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Opinión | No hagan olas

València

Sirāt, lo anímico frente al cine narrativo

Retrato de Oliver Laxe durante el rodaje de 'Sirat'.

Retrato de Oliver Laxe durante el rodaje de 'Sirat'. / Quim Vives

Otoño de 1972, en su mansión de Beverly Hills, a un cuarto de hora en coche de Hollywood por el bulevar de Santa Mónica, el cineasta neoyorquino George Cukor, reconocido como el mejor director de actrices de la historia del cine –My Fair Lady, Ricas y famosas…–, ha invitado a un almuerzo a Luis Buñuel, quien se encuentra en California presentando su película El discreto encanto de la burguesía. Buñuel desconoce la naturaleza de la comida, pero ésta finalmente pasará a los anales como la mayor concentración de talento cinematográfico de todos los tiempos.

La foto final del ágape que publican las enciclopedias incluye a John Ford y su parche, a Alfred Hitchcock que manifiesta su entusiasmo por la escena de Tristana en la que la Deneuve se quita una pierna ortopédica, y también aparecen el mago de la comedia Billy Wilder así como Georges Stevens Shane…–, Rouben Mamoulian Sangre y arena…–, William Wyler, el ruiseñor Robert Mulligan o el gran realizador de musicales Robert Wise. No acude Fritz Lang por estar con gripe, pero Buñuel, abrumado por el inesperado homenaje que le rinden sus colegas de la meca del cine, acude un día después a la casa de Lang para reconocerle su maestría.

Sobre esa legendaria reunión de colegas se han escrito muchos comentarios, más de un libro e incluso se han producido documentales y editado fotografías. Quedará para siempre como el homenaje de los grandes directores a un cineasta extranjero que hacía películas más raras, distintas, a contracorriente del estilo narrativo que imponía el cine norteamericano, el mismo que llevaban a cabo muchos europeos que huyeron de la guerra y la intolerancia política.

Ese pequeño gran episodio del cine en su faceta más doméstica me ha sobrevenido al ver una película también rara de un joven director español, Sirāt, de Óliver Laxe. La película ha sido preseleccionada para competir en los óscars tanto en el apartado a mejor film de habla extranjera como en otras cuatro categorías. Sirāt es, básicamente, una película extraña, distinta, escuetamente narrativa, más anímica que retórica, casi animista, a lo largo de un camino, un recorrido vital en sinuosa dirección hacia un país que solo existe en los mapas, Mauritania, que es lo que viene a significar Sirāt, sendero, un vocablo árabe.

Una película diferente que a día de hoy todavía no sé si me gusta o disgusta, o simplemente me atrae porque se trata de reconocerla, y para ello es necesario saber cuáles eran las intenciones de su autor, Laxe. Sirāt cuenta con un argumento, pero por encima del mismo se sobreponen unas intensas y sostenidas imágenes, paisajes terminales, que se acompañan con músicas repetitivas, sincopadas, los típicos sonidos de las fiestas rave a base de percusiones y bajos profundos y reiterativos, música para el trance que acompaña colocones de pastillas y otras sustancias que alteran las percepciones sensoriales.

El argumento encadena múltiples metáforas posibles, y lo decisivo para valorar la cuestión consiste en conocer si el autor estaba dándole un sentido unidireccional a su guion o, por el contrario, lo dejaba abierto a todas las interpretaciones imaginables. Ya no estamos en los tiempos del estructuralismo y la semiótica, ni siquiera en los del psicoanálisis, todos ellos métodos de explicación del discurso y las imágenes que imperaron desde finales de los años 60 y que tras florecer en el cine de autor de ese periodo se terminaron mudando a las artes plásticas, ámbito donde la falta de significados dejaba un amplio campo a la exégesis.

Pues bien, Óliver Laxe, a lo largo de sus múltiples entrevistas y declaraciones, se reconoce como un «escultor» y, de hecho, ha inaugurado una instalación en el Museo Reina Sofía de Madrid, HU /هُوَ. Bailad como si nadie os viera,que consiste en una sucesión de imágenes de paisajes y músicas sostenidas, al modo de descartes del rodaje deSirāt, incluyendo una grafía arábiga. Laxe sabe que la fotografía está considerada dentro del apartado escultórico entre las bellas artes desde que en los 90 el matrimonio de fotógrafos formado por Hilla y Bernd Becher ganara el león de oro de la Bienal de Venecia (expusieron en el IVAM un lustro después, durante el verano de 1995). De ahí que Laxe se declare escultor, no vídeo-artista, y reivindique la abstracción: la pérdida de significados discursivos frente a la sensorialidad óptica, retiniana.

Y es en ese punto donde también enlaza con Buñuel y en ocasiones con algunas locuras fílmicas de David LynchEraserhead, Mulholland Drive…–, dado que el director aragonés fue el verdadero creador del onirismo cinematográfico, primero con sus seminales películas surrealistas junto a Salvador DalíUn perro andaluz y La edad de oro– e influidas tanto por Goya como por el expresionismo alemán… –de Fritz Lang y otros– y más tarde introduciendo disrupciones narrativas en sus películas más convencionales en apariencia, durante su etapa mexicana –El ángel exterminador– y en la francesa.

Así que, justo ahora, cuando nuestro cine se afana por adaptarse a los estilos y géneros más norteamericanos y menos españoles, cuando proliferan los thrillers inverosímiles, las salmodias de autor que reivindican el imaginario correcto al completo y se pierden valores tan propios de la tradición hispánica como la comedia picaresca y del absurdo –con la excepción de Santiago Segura o Javier Fesser–, aparece un gallego afrancesado, Óliver Laxe, para revolver la narratividad y propinar un regreso a los sentidos poéticos. Y aún más curioso, sus compañeros de profesión, como pasó con Buñuel, se lo reconocen promocionándolo hacia los premios a pesar del hermetismo de su película. Por fin, algo distinto. Insospechado, pero producido por los hermanos Almodóvar, todopoderosos de la industria. Tal vez como dice uno de los personajes de Sirāt, porque «el fin del mundo hace un tiempo que ha empezado» y la fiesta terminó.

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