Opinión
Los que sostienen el tiempo

Dos abuelos pasean con su nieto. / / EFE
Al tío Pascual
En la Atenas de Pericles, esa ciudad que aún creía que la palabra podía orientar el destino común, los ancianos eran algo más que supervivientes del pasado: constituían los sedimentos del porvenir y eran quienes custodiaban la sophía (σοφία). Entonces, este término no designaba una erudición técnica ni la destreza dialéctica del ágora, sino un saber lento, decantado por la erosión de los días y por la resistencia de aquellos cuerpos que habían atravesado demasiadas incertidumbres. En las sombras frescas de la stoa, donde la piedra parecía guardar la memoria, los jóvenes se acercaban a quienes habían visto derrumbarse la pólis y recomponerse una y otra vez. No siempre había relato en esas conversaciones: a veces solo una pausa elocuente, el intervalo en que la experiencia comienza a adquirir forma de saber. La sophía era, en última instancia, ese silencio cargado de aprendizaje que sostenían aquellos que habían aprendido a habitar el tiempo.
Pienso en ello y no puedo evitar que acuda a mí la imagen de mi abuelo en el patio de la casa de mi infancia. Él nunca pretendió enseñarnos nada, y quizá por eso nos enseñó tanto. Hablaba como quien recuerda para no permitirse olvidar, con la gravedad de quien sabe que el tiempo carece de ensayos graves. En su voz convivían el hambre de la posguerra y la modestia de lo esencial; esa ternura áspera de quien ha sostenido la vida con lo mínimo. Al escucharlo, mi mundo aminoraba su paso: cada historia que compartía instauraba en mí un ritmo propio, ajeno al dictado del reloj y atento únicamente a la densidad de lo que él había vivido.
La pérdida de un abuelo no duele únicamente por la desaparición de una presencia, sino porque con ella se desvanece una forma singular de habitar el mundo. Con la orfandad de los abuelos de pronto comprendemos que ya no queda quien recuerde lo que nosotros no llegamos a vivir, ni quien pueda testimoniar esos hilos discretos que nos enlazaban con una historia más amplia que la nuestra. Con ellos se apagan las sobremesas en las que la memoria se ofrecía como postre, la ética de la escasez que enseñaba a agradecer lo sencillo y esa idea de familia concebida como refugio, pacto y responsabilidad mutua. Se desvanece, también, una manera concreta de entender lo político como lealtad cotidiana al pueblo y a su gente, como compromiso silencioso con lo común, ejercido en prácticas mínimas sin las cuales la vida colectiva se empobrece. Con su ausencia se atenúan, sin estridencias, las formas diarias con las que honraban la tierra, cuidaban a los suyos y sostenían la vida familiar mediante un esfuerzo que nunca se proclamaba, pero que mantenía en pie lo esencial. El vacío que dejan clausura así, silenciosamente, un archivo afectivo y moral que ningún soporte digital podrá custodiar, porque en él late una generosidad profunda y paciente, una lección de cuidado y atención que la era del individualismo extremo apenas nos permite recordar.
En esta época dominada por la aceleración permanente y la lógica del descarte, la figura de los abuelos adquiere una gravitación inesperada. Ellos encarnan una forma de lentitud ajena al imperativo del rendimiento y a la obsesión por la utilidad inmediata; su manera de estar es quizá una de las últimas pedagogías silenciosas que nos quedan frente a una sociedad que mide el valor en términos de eficacia y visibilidad. Por eso, cuando se marchan, la ausencia desborda el duelo íntimo. No desaparece solo un abuelo: se deshace un modo de entender el mundo, una delicadeza heredada que difícilmente retorna. En la quietud que dejan se adivina nuestra tarea: recoger sus hilos y prolongar ese cuidado minucioso con el que atendían a las personas y a los días.
Quizá ahí radica lo más hondo de la tristeza de despedirlos: en esa mezcla de desamparo y lucidez que nos obliga a reconocer que el tiempo que fue suyo ahora nos corresponde y que lo esencial queda en nuestras manos. Porque, incluso en su ausencia, su sophía perdura: no como una herencia solemne, sino como una luz discreta que orienta nuestros pasos, una manera de cuidar, sostener la palabra y custodiar lo común. Y en esa continuidad se afirma nuestro compromiso: seguir siendo aquellos niños pequeños, con las manos manchadas y los ojos encendidos, capaces de detenernos y escuchar ese rumor profundo que, sin prisa, continuará hablándonos desde dentro.
- Un tren de Ouigo Madrid-Valencia sufre dos paradas y acumula una hora de retraso
- Las Fallas se suspenden por segunda vez en una semana
- La EMT pondrá 58 váteres fijos para sus conductores: se acabó el peregrinaje por los bares
- Los trabajadores de Ford tendrán que devolver hasta en cuatro nóminas lo cobrado dos veces por el ERTE
- Berry' Navarro, mánager: “'Limpiar' la casa de Joaquín Sabina nos creó enemistades, pero eso le salvó la vida”
- Javier Burgos, valenciano superviviente del accidente de Adamuz: 'En ese instante solo pensé una cosa; me di cuenta de que estaba vivo
- El temporal ya anega el paseo marítimo del Perelló y obliga a extremar la precaución
- La Aemet anuncia un nuevo envite meteorológico: nevadas en Valencia esta misma semana
