sorprendió al decir con campechanía : “Mira, Emili, el valenciano es bueno para la poesía, pero para la prosa, mejor el castellano”. Cruzamos un par de ideas con el mayor respeto, pero hubiera podido redactar así el titular: “La disciplina gramatical nos obliga a todos”.

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